ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LA POLÍTICA EN TIEMPOS DE PRODUCTIVISMO

Carlos Merenson

 

dibujo come tierra

Toca a la clase dirigencial conducir los destinos de pueblos y gobiernos en tiempos de productivismo, una época caracterizada – entre otros hechos – por el significativo e inédito impacto de la humanidad sobre la Tierra. Impacto que ha desatado una crisis ecosocial – de carácter global – que está excediendo la habilidad de las instituciones para gobernarla y administrarla. La triple crisis: social, económica y ambiental confluye con el cenit petrolero y el cambio climático global conduciéndonos – en una compleja transición – hacia un nuevo modelo energético y con ello- tal como ha acontecido en el pasado – hacia una sociedad de nuevo tipo.

En tal escenario – en el que ha entrado en crisis el sueño de crecimiento económico ilimitado – la sociedad y sus dirigentes tienen ante sí un inmenso desafío: adentrarse en el mundo real que exige – prioritariamente – mantener la resiliencia de la sociedad frente a los monumentales cambios que se avecinan.

Para el ecologismo político – aquel que ha hecho de la ecología política su ideología – la raíz humana de la crisis ecosocial se encuentra en la superideología de las sociedades occidentales: el “productivismo” al que intentaremos analizar aquí, vinculándolo con las conductas sociales, particularmente por parte de la clase dirigencial, cuyo imaginario se encuentra dominado por el consumismo, la mercadolatría y la tecnolatría, con los que ya no puede dar respuestas para sacarnos de este verdadero callejón sin salida en que nos encontramos.

LA RAÍZ HUMANA DE LA CRISIS ECOSOCIAL

¿Los problemas ambientales surgen por usar recursos naturales y generar residuos? Evidentemente no. Ello es algo natural, inevitable y común a todos los seres vivos. Los problemas ambientales surgen cuando los recursos naturales son utilizados a un ritmo mayor a la capacidad de la naturaleza para reproducirlos; o cuando los desechos son generados a un ritmo mayor a la capacidad de absorción por parte de la naturaleza, lo cual conduce a un inevitable deterioro de nuestra casa común.

Ha sido el ideal productivista el que condujo a la imperiosa necesidad de producir siempre más y con ello, a aumentar significativamente la velocidad en la extracción de recursos naturales y en la generación de residuos. Este desequilibrio en las vitales relaciones sociedad-naturaleza tuvo inicio a partir de la Primera Revolución Industrial cuando – como fruto de la consolidación de la superideología productivista – el ritmo/velocidad, amplitud, nivel y profundidad de nuestras alteraciones sobre el ambiente comenzaron a variar significativamente. Pero no fue hasta la postguerra – en década del año 1950 – en que los seres humanos comenzamos a transformar los ecosistemas más rápida y extensamente que en ningún otro período de la historia humana, a partir de la consolidación del consumismo como motor de un infinito crecimiento económico.

En El antropoceno: la crisis ecológica se hace mundial  Ramón Fernández Durán menciona que:

La economía neoclásica para nada considera la necesidad insoslayable de disponer de…inputs biofísicos, pues los da por supuestos, y piensa que estarán ahí disponibles ad eternum para ser utilizados sin freno y sin impacto por parte del carrusel imparable de la producción y el consumo; y por supuesto ni considera, es más desprecia, cualquier repercusión medioambiental de los outputs biofísicos, resultado de los procesos productivos y de consumo. Y lo que es más grave, considera que ninguno de los dos puede afectar a su dinámica de expansión “sin fin”, que se presupone, pues es parte de la fe en el Progreso indefinido. Un Progreso que para nada se puede ver frenado ni condicionado por la Biosfera. La “burbuja”, finita y frágil, en la que opera de forma no inocua el capitalismo global.

Con tales basamentos anticientíficos el ideal productivista borró de un plumazo la existencia del mundo biofísico e ignorando la finitud y fragilidad de la Biosfera, condujo al actual sistema urbano-agro-industrial a chocar contra los límites naturales del planeta.

