ENCÍCLICA LAUDATO SI´Y ECOLOGÍA POLÍTICA: Una conversación necesaria y urgente

Carlos MERENSON

 

Hago una invitación urgente a un nuevo diálogo sobre el modo como estamos construyendo el futuro del planeta. Necesitamos una conversación que nos una a todos, porque el desafío ambiental que vivimos, y sus raíces humanas, nos interesan y nos impactan a todos.

Papa Francisco en Laudato si´ (2015)

…ante la ausencia de conversión ecológica la dislocación de los ciclos naturales, de las civilizaciones y de las sociedades hará hundirse a la humanidad en la barbarie. Unos pocos desastres limitados, que anuncien la aproximación de mayores catástrofes, pueden ser suficientes para precipitar la mutación sociocultural en curso y hacer volcar a las sociedades hacia la ecología política.

André Gorz en Ecología política. Expertocracia y
autolimitación (1994)

 

 

INTRODUCCIÓN

La aparición de la Primer Encíclica del Papa Francisco: Laudato si´, sobre el cuidado de la casa común, resulta propicia para analizar – a la luz de sus conceptos y propuestas – la forma en la que hoy se manifiesta la Iglesia sobre la cuestión ambiental e identificar los posibles puntos de convergencia con la Ecología Política (EP).

Cuando – como en este caso – se pretende establecer el grado de proximidad entre diferentes corrientes de pensamiento ambiental, emergen dos temas que dividen aguas: el posicionamiento que se adopta frente a la cuestión de los límites naturales del crecimiento y el que se adopta en cuanto a la relación entre lo humano y lo no-humano.

Ambos temas se encuentran fuertemente interrelacionados en tanto la consideración de los seres humanos como amos de la naturaleza, normalmente conduce – de la mano del desarrollo científico-técnico y el mercado – a negar la existencia de límites naturales para el infinito crecimiento.

En general, las corrientes de pensamiento ambiental ético religiosas sostienen la supremacía del hombre sobre la naturaleza, encuadradas dentro de una tradición, que Donald Worster[1] identifica como “imperial[2]. Se trata de corrientes de pensamiento “antropocentristas” que conciben lo humano y lo no-humano como entes diferentes y aceptan que lo humano es el “sujeto” que domina a todo lo no-humano – concebido como “objeto” dominado. Si bien consideran a la naturaleza como externa a la sociedad humana, las corrientes ético-religiosas privilegian las relaciones sociales por encima de la base tecnología de dominación sobre la naturaleza, adoptando en consecuencia una posición que puede ser identificada como “productivista crítica”. Frente al sistema socioeconómico hegemónico: el Capitalismo, las corrientes ético-religiosas resultan “reformistas”: por un lado aceptan un sistema basado en la propiedad privada de los medios de producción, el capital como generador de riqueza y el mecanismo de mercado, pero por otro lado proponen cambios graduales con la intención de mejorar el sistema.

Por su parte, la EP abreva en el romanticismo y en los conocimientos que emergen de la ciencia ecológica y se encuadrada dentro de lo que Worster identifica como una tradición “arcadiana”[3]. Para ella – basada en el concepto de complejidad – lo que importa es la interdependencia entre lo humano y lo no-humano adoptando una postura “ambiocéntrica”. La EP considera que existen límites naturales para el crecimiento y que la permanente expansión del proceso de producción y consumo – además de ser físicamente inviable – no puede convertirse en el fin último de la organización humana y que en tal contexto, no supone diferencia apreciable quien sea el poseedor de los medios de producción, si se sigue planteando un infinito crecimiento en un planeta finito, todo ello la conduce a adoptar una posición que puede identificarse como “antiproductivista”. Frente al sistema socioeconómico hegemónico, la EP afirma que la democracia participativa y la no violencia son los medios de avanzar hacia los cambios radicales en un reformismo que no es acompañamiento. Está convencida que otro mundo es posible, pero está en éste. La EP considera que además de los derechos humanos o la redistribución de las riquezas, del poder y la propiedad, se debe dar una transformación profunda de la vida material, de la manera misma de producir, consumir, de compartir la vida de la comunidad, yendo más a la raíz de las cosas y en consecuencia adopta una posición “reformista radical”.

