LOS APUNTES DE MANUEL LUDUEÑA: Vivir en democracia es otra cosa

 Manuel Ludueña

En sociedad cada uno de sus miembros, y según sus procesos, necesita expresar sus pareceres. Algunos por sus requerimientos más inmediatos, otros por aspectos comunes al barrio o localidad, menos –por ahora- sobre cuestiones más generales atinentes a la provincia, la nación y/o el mundo.

Cualesquiera de esas manifestaciones no deberían ser simples desahogos o de contención intervecinal o entre amigos.

Vivir en sociedad es aceptar a los otros en sus pareceres así como lograr una institucionalidad que lo promueva y co-sintetice, sin desalentar los puntos de vista ni de las mayorías, puesto que se transformaría en imposición, ni de las minorías, ya que sería atender una mera cuestión circunstancial. Es necesario legitimar la diversidad sociocultural.

Los factores de dominación interestatal –generalmente de índole militar, financiera y de reculturización-, sobradamente conocidos y rechazados por los países no dominantes, también deben ser rechazados y desmantelados al interior de los estados.

Las monarquías “democráticas”, las democracias con partidos únicos y las democracias representativas solo de los partidos políticos son modos institucionales del siglo XIX y XX que deben modernizarse a la altura de sus sociedades. El éxito alcanzado por esas formas institucionales se ha manifestado en muchísimos aspectos –educacionales, de salud e higiene, tecnológicos- a través del incremento en la esperanza de vida, de las condiciones de vida pero con grandes contradicciones y con plena soberanía de limitar las opiniones de la población.

La humanidad, como agrupación de sociedades humanas, siempre estuvo en transición. Por suerte nada es permanente. Aunque muchos autodenominados o propagandizados como “demócratas” nos quieren convencer que ellos o ellas son quienes interpretan al pueblo ¿? o tienen –por sus dotes de estadistas- la verdad develada o, peor aún, que sus acólitos lo tendrán por transferencia –en realidad son solo una nueva versión monárquica-.

No se pueden delegar las decisiones cuando está en juego el interés de todos o se trata de acciones que perdurarán por más de una gestión. En general, suele no haber premura para adoptar una decisión de buen gobierno; muy por el contrario, se enrostra el estigma de tratarse de “decisiones políticas”, aunque se trate de decisiones económicas o financieras. Casualmente, por tratarse de decisiones políticas las mismas suelen ser de interés de todos y no de “políticos” circunstanciales; todos somos políticos no solo los electos.

Es siempre oportuno podernos preguntar cómo vamos como sociedad? Un aspecto, que presupongo por ser solo uno es totalmente controversial, es la dominación por cualquier medio. La dominación como factor que recorre nuestra historia, que corroe a las sociedades; más aún cuando esa dominación es relativa, al interior de cada país pero que a su vez lo son con respecto a otros. Las proclamas de dominación hegemónica alentadas como una visión institucionalizada por las mayorías no solo degradan a cualquiera de los principios democráticos sino que deslegitima todo proceso previo.

La burocratización de las instituciones es un rasgo manifiesto de la desligitimación de las instituciones proclamadas como sociopolíticas. Suelen tener objetivos para mejorar en algo la vida de la sociedad pero finalizan limitando tal objetivo en aras de la propia supervivencia de la institución. Tato Bores solía tener un fichero del “sindicato de los políticos”, una clara lectura de supervivencia, un claro mensaje de que sería posible que cualquier ciudadano pudeda ser elegido.

No deben existir muchos caminos para evitarlo, pero no creo que se logren con nuevos conversos autocráticos disfrazados de demócratas. Los miembros y grupos sociales debemos cuestionar, proponer y emprender nuevas instituciones democráticas: desde nuestra cuadra o barrio; no para oponernos, puesto que sería signo de discriminación, sino para compartir en tolerancia desde la diversidad de visiones y empujando en conjunto “acuerdos en diversidad” –que pueden no tener propuestas unívocas-, sin liderazgos unipersonales sino con alternancias o de cooperación, con aprecio por un mundo mejor para nosotros, para nuestros hijos y para la posteridad. La convivencia es la auténtica forma de vida en sociedad, aún con tenues lazos es lo que nos distingue, amplificarla es un objetivo posible que como base de una construcción colectiva puede contribuir a amplificar la democracia. No se puede esperar a los providenciales, a los iluminados, solo repensemos y veamos en que contribuir por una cuadra común, por un barrio común, por los bienes comunes. No dejemos que se apropien de nuestras vidas. Democratizar, como respirar, es una necesidad de todos.

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