Enarbolando las banderas del productivismo hemos llegado a tener una presencia en la biosfera nunca antes vista y con un grado de extensión y profundidad irreversible en muchas esferas, configurando un proceso al que conocemos como Cambio Ambiental Global y al que podemos definir como al conjunto de modificaciones en los sistemas de la tierra a escala planetaria, causados por hechos que tienen su origen en las actividades humanas.

¿QUÉ ES EL PRODUCTIVISMO?

Con “productivismo” vamos a designar – como ya fuera mencionado – a la superideología del sistema y tal como lo propone François Degans[1] (citado por Florent Marcellesi[2]) lo vamos a definir como un sistema evolutivo y coherente que nace de la interpenetración de tres lógicas principales:

  • la búsqueda prioritaria del crecimiento económico (aumento de la producción y consumo),
  • la eficacia económica (previsión, mecanización, racionalización, división técnica del trabajo, concentración, jerarquía en el saber y el poder, institucionalización de todos los aspectos de la vida) y
  • la racionalidad instrumental (transformación de la herramienta en un aparato esclavizante, alienante y contraproducente: al traspasar un umbral, la herramienta pasa de ser servidor a déspota – Ivan Illich. El ser humano que hoy se sirve de la técnica es de hecho el que la sirve – Jacques Ellul)

Lógicas que además de tener efectos múltiples sobre las estructuras sociales y las vidas cotidianas, resultan absolutamente enfrentadas con la cuestión de los límites naturales, en tanto ningún subsistema, que en sus dimensiones físicas es abierto, como por ejemplo lo es la economía, puede pretender crecer infinitamente dentro de un sistema que es finito, no creciente y materialmente cerrado, como lo es el ecosistema terrestre.

Como bien lo plantea Marcellesi – citando a Gorz (1982) – la destrucción de la Tierra y de las bases de la vida se deben entender por tanto como consecuencias de un modelo de producción que exige la sobreacumulación, la maximización de la rentabilidad a corto plazo y la utilización de una técnica que viola los equilibrios ecológicos.

La cultura productivista con sus disparatados niveles de consumo, uso de recursos e impacto ecológico solo puede transmitir insostenibilidad en las sociedades humanas.

El productivismo es hijo dilecto de la crematística que – con sus conductas de acumulación de dinero por el dinero mismo – colonizó a la economía transformándola en una actividad intrínsecamente expansiva y mercantilizadora de todos los ámbitos de la vida natural y social.

Esta superideología nos plantea una falsa antinomia: crecimiento o caos. Todo en él empuja a un infinito crecimiento y al objetivo de una infinita acumulación de capital. Con esa lógica, el mundo natural es concebido únicamente como un medio para alcanzar sus insaciables objetivos de acumulación que – inevitablemente – conducen a la concentración de la riqueza y/o el poder. La perpetuación de las desigualdades le garantiza el cumplimiento de sus “leyes” de movimiento perpetuo. Promueve lo peor de las conductas humanas: egoísmo, individualismo, competición, avaricia, explotación de otros, consumismo; en tanto que no permite la plena expresión de algunas características humanas indispensables para una sociedad convivencial como la cooperación, el compartir, la empatía, el altruismo, la sostenibilidad, suficiencia, biomímesis, precaución, uso prudente, respeto del otro, cuidado de lo común, responsabilidad por las consecuencias, consideración del largo plazo y biofilia.

La gran paradoja del productivismo es que encierra – en sí mismo – una contradicción fundamental: la establecida entre capital y naturaleza, que lo conduce a socavar el terreno que lo hace posible y consumir en forma insostenible un depósito finito de recursos en un mundo que no tiene capacidad ilimitada para absorber los desechos producidos por el proceso industrial y el sobreconsumo. Es la propia dinámica del productivismo la que lo lleva – ineludiblemente – a la crisis ambiental y a la incapacidad de reproducir las condiciones generales de su producción, esto es, el ámbito externo – la naturaleza – sobre la cual se asienta. Es así que tras tres siglos de indiscutido predominio del productivismo los resultados saltan a la vista: ha aumentado exponencialmente la presión sobre los ecosistemas y el consumo energético mientras que, en lugar del pregonado efecto que iba a tener el crecimiento económico para reducir las desigualdades y reforzar la cohesión social, asistimos a una escandalosa concentración de la riqueza.