En definitiva, mientras la mayor parte de las corrientes de pensamiento ambiental ético-religiosas – entre ellas el Cristianismo – se encuadran en la tradición imperial, antropocentrista, productivista crítica y reformista; la EP se encuadra en la tradición arcadiana, ambiocéntrica, antiproductivista y reformista radical.

Lo anterior explica muchas de las discrepancias que hasta el presente ha tenido el ecologismo respecto del pensamiento ambiental de la Iglesia Cristiana y que a partir de la Encíclica Laudato si´ podrían transformarse en coincidencias, indispensables para enfrentar los difíciles momentos que se avecinan para la humanidad.

Analicemos entonces la forma en la que el Papa Francisco aborda en Laudato si´ la cuestión de los límites para el crecimiento, en tanto resulta el tema central para establecer una posible convergencia con la EP.

LOS LÍMITES DEL CRECIMIENTO

La EP se configura como ideología en las décadas de los años 1960 y 1970, a partir del reconocimiento de la existencia de límites naturales al crecimiento. Ello la conduce directamente a cuestionar a la superideología del sistema: el productivismo y en consecuencia, a condenar al consumismo y las herramientas que lo fomentan (obsolescencia programada y obsolescencia inducida), a redefinir la noción de progreso, al que concibe como la adaptación a aquellos límites que no deben ser rebasados y a enfrentar al sistema económico y social, proponiendo un cambio copernicano hacia la construcción de una sociedad convivencial y sostenible.

En los siguientes párrafos de la Encíclica Laudato si´, el Papa Francisco reconoce – sin dejar lugar a dudas – la existencia de límites naturales para el crecimiento e incluso, reconoce que ya hemos rebasado muchos de tales límites.

Conocemos bien la imposibilidad de sostener el actual nivel de consumo de los países más desarrollados y de los sectores más ricos de las sociedades, donde el hábito de gastar y tirar alcanza niveles inauditos. Ya se han rebasado ciertos límites máximos de explotación del planeta, sin que hayamos resuelto el problema de la pobreza. (27 – p. 9 a 10)

Si reconocemos el valor y la fragilidad de la naturaleza, y al mismo tiempo las capacidades que el Creador nos otorgó, esto nos permite terminar hoy con el mito moderno del progreso material sin límites. Un mundo frágil, con un ser humano a quien Dios le confía su cuidado, interpela nuestra inteligencia para reconocer cómo deberíamos orientar, cultivar y limitar nuestro poder. (78 – p. 25)

Es en el siguiente párrafo donde se produce la mayor aproximación a la EP en tanto relaciona la cuestión de los límites con la tecnolatría imperante en la sociedad moderna, tecnolatría que ha sido firmemente cuestionada, por diferentes referentes del ecologismo.

El problema fundamental es otro más profundo todavía: el modo como la humanidad de hecho ha asumido la tecnología y su desarrollo junto con un paradigma homogéneo y unidimensional. En él se destaca un concepto del sujeto que progresivamente, en el proceso lógico-racional, abarca y así posee el objeto que se halla afuera. Ese sujeto se despliega en el establecimiento del método científico con su experimentación, que ya es explícitamente técnica de posesión, dominio y transformación. Es como si el sujeto se hallara frente a lo informe totalmente disponible para su manipulación. La intervención humana en la naturaleza siempre ha acontecido, pero durante mucho tiempo tuvo la característica de acompañar, de plegarse a las posibilidades que ofrecen las cosas mismas. Se trataba de recibir lo que la realidad natural de suyo permite, como tendiendo la mano. En cambio ahora lo que interesa es extraer todo lo posible de las cosas por la imposición de la mano humana, que tiende a ignorar u olvidar la realidad misma de lo que tiene delante. Por eso, el ser humano y las cosas han dejado de tenderse amigablemente la mano para pasar a estar enfrentados. De aquí se pasa fácilmente a la idea de un crecimiento infinito o ilimitado, que ha entusiasmado tanto a economistas, financistas y tecnólogos. Supone la mentira de la disponibilidad infinita de los bienes del planeta, que lleva a «estrujarlo» hasta el límite y más allá del límite. Es el presupuesto falso de que «existe una cantidad ilimitada de energía y de recursos utilizables, que su regeneración inmediata es posible y que los efectos negativos de las manipulaciones de la naturaleza pueden ser fácilmente absorbidos»[4]. (106 – p. 33 a 34)

