ÚLTIMA ENTREGA DE LA ARGENTINA DEFORESTADA: Conclusiones y Bibliografía

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Carlos Merenson

Durante los dos últimos siglos hemos dilapidado nuestra riqueza forestal nativa, situándonos entre aquellos países, que a nivel mundial, detentan las menores coberturas forestales y las mayores tasas anuales de deforestación[1].

El análisis de las ideas que fundamentaron los procesos de deforestación en nuestro país nos colocaron frente a un pensamiento económico caracterizado por ignorar la dimensión ambiental o, en el caso de considerarla, optar por sacrificarla en aras del crecimiento económico. En otras palabras, se asumió a la deforestación como costo inevitable de nuestro proceso de desarrollo. Las diferentes transformaciones estructurales de nuestra economía consideraron las masas forestales nativas como recursos no renovables o, de otro modo, como un escollo al avance de la frontera agrícola. En ambos casos con idénticos resultados: su degradación y/o pérdida. Ello definió un conjunto de cambios ambientales, muchos unidireccionales e irreversibles, a manera de externalidades negativas, que solo beneficiaron a unos pocos, frente a millones de personas que se han visto obligadas a enfrentar los costos ambientales y socioeconómicos de sus consecuencias.

Las decisiones que hicieron al destino de nuestras masas forestales nativas fueron adoptadas considerando solo cálculos de rentabilidad económica que dejaron de lado los “valores” que están en juego cuando se opta por un modelo de desarrollo, valores que pertenecen a la esfera socio-ambiental y que, raramente, resultan reductibles a unidades monetarias.

Frenar y revertir la creciente degradación y pérdida de la riqueza forestal nativa requerirá antes que nada, de un cambio copernicano del paradigma económico dominante y en tal dirección, necesariamente, habrá que pensarnos como sujetos activos y no como sujetos pasivos librados a las leyes de un supuesto mercado inteligente, ni a sus efectos socio-ambientales. Como artífices de un modelo de desarrollo diferente en el que desarrollo social, progreso económico y protección ambiental, sean alcanzados en forma conjunta y equilibrada, en el que se desvincule al progreso económico de la degradación ambiental y en el que se combata la pobreza, modificando las insostenibles modalidades de producción y consumo, mientras se protege y ordena la base de recursos naturales del desarrollo económico y social.

Si el avance de la frontera agropecuaria y la insostenible explotación de nuestras masas forestales nativas se han identificado como las causas directas de la deforestación, cabe entonces reflexionar sobre algunas cuestiones fundamentales para construir un futuro sostenible.

¿Cabe el calificativo de sostenible a la agricultura industrial? ¿Es sostenible el modelo de monocultivos y control de plagas concebido como una guerra química? ¿Cómo alcanzar la seguridad alimentaria sin aumentar el área de cultivo a expensas de nuestras masas forestales nativas y humedales?

Cobran entonces relevancia temas como la agricultura ecológica, el ordenamiento territorial y los planes integrados de ordenamiento de la tierra y de uso del agua, basados en la utilización sostenible de los recursos renovables y en la evaluación integrada de los recursos socioeconómicos y ambientales.

En el necesario camino hacia la efectiva defensa de nuestras masas forestales nativas, además de promover la sostenibilidad agropecuaria, habrá también que analizar aspectos que hacen al aprovechamiento forestal y en tal dirección, tomando en consideración el actual estado de conservación de la riqueza forestal nativa, emergen la restauración y las estrategias de protección in-situ como objetivos prioritarios.

La dasonomía pone a nuestra disposición las herramientas para que la restauración y el aprovechamiento cumplan las condiciones mínimas de una gestión racional: persistencia, renovabilidad y máximo de utilidades y servicios. Pero la posibilidad real de emplear tales herramientas requerirá en el corto plazo de un significativo aumento de las áreas protegidas en los ecosistemas forestales.

De no revertir las actuales tendencias, nos encontramos a pocas décadas de la desaparición de las masas forestales físicamente accesibles de nuestro país. No se puede perder un minuto más. La cuenta regresiva está corriendo hacia una meta que se sitúa a menos de un ciclo de nuestras especies nativas. Queda pues, trabajar por hacer realidad un modelo de desarrollo forestal sostenible mediante una tarea planificadora “donde prime el bosque sobre el árbol, donde se revalorice la función y donde se descarte el viejo paradigma del bosque como unidad de gestión, ya que no resulta posible tomarlo aislado de su entorno socio-espacial; ni limitar su importancia a su capacidad productiva en términos económicos convencionales”.[2]

Las masas forestales nativas constituyen un elemento esencial de nuestra heredad natural y su destino hace al destino del país. Recobrando nuestro sentido de responsabilidad con las generaciones presentes y futuras, asumamos la tarea histórica de frenar e invertir el incesante proceso deforestador, evitando que nuestro principal legado resulte un país donde la ecología se deteriora, la economía declina y la sociedad se desintegra.

NOTAS

[1]                 da Fonseca, Gustavo A. B., et al. No Forest Left Behind. PLoS Biology, vol. 5, no. 8. pp. 1645.

[2]                 Madrigal Collazo, Alberto

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