La finitud de nuestro hogar común es la que interpela al productivismo y su culto de la abundancia.

ECOLOGISMO POLÍTICO Y PRODUCTIVISMO

Tal como comúnmente se lo pretende encuadrar, el ecologismo político no se caracteriza por ser una suerte de oráculo sociopolítico dedicado a anunciar ineludibles catástrofes socioambientales y colapsos civilizatorios. Su verdadera pretensión es la de prevenir acerca de la existencia de límites en lo que se refiere a huella ecológica[3], capacidad de carga del planeta (población) y acceso a los recursos naturales; la de advertir sobre las consecuencias que son esperables si se exceden tales límites y – a partir de ello – proponer nuevas formas de pensamiento que conduzcan a una revisión fundamental de la conducta humana y, en consecuencia, de la estructura entera de la sociedad actual basada en la superideología del “productivismo”.

Al calor del ideal productivista se desarrolló un sistema en el que la mayoría de las estructuras y procesos centrales entrañan crecimiento. Ello nos está diciendo que no basta con cuestionar al crecimiento si antes no se analiza la lógica que lo alimenta y es allí que se comprende que cuestionar al productivismo nos conduce a la necesidad de un cambio social mucho mayor que el que ha atravesado la sociedad occidental en varios cientos de años. El ecologismo propone reemplazar la actual sociedad industrial productivista por un nuevo orden económico y social que restablezca la convivencialidad y nos reconcilie con las generaciones venideras y con nuestra casa común, de allí su pretensión de transformarse, tal como lo proponen Porritt y Winner (1988) en la fuerza cultural y política más radical e importante desde el nacimiento del socialismo.

Aquí siempre resulta importante diferenciar al ecologismo del ambientalismo que lejos de pretender enfrentarse con el sistema, se limita a procurar una economía de servicios más limpia, sostenida por tecnologías más limpias y productora de opulencia más limpia (Andrew Dobson).

EL PRODUCTIVISMO GUÍA LOS PASOS DE LA SOCIEDAD Y SUS DIRIGENTES

La metas suprema de políticos y tecnoburócratas consisten en aumentar – lo más rápido posible y sin límites – el nivel de vida material, el consumo, la inversión, el comercio y el sacrosanto PBI, todo lo cual ha conducido al mundo industrializado a sobrepasar – por mucho – los niveles sostenibles de consumo de recursos y generación de residuos, y lo que es peor aún, a mostrarse como el modelo a imitar por el mundo “en desarrollo”. Nadie parece darse cuenta de semejantes excesos y menos, sobre las enormes reducciones que – queramos o no – se llevarán a cabo.

Pese a la abundante información científica, técnica y empírica que atestigua sobre la existencia de límites naturales, sobre la forma en la que estamos rebasando tales límites y sobre las consecuencias que ello acarrea, la mayor parte de la sociedad y de la dirigencia política no solo ignora estas advertencias sino que además marcha en sentido contrario, insistiendo hasta el cansancio con las conductas responsables del deterioro de nuestra casa común. En una verdadera cruzada contra las leyes de la termodinámica insisten con acelerar el agotamiento de los recursos no renovables y en transformar también en no renovables a los renovables. Todo el sistema – que ha adquirido una dinámica propia – arrastra a la sociedad y sus dirigentes hacia la permanente búsqueda de beneficios más altos en el menor tiempo posible incluso, a costa de la propia destrucción del sistema.

La creencia en que las necesidades humanas sólo se pueden satisfacer mediante la infinita expansión del proceso de producción y consumo, transformados en el fin último de la organización social, es común a todas las ideologías políticas productivistas, de allí el monocorde discurso sobre crecimiento, consumo y la promesa de acceso a la aldea global de la prosperidad y el bienestar; de allí su monolítica actitud al enfrentarse a la cuestión ambiental, la cual – en última instancia – es percibida como el palo en la rueda del “progreso”.