Resulta oportuno aquí introducir la cuestión de los límites desde la óptica del ecologismo en tanto, tal como lo propuso Jorge Riechmann: el choque de nuestras sociedades contra los límites naturales del planeta es la cuestión más importante para la humanidad del siglo XXI.[5]

En primer lugar tenemos que recordar un párrafo de “Los Límites del Crecimiento” (Donella Meadows et al) publicado en 1972, que puede ser considerado el acta fundacional de la EP:

“Estamos convencidos de que tomar conciencia de las restricciones cuantitativas del ambiente mundial y de las consecuencias trágicas de un exceso es esencial para el inicio de nuevas formas de pensamiento que conduzcan a una revisión fundamental de la conducta humana y, en consecuencia, de la estructura entera de la sociedad actual”

Como ya fuera mencionado, la EP se configura como ideología a partir de la toma de conciencia sobre la existencia de restricciones cuantitativas del ambiente mundial y de las consecuencias de exceder tales límites. Los ecologistas sostienen que el crecimiento económico se ve impedido, no por razones sociales – tales como relaciones de producción restrictivas – sino porque la Tierra misma tiene: limitada capacidad productiva (recursos); limitada capacidad de absorción (contaminación) y limitada capacidad de carga (población).

Principios fundamentales de la física y la ecología son los que explican la existencia de los límites naturales para el crecimiento económico, como por ejemplo las leyes de la termodinámica que introducen un concepto central: la irrevocabilidad. Georgescu-Roegen estableció además una “cuarta ley de la termodinámica”[6] que afirma que la materia, al igual que la energía, está sujeta a la entropía. Según esta ley, la materia también se degrada de manera irreversible y no es totalmente reciclable.

Lo anterior significa que las actividades humanas, incluidas obviamente las actividades económicas —alimentándose de baja entropía— se desarrollan a coste de su disipación irrevocable, lo cual marca el límite físico de las sociedades industriales y – por el carácter exosómatico de su existencia – de la especie humana en su conjunto.

Es a partir del reconocimiento de la existencia de límites naturales que – para la EP – la idea de progreso se transforma en el reto por perfeccionar lo más posible la adaptación a aquellos límites que resulta contraproducente traspasar. Es este concepto: el límite – su aceptación o rechazo – el punto en el que la EP se diferencia del resto de las ideologías. Es importante destacar que no se refiere al límite como un impedimento a vencer, sino como una condición a la que adaptarse y ello conduce entonces a dos ideas radicalmente distintas: progreso como superación y progreso como adaptación. De esta manera la EP cuestiona el significado unívoco que hasta nuestros días ostenta el concepto de progreso, como así también cuestiona la idea de un mundo ilimitado y que nuestros excesos – inevitablemente – conducirán a una situación crítica, tal como lo plantea el Papa Francisco en su Encíclica.

LA RELACIÓN ENTRE LO HUMANO Y LO NO-HUMANO

En el pensamiento ambiental existen diferentes posturas pero todas coinciden en el reconocimiento de la existencia de dos entes: lo humano y lo no-humano, discrepando a partir del significado que se le asigna a cada uno de ellos. Es así que al establecer las relaciones jerárquicas entre humanos y naturaleza emergen cuatro posturas científicas y ético-filosóficas diferentes: antropocentrismo; ambiocentrismo; ecocentrismo[7] y sabiduría ancestral sagrada[8]. Como ya fuera mencionado, las corrientes ético-religiosas en general adoptan una postura antropocéntrica, mientras que la EP adopta una postura ambiocéntrica.

El antropocentrismo se basa en considerar que los seres humanos no son parte de la naturaleza y que ella existe para servir a los humanos, de allí que la naturaleza carece – para esta corriente de pensamiento – de derechos y de valor intrínseco. La ciencia moderna articulada alrededor de la mecánica newtoniana, que explicaba el mundo como enorme maquinaria previsible, es la que dio carácter científico a la vieja creencia bíblica del ser humano como centro del mundo, y consolidó la percepción de la naturaleza como un enorme almacén de recursos a su servicio.

El ambiocentrismo considera que los seres humanos y la naturaleza poseen identidades propias pero que ninguno de ellos resulta superior al otro, sino que lo importante es la interrelación mutua o la reciprocidad que existe entre ellos.

Quien resume bien la concepción ambiocentrista y su diferencia con el antropocentrismo es Edgard Morin en su artículo “El pensamiento ecologizado”[9] cuando sintetiza la cuestión de la siguiente manera:

Es necesario dejar de ver al hombre como un ser sobre-natural. Es preciso abandonar el proyecto de conquista y posesión de la naturaleza, formulado a la vez por Descartes y Marx. Este proyecto ha llegado a ser ridículo a partir del momento en que nos hemos dado cuenta de que el inmenso cosmos permanece fuera de nuestro alcance. Ha llegado a ser delirante a partir del momento en que nos hemos dado cuenta de que es el devenir prometeico de la tecnociencia el que conduce a la ruina de la biosfera y por ello al suicidio de la humanidad. La divinización del hombre debe cesar. Ciertamente, nos es necesario valorar al hombre, pero hoy sabemos que sólo podemos valorar verdaderamente al hombre si valoramos también la vida, y que el respeto profundo hacia el hombre pasa por el respeto profundo hacia la vida. La religión del hombre insular es una religión inhumana.

Para Morin:

El pensamiento ecologizado emerge como resultado de la reintegración de nuestro ambiente en nuestra consciencia antroposocial y de la complejización de la idea de naturaleza a través de las ideas de ecosistema y de biosfera. El pensamiento ecologizado rompe con el paradigma de simplificación y disyunción y requiere un nuevo paradigma complejo de la auto-eco-organización. No se puede separar un ser autónomo (autos) de su hábitat bio-físico (oikos), a la par que oikos está en el interior de autos sin que por esto autos cese de ser autónomo. Este paradigma rehúye la concepción «extra-viviente» del ser humano y define a éste por su inserción (somos íntegramente seres bio-físicos) a la vez que por su distinción (distanciamiento bio-socio-cultural a través del proceso evolutivo) con respecto a la naturaleza.

A la luz de todo lo antes mencionado, resulta importante analizar entonces la forma en la que el Papa Francisco analiza la histórica posición antropocéntrica del Cristianismo en su Encíclica Laudato si´.

Para introducir la cuestión del antropocentrismo Francisco apela al análisis de lo que denomina la “sabiduría de los relatos bíblicos” y advirtiendo que no pretende repetir la entera teología de la creación, se pregunta: qué nos dicen los grandes relatos bíblicos acerca de la relación del ser humano con el mundo. A partir de lo cual señala que – en su lenguaje simbólico y narrativo – los relatos de la creación en el libro del Génesis encierran:

profundas enseñanzas sobre la existencia humana y su realidad histórica. Estas narraciones sugieren que la existencia humana se basa en tres relaciones fundamentales estrechamente conectadas: la relación con Dios, con el prójimo y con la tierra. Según la Biblia, las tres relaciones vitales se han roto, no sólo externamente, sino también dentro de nosotros.

A renglón seguido Francisco advierte que:

La armonía entre el Creador, la humanidad y todo lo creado fue destruida por haber pretendido ocupar el lugar de Dios, negándonos a reconocernos como criaturas limitadas. Este hecho desnaturalizó también el mandato de «dominar» la tierra (cf. Gn 1,28) y de «labrarla y cuidarla» (cf. Gn 2,15). Como resultado, la relación originariamente armoniosa entre el ser humano y la naturaleza se transformó en un conflicto (cf. Gn 3,17-19). Por eso es significativo que la armonía que vivía san Francisco de Asís con todas las criaturas haya sido interpretada como una sanación de aquella ruptura. Decía san Buenaventura que, por la reconciliación universal con todas las criaturas, de algún modo Francisco retornaba al estado de inocencia primitiva [10]. Lejos de ese modelo, hoy el pecado se manifiesta con toda su fuerza de destrucción en las guerras, las diversas formas de violencia y maltrato, el abandono de los más frágiles, los ataques a la naturaleza.

Luego de numerosas citas bíblicas, en el parágrafo 68 es cuando concluye que la Biblia: no da lugar a un antropocentrismo despótico que se desentienda de las demás criaturas.