CAPITALISMO Vs SOCIALISMO 2John Michael Greer sintetiza bien la cuestión cuando afirma que…la gran división de la sociedad no se dará entre la izquierda y la derecha, o entre los ricos y los pobres, sino entre aquellos que por un lado hayan aceptado el veredicto de la historia acerca de nuestra fantasía de progreso ilimitado y, por el otro, aquellos que se aferren a fantasías a pesar de la gran cantidad de datos en contra.

Impregnadas de productivismo, las élites adineradas, la mayor parte de la dirigencia política y la tecno burocracia, no pueden ofrecer otra cosa que no sea su idílica propuesta de un infinito crecimiento económico asociada a la teoría del derrame o goteo, mil veces desmentida por la realidad. Sus discursos políticos están invariablemente dedicados al crecimiento industrial, a la expansión de los medios de producción, al aumento del PBI, a una ética materialista como púnica manera de satisfacer las necesidades de la gente y al endiosamiento de la ciencia.

Una excelente pintura de la sociedad productivista la propone Jordi Pigem cuando plantea que:

En nuestra sociedad, el propósito último es que crezca el producto interior bruto y que siga creciendo. Y en esta huida hacia delante se sacrifica todo lo demás, incluido el sentido de lo divino, el respeto por la naturaleza y la paz interior (y la exterior si hace falta petróleo). La economía contemporánea es la primera religión verdaderamente universal. El ora et labora dejó paso a otra forma de ganarse el paraíso: producir y consumir. Como ha señalado David Loy, la ciencia económica “no es tanto una ciencia como la teología de esta nueva religión”. Una religión que tiene mucho de opio del pueblo (Marx), mentira que ataca a la vida (Nietzsche) e ilusión infantil (Freud).

A manera de ejemplo se pueden analizar las declaraciones de las cuatro[4] Cumbres de Jefes de Estado o de Gobierno realizadas por el G20, como una respuesta a la crisis financiera iniciada en 2007. Allí se puede constatar que para la luchar contra la pobreza fundamentalmente se postulan como remedios, aquellos principios y acciones que la han generado, al igual que han generado la crisis ambiental y la insostenibilidad del proceso de desarrollo.

Dice por ejemplo la Declaración de Washington del G20:

Reconocemos que estas reformas únicamente tendrán el éxito si están fundamentadas sobre un firme compromiso con los principios del libre mercado, incluyendo el imperio de la ley, el respeto por la propiedad privada, el comercio y las inversiones libres, en los mercados competitivos y si se apoyan sobre unos sistemas financieros eficientes y eficazmente regulados. Estos principios son esenciales para el crecimiento económico y la prosperidad, habiendo ya liberado a millones de personas de la pobreza y elevado sustancialmente el nivel de vida a escala global. Reconociendo la necesidad de mejorar la regulación del sector financiero, deberemos, sin embargo, evitar un exceso de regulación que podría obstaculizar el crecimiento económico y exacerbar la contracción de los flujos de capital, incluyendo a los países en desarrollo.

A partir de la caída del Muro de Berlín y de la Globalización, nos podemos preguntar ¿cuáles de los temas enumerados no se han hecho presentes en los modelos económicos y de desarrollo imperantes? Sin embargo la pobreza no ha retrocedido, el ambiente no se ha protegido y la economía se ha sumergido en una grave crisis global.

El accionar inmediatista de la dirigencia política – obviamente – responde a las demandas de una sociedad colonizada por el productivismo a la que – permanentemente y por todos los medios – se induce a hacer del consumo su forma de vida, a convertir en rituales la compra y el uso de bienes, a buscar su satisfacción espiritual, la satisfacción de su ego, en el consumo, todo lo cual requiere de un sistema que – obsolescencia programada y percibida mediante – haga que las cosas se consuman, quemen, reemplacen o desechen a un ritmo cada vez más acelerado[5].

La dirigencia política no parece percibir que estamos frente a un proceso de cambio ambiental en el que el crecimiento exponencial – voraz e irresponsable – que se produjo en el mundo industrializado – particularmente a partir de la década del año 1950 – no podrá proseguir y mucho menos ser imitado por otras regiones del planeta. Ello implica la búsqueda de un nuevo punto de equilibrio mediante el decrecimiento de quienes excedieron con creces la biocapacidad del planeta y el crecimiento en aquellos países en los que tantos no pueden vivir de acuerdo con su dignidad humana.

Vale aquí resaltar el pensamiento de Serge Latouche cuando nos dice que:

…el decrecimiento es ante todo un eslogan político que apunta a romper la palabrería de los drogados del productivismo… tiene por objeto señalar el abandono del objetivo del crecimiento ilimitado, cuyo motor no es otro que la búsqueda de la ganancia por los poseedores del capital y cuyas consecuencias son desastrosas para el ambiente. Y por lo tanto, para la humanidad. El proyecto del decrecimiento es el de la construcción, tanto en el Norte como en el Sur, de sociedades convivenciales autónomas y mesuradas.

En tal escenario, la dirigencia política – respondiendo a intereses meramente electorales – por no irritar a la población, se abstienen de proponer o adoptar medidas que puedan afectar el actual insostenible “estilo de vida” o puedan poner en riesgo las inversiones extranjeras.

Frente a la actual crisis ecosocial – que ha adquirido carácter global – la desmesura productivista nos induce a asumir una triple actitud: negar la crisis ecosocial; no considerarnos responsables de nada y depositar una fe ciega en la ciencia y la técnica para sortear los escollos. Negación, irresponsabilidad y omnipotencia son los motores que nos impulsan a un permanente salto hacia adelante.

Refiriéndose los mitos que genera el sistema productivista, Antonio Elizalde Hevia sostiene que:

En el imaginario construido en las sociedades actuales -sociedades globalizadas por el capitalismo industrial de consumo masivo- están instalados un conjunto de mitos sobre la realidad que condicionan gran parte de las creencias con las cuales, quienes integramos estas sociedades, nos movemos en nuestra vida cotidiana. Algunos de estos mitos economicistas…son los siguientes: más siempre es igual a mejor; calidad de vida es igual a cantidad de bienes; crecimiento es igual a desarrollo; la liberalización de los mercados es conveniente y necesaria para todos; la libertad de elección en el mercado nos hace más libres; el crecimiento elimina la pobreza; la tecnología todo lo puede; la naturaleza no es imprescindible.

Ted Trainer considera que en la sociedad productivista del mundo industrializado el punto de vista generalmente asumido es que:

…podremos seguir comprando montones de cosas, viviendo en casas inmensas, conduciendo distancias prolongadas, yendo de vacaciones, volando por todo el mundo, y disponiendo de un nutrido fondo de armario, etc., y aumentar nuestro consumo de todos estos bienes con cada año que pasa, porque nuestros magos de la tecnología encontrarán la forma de producir bienes de consumo y hacer que los coches sigan funcionando, etc., sin causar problemas de importancia. Desde luego que las tecnologías existen ya, lo que pasa es tan solo que nuestros embotados políticos nos han fallado a la hora de llevarlas a la práctica.

“Alguien inventará algo” parece ser la frase de cabecera de una sociedad en la que se niega la necesidad de – ni siquiera – pensar en poner en cuestión el crecimiento, y menos en reducir el consumo o la producción económica. La tecnolatría – indispensable para sostener la cultura productivista – es la que conduce a la mayor parte de la gente, particularmente a la clase dirigencial a nunca preguntarse: ¿cuál será la situación en el futuro, si seguimos aumentando la producción y el consumo de modo continuo y sin límites?