En el siguiente parágrafo (69) Francisco afirma en forma contundente que:

Hoy la Iglesia no dice simplemente que las demás criaturas están completamente subordinadas al bien del ser humano, como si no tuvieran un valor en sí mismas y nosotros pudiéramos disponer de ellas a voluntad. Por eso los Obispos de Alemania enseñaron que en las demás criaturas «se podría hablar de la prioridad del ser sobre el ser útiles» [11]. El Catecismo cuestiona de manera muy directa e insistente lo que sería un antropocentrismo desviado: «Toda criatura posee su bondad y su perfección propias […] Las distintas criaturas, queridas en su ser propio, reflejan, cada una a su manera, un rayo de la sabiduría y de la bondad infinitas de Dios. Por esto, el hombre debe respetar la bondad propia de cada criatura para evitar un uso desordenado de las cosas» [12].

Una vez definido el antropocentrismo del Cristianismo el Papa Francisco dedica un título de su Encíclica para analizar lo que denomina crisis y consecuencias del antropocentrismo moderno, al que – obviamente – diferencia del propio.

En este punto encontramos una crítica a la sociedad moderna desde el Cristianismo que en poco se diferencia de la que se podría formular desde la EP.

Es así que en el parágrafo 115 el Papa Francisco considera que el antropocentrismo moderno:

…paradójicamente, ha terminado colocando la razón técnica sobre la realidad, y citando a Romano Guardini[13]  afirma que este ser humano: «ni siente la naturaleza como norma válida, ni menos aún como refugio viviente. La ve sin hacer hipótesis, prácticamente, como lugar y objeto de una tarea en la que se encierra todo, siéndole indiferente lo que con ello suceda».

Resulta particularmente impactante constatar que para el Papa Francisco en la modernidad: …hubo una gran desmesura antropocéntrica que, con otro ropaje, hoy sigue dañando toda referencia común y todo intento por fortalecer los lazos sociales (115 – p. 36 a 37).

Es en el mismo parágrafo (115) que el Papa se detiene para precisar el alcance del antropocentrismo Cristiano:

…una presentación inadecuada de la antropología cristiana pudo llegar a respaldar una concepción equivocada sobre la relación del ser humano con el mundo. Se transmitió muchas veces un sueño prometeico de dominio sobre el mundo que provocó la impresión de que el cuidado de la naturaleza es cosa de débiles. En cambio, la forma correcta de interpretar el concepto del ser humano como «señor» del universo consiste en entenderlo como administrador responsable [14].

Otra definición fundamental en Laudato si´ la encontramos cuando en el parágrafo 117 se afirma que:

todo está conectado. Si el ser humano se declara autónomo de la realidad y se constituye en dominador absoluto, la misma base de su existencia se desmorona, porque, «en vez de desempeñar su papel de colaborador de Dios en la obra de la creación, el hombre suplanta a Dios y con ello provoca la rebelión de la naturaleza» [15].

En los parágrafos 118 y 119 encontramos un camino de fuerte convergencia con las definiciones que Edgard Morin formula en el ya mencionado “El Pensamiento Ecologizado”.

El Papa Francisco nos dice que vivimos en una constante esquizofrenia:

…que va de la exaltación tecnocrática que no reconoce a los demás seres un valor propio, hasta la reacción de negar todo valor peculiar al ser humano. Pero no se puede prescindir de la humanidad. No habrá una nueva relación con la naturaleza sin un nuevo ser humano. No hay ecología sin una adecuada antropología…No puede exigirse al ser humano un compromiso con respecto al mundo si no se reconocen y valoran al mismo tiempo sus capacidades peculiares de conocimiento, voluntad, libertad y responsabilidad.

Un aspecto destacable es la crítica que se formula en la Encíclica al “relativismo práctico” al afirmar que:

Cuando el ser humano se coloca a sí mismo en el centro, termina dando prioridad absoluta a sus conveniencias circunstanciales, y todo lo demás se vuelve relativo. Por eso no debería llamar la atención que, junto con la omnipresencia del paradigma tecnocrático y la adoración del poder humano sin límites, se desarrolle en los sujetos este relativismo donde todo se vuelve irrelevante si no sirve a los propios intereses inmediatos. Hay en esto una lógica que permite comprender cómo se alimentan mutuamente diversas actitudes que provocan al mismo tiempo la degradación ambiental y la degradación social. (122 – p. 38).

Queda claro que en Laudato si´ – sin abandonar la histórica posición antropocentrista – se habla de una antropocentrismo “desviado” y se critica el antropocentrismo moderno y dicha crítica tiene muchos puntos de contacto con la crítica que se formula desde posiciones ecologistas.

Tanto en la forma de analizar la relación humanos-naturaleza como en la cuestión de los límites encontramos muchos puntos de convergencia a partir de los conceptos, definiciones y propuestas que se presentan en la Encíclica del Papa Francisco.

También son muchas las coincidencias existentes en temas sensibles para la EP como por ejemplo – entre otros:

  • la crítica al sistema socio-económico hegemónico (ver Capítulo Tercero: Raíz humana de la crisis ecológica);
  • la crítica al consumismo (ver Parágrafo 203);
  • la crítica a la tecnolatría (ver II Globalización del paradigma tecnocrático – Parágrafos 106 a 114);
  • el cambio ambiental global (ver Capítulo Primero: Lo que le está pasando a nuestra casa – Títulos I a VII );
  • el respeto por la sabiduría ecológica (ver Nada de este mundo nos resulta indiferente; Capítulo Cuarto: Una ecología integral; Título II. Ecología cultural – Parágrafo 146 y Capítulo Primero: Lo que le está pasando a nuestra casa);
  • la justicia social (ver Capítulo Primero: Lo que le está pasando a nuestra casa. – Título V. Inequidad planetaria);
  • la sostenibilidad (ver Mi llamado – parágrafo 13. El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral… y en el texto de la Encíclica numerosos parágrafos donde se refiere al desarrollo sostenible, como por ejemplo cuando advierte que: el discurso del crecimiento sostenible suele convertirse en un recurso diversivo y exculpatorio que absorbe valores del discurso ecologista dentro de la lógica de las finanzas y de la tecnocracia, y la responsabilidad social y ambiental de las empresas suele reducirse a una serie de acciones de marketing e imagen).

Particularmente importante resulta la caracterización que el Papa Francisco hace de la “cultura ecológica”, cuando afirma que:

…no se puede reducir a una serie de respuestas urgentes y parciales a los problemas que van apareciendo en torno a la degradación del ambiente, al agotamiento de las reservas naturales y a la contaminación. Debería ser una mirada distinta, un pensamiento, una política, un programa educativo, un estilo de vida y una espiritualidad que conformen una resistencia ante el avance del paradigma tecnocrático. De otro modo, aun las mejores iniciativas ecologistas pueden terminar encerradas en la misma lógica globalizada. Buscar sólo un remedio técnico a cada problema ambiental que surja es aislar cosas que en la realidad están entrelazadas y esconder los verdaderos y más profundos problemas del sistema mundial. (P. 111)

La anterior es una de las mejores formas de definir a la EP y diferenciarla de los ambientalismos – superficiales y reformistas – que tanto mal le han hecho y le hacen a la imagen pública del ecologismo.

CONCLUSIÓN

Laudato si´ plantea una ruptura con el productivismo dominante y su religión del infinito crecimiento; admite la existencia de limites naturales y condena el antropocentrismo despótico y desviado. Ofrece así la inmensa posibilidad de convergencia con el ecologismo en una estrategia común frente a los grandes desafíos ambientales que nos toca enfrentar.

El Papa Francisco rescata en su Encíclica la labor del movimiento ecológico mundial al afirmar que: …ya ha recorrido un largo y rico camino, y ha generado numerosas agrupaciones ciudadanas que ayudaron a la concientización, pero lo cierto es que luego de una prédica que lleva ya medio siglo – repetida de todas las formas posibles – el grueso de la sociedad no oye el núcleo del mensaje ecologista (ni sus graves implicancias): no es posible el crecimiento económico indefinido dentro de una biosfera finita. Podríamos ensayar muchas explicaciones sobre este fracaso del ecologismo, pero seguramente no diferirían en mucho sobre las que se proponen en el parágrafo 14 de Laudato si´ cuando afirma que: Lamentablemente, muchos esfuerzos para buscar soluciones concretas a la crisis ambiental suelen ser frustrados no sólo por el rechazo de los poderosos, sino también por la falta de interés de los demás. Las actitudes que obstruyen los caminos de solución, aun entre los creyentes, van de la negación del problema a la indiferencia, la resignación cómoda o la confianza ciega en las soluciones técnicas.