EL PRODUCTIVISMO IMPREGNA LA POLÍTICA DE NUESTRO PAÍS

Desde 1880 hasta nuestros días, en nuestro país se aplicaron diferentes modelos de desarrollo. Entre 1880 y 1945 conocimos un modelo Conservador centrado en la atracción de inversiones extranjeras (y mano de obra) para la creación de la infraestructura requerida para un desarrollo orientado al mercado externo. Entre 1945 y 1955 se desarrolla un modelo Populista orientado al mercado interno con el objetivo central de mejorar la distribución de ingresos, fomentando la industrialización por sustitución de importaciones. Entre 1955 y 1976, en consonancia con las tendencias mundiales, comienza a aplicarse un modelo Desarrollista caracterizado por un Estado activo, políticas económicas que impulsan la industrialización, protección a las industrias nacionales y sustitución de importaciones. Entre 1976 y 2001 se desarrolla un modelo Neoliberal caracterizado por el fundamentalismo de mercado de sus impulsores, que definen una función prescindente o subsidiaria del Estado, con el objetivo de promover un clima de negocios favorable para el sector privado. A partir de 2003 y hasta nuestros días, se desarrolla un modelo con marcadas tendencias Neokeynesianas caracterizado por una fuerte inversión pública con el objetivo de generar empleo sin caer en el déficit fiscal y con inclusión social.

Para el ecologismo político, más allá de las evidentes y muchas veces profundas diferencias entre uno u otro de los modelos descriptos, existe un punto común, una lógica común: el productivismo.

Correr siempre tras la coyuntura que definen los altos o bajos precios de las commodities de moda y nunca tener tiempo para sentarse a reflexionar sobre lo importante, sobre lo fundamental: lo que le está pasando a nuestra casa común y el nuevo escenario transicional que se ha configurado, es la característica de una clase dirigencial entusiastamente productivista en cuya agenda parece figurar una única propuesta: “MÁS DE LO MISMO”. Ni por asomo se detienen a reflexionar sobre la posibilidad de desarrollar una alternativa al negocio como de costumbre, que nos permita movernos desde nuestra actual trayectoria de declinación y colapso hacia un camino nuevo que posibilite de una vez por todas erradicar la pobreza y restaurar nuestros sistemas naturales. Un plan de acción que antes de regirse por la percepción de su viabilidad política, se rija por la realidad científica.

Nuestra clase dirigencial parece no advertir que el ideal productivista – que tanto los apasiona – no puede desarrollarse sin una extrema y brutal injusticia social. Un sistema en el que las cosas de mayor escasez y valor se destinan a los ricos, en tanto ellos pueden pagarlas, mientras garantiza que nuestro “desarrollo” no pueda ir mucho más allá de enriquecer a nuestras élites, a las corporaciones internacionales y a la gente que compra en los supermercados de los países ricos.

Frente a la cuestión ambiental nuestra dirigencia reacciona con un doble discurso. Por un lado, atrapada por una dialéctica norte-sur, ven en cada iniciativa ambiental la intención de poner trabas comerciales que se interponen en su sueño de seguir aferrados a un modelo que critican fervorosamente – mientras el poder se encuentra en el norte – pero al que desesperadamente quieren imitar para ver si alguna vez les toca la llave de la felicidad, para poder seguir exactamente en el mismo rumbo que nos condena a profundizar desigualdades y destruir al ambiente. Por otro lado, se transforman en calificadores compulsivos de sustentabilidad. Cualquier actividad – por más socio-ambientalmente cuestionable que fuera – ellos la santifican calificándola de “sustentable”[6]. Es así que nos proponen una megaminería sustentable, una monocultura sojera sustentable, un fracking sustentable, una energía nuclear sustentable, un “crecimiento sustentable” (supremo disparate e indiscutido oxímoron) y muchos etcéteras sustentables más. Dicen sustentable y solo piensan en rentable.

Declaman al unísono su intensión de terminar con el flagelo de la pobreza, el hambre, las desigualdades, el analfabetismo, asegurar la buena salud de la población y garantizar el pleno ejercicio de los derechos humanos y para todo ello insisten con su cultura productivista y las recetas que les son inherentes, que -paradójicamente – han sido las responsables del actual estado de cosas. Es así que gobernantes y opositores, hermanados por su productivismo, ignoran la inevitable transición energética, dándole la espalda a las fuentes energéticas renovables y limpias, mientras promueven el fracking, el uso del carbón y la energía nuclear; ignoran la cuestión de la seguridad alimentaria, dándole la espalda a la agroecología, mientras se promueven las insostenibles monoculturas agroindustriales e ignoran elementales cuestiones ambientales, sociales y culturales promoviendo una megaminería salvaje.