Tal como lo propone el Manifiesto Ultima Llamada (https://ultimallamadamanifiesto.wordpress.com/el-manifiesto/) debemos tomar conciencia que: …a lo sumo tenemos un lustro para asentar un debate amplio y transversal sobre los límites del crecimiento, y para construir democráticamente alternativas ecológicas y energéticas que sean a la vez rigurosas y viables. Deberíamos ser capaces de ganar grandes mayorías para un cambio de modelo económico, energético, social y cultural. Es en este contexto que la publicación de Laudato si´ debe ser vista como una de las mayores posibilidades para ganar esas indispensables grades mayorías, modificando la correlación de fuerzas sociales en favor de una humanidad justa en una Tierra habitable.

La Encíclica del Papa Francisco permite a millones de personas en todo el Mundo conocer lo que realmente le está pasando a nuestra casa común y la raíz humana de la crisis ecológica, requisitos previos indispensables para producir un verdadero cambio de conciencia social; un proceso de vuelco político suficientemente radical como para emprender los grandes cambios estructurales que se requieren.

Afirma el Papa Francisco que: La gravedad de la crisis ecológica nos exige a todos pensar en el bien común y avanzar en un camino de diálogo que requiere paciencia, ascesis y generosidad, recordando siempre que «la realidad es superior a la idea» (P. 201). Y la realidad es que para facilitar la dura y compleja etapa de transición hacia una sociedad convivencial y sostenible, resulta urgente y necesario que el ecologismo – unidos por una misma preocupación y apostando por otro estilo de vida – luche por convertir en hechos, las grandes coincidencias con el pensamiento ambiental de la Iglesia Cristiana expuesto en Laudato si´ intentando de esta manera evitar la barbarie en la que se hundirá la humanidad si no logra alcanzar – en el corto tiempo disponible – la conversión ecológica a la que hacía referencia (visionariamente) André Gorz en 1994 y a la que invita el Papa Francisco en su Encíclica.

 

 

NOTAS

[1] Donald Worster – Nature’s Economy (1977)

[2] Se basa en el imperio del ser humano sobre la naturaleza.

[3] Basada en la simplicidad y humildad como imperativo para restaurar la coexistencia pacífica de los humanos con la naturaleza. Hace referencia a Arcadia un país imaginario, creado y descrito por diversos poetas y artistas, sobre todo del Renacimiento y el Romanticismo. En este lugar imaginado reina la felicidad, la sencillez y la paz en un ambiente idílico habitado por una población de pastores que vive en comunión con la naturaleza, como en la leyenda del buen salvaje.

[4] Consejo Pontificio Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 462.

[5] Curso “Límites del crecimiento: recursos energéticos y materiales” organizado por la Universidad de Valladolid en septiembre de 2011

[6] GEORGESCU-ROEGEN, N. (1983). “La Teoría energética del valor económico: un sofisma económico particular” en El Trimestre Económico Vol. L, Nº 198, Abril – Junio. México, FCE. Y también en: CARPINTERO REDONDO, O. (1999). “Economía y Ciencias de la Naturaleza: Algunas consideraciones sobre el legado de Nicholas Georgescu-Roegen” en Revista del Ministerio de Industria Turismo y Comercio Nº 779, julio – agosto de 1999. Madrid en http://www.revistasice.com

[7] Ecocentrismo: igualdad entre humanos y naturaleza, y ésta es la que prevalece sobre los humanos.

[8] Sabiduría ancestral-sagrada: acento en la relación humano-cosmos. Interesa la percepción del cosmos a través de una relación que utilice todos los sentidos.

[9] Gazeta de Antropología – 1996

[10] La llamada [40] se refiere a: Cf. Legenda maior, VIII, 1: FF 1134.

[11] La llamada [42] se refiere a: Conferencia Episcopal Alemana, Zukunft der Schöpfung – Zukunft der Menschheit. Erklärung

der Deutschen Bischofskonferenz zu Fragen der Umwelt und der Energieversorgung (1980), II, 2.

[12] La llamada [43] se refiere a: Catecismo de la Iglesia Católica, 339.

[13] Das Ende der Neuzeit, 63 (ed. esp.: El ocaso de la Edad Moderna, 83).

[14] Cf. Declaración Love for Creation. An Asian Response to the Ecological Crisis, Coloquio promovido por la Federación de las Conferencias Episcopales de Asia (Tagaytay 31 enero – 5 febrero 1993), 3.3.2.

[15] Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 37: AAS 83 (1991), 840.

[16] Evangelii gaudium

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