Haciendo gala de un anacronismo militante, mientras se multiplican las advertencias y hechos que preanuncian el ineludible ocaso del petróleo nos proponen la utopía de convertir a nuestro país en un emporio petrolero; en lugar de preguntarse: ¿cómo evitar que la transición energética nos llegue forzada por circunstancias fuera de nuestro control? ¿Si tiene lógica seguir haciendo inversiones millonarias en obras de infraestructura carbodependientes? ¿Si no ha llegado la hora de la agroecología frente a una agroindustria que no podrá sobrevivir al cenit petrolero? ¿Si se podrán gestionar, cuando la escasez de energía sea ya severa, unos residuos tan peligrosos y duraderos como los de la industria nuclear? ¿Con qué energía se hará? ¿Si se está invirtiendo lo suficiente en investigación y desarrollo de energías renovables y limpias? ¿Si no sería hora ya de acabar con este modelo de sociedad, basado en el beneficio monetario a corto plazo y en el consumo sin medida, que lleva al agotamiento de todo tipo de recursos? ¿Si nos estamos preparando adecuadamente para la supervivencia en este nuevo escenario?

HAY OTRO SISTEMADebemos resaltar aquí que no estamos condenados a vivir en una cultura productivista y que existen alternativas a partir de la lógica inherente a la ecología política sobre las que nos hemos referido en Sus Crisis Nuestras Alternativas https://laereverde.com/2015/01/05/sus-crisis-nuestras-alternativas/

La alternativa es clara: nos quedamos con el negocio como de costumbre y presidimos una economía que sigue destruyendo nuestros sistemas de apoyo naturales hasta que se destruya a sí misma o adoptamos un nuevo rumbo y somos la generación que cambió de dirección, moviéndonos hacia un camino de progreso sostenido. La elección es nuestra. Será hecha por nuestra generación, pero afectará la vida de todas las generaciones por venir[7].

A partir de la “globalización” del sistema urbano-agro-industrial y la explosión de la movilidad motorizada a escala planetaria (el mundo “lleno”) registrada durante el siglo XX, se acentúo la división – desde el nivel individual hasta el nivel geográfico – entre “ganadores” y “perdedores”. Ante tal escenario, nuestra dirigencia solo piensa – obsesivamente – en subirse al carro de los ganadores, en lugar de plantearse romper con este sistema cuyo único destino es el colapso de nuestra civilización.

La construcción de poder les impide ver lo obvio: entender que crecimiento económico no es sinónimo de desarrollo y que éste, no necesariamente requiere de aquel. Tanta ceguera política – parafraseando a Saramago – nos debería hacer preguntar si es que nos hemos quedado ciegos, si estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven.

 

 

 

[1] DEGANS, François (1984): «Qu’est-ce que le productivisme?», en LES VERTS: Textes fondateurs des Verts

[2] MARCELLESI, Florent (2008): Ecología política: génesis, teoría y praxis de la ideología verde, Bakeaz, Bilbao.

[3] Recursos naturales que se consumen y absorción de los desechos que se generan.

[4] 1ª Cumbre: Noviembre 2008, Washington, D.C. (EE.UU.); 2ª Cumbre: Abril 2009, Londres (Reino Unido); 3ª Cumbre: Septiembre 2009, Pittsburgh (EE.UU.) y 4ª Cumbre: Junio 2010, Toronto (Canadá)

[5] LEBOW; V. “The Real Meaning of Consumer Demand” 1955 Journal of Retailing

[6] Según el Diccionario de la RAE, el términos correcto para referirse a un proceso que puede mantenerse por sí mismo, como lo hace, p. ej., un desarrollo económico sin ayuda exterior ni merma de los recursos existentes es “sostenible” y no sustentable.

[7] Lester Brown. Plan B

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