Endeudamiento y Crisis

Manuel Ludueña

Las crisis del capitalismo, acentuadas por las estrategias neoliberales, se potencian para acelerar las desigualdades intrínsecas a sus concepciones que,  entre otros, lo facilitan los gestores del endeudamiento externo.

El desarrollo social, ambiental, cultural, educativo, sanitario, no requiere de deuda financiera ni del crecimiento productivista para mejorar las condiciones de vida; solo requerirían de gestiones de base mancomunadas de valorización de los bienes comunes.

En cambio el crecimiento productivista se alimenta de recursos que no se tienen, en especial, financieros, que arrastran a otros como los tecnológicos, burocráticos, monetarios, energéticos, materiales y, finalmente, a los condicionamientos exógenos. El endeudamiento es un “sistema en cuenta gotas” que no sirve para toda la comunidad, es solo para quienes lo utilizan aunque deberán pagarlo todos y que requerirá de más endeudamiento para crecer al 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, … 11 … por ciento y más. La lógica del crecimiento es meramente económico-empresaria y/o económico-financiera, sin desarrollo social, ni preservación cierta del ambiente, ni de los recursos naturales, avasallando las culturas sin miramiento y subsumiendo la educación, la salud, y la vivienda principalmente.

Así, la privatización neoliberal es la fantasía para desvincular la gobernabilidad con responsabilidad social y transferir las culpas del mal gobierno a la suerte de los individuos en los mercados. Privatización de la salud y la educación, de los servicios públicos y de la seguridad, son modos de crear/ recrear las diferencias entre los habitantes de un país.

A su vez, los políticos neoliberales promueven obras cada vez más grandes, que requieren de grandes inversiones y que demandan más endeudamiento. Dicha concepción acentúa las desigualdades, los condicionamientos a la soberanía de los pueblos a manos de los prestamistas y la desculturización en pos de una modernidad fragmentada.

El endeudamiento no es, ni siquiera, la receta para crecer de modo acelerado; encubre y engendra la discriminación, desatendiendo los principios más elementales para la universalización de los derechos humanos. Es la receta del desánimo, de la claudicación emancipatoria, del enriquecimiento concentrado, de los déficits perdurables, de la desvinculación entre las necesidades sociales y las decisiones políticas.

El endeudamiento es una droga que necesita de más endeudamiento que, cual pócima. Lo enuncian los políticos neoliberales en sus plataformas y solo revierten en la aceleración de las diferencias internas y con  los países industrializados, alimentando su crecimiento.

La deuda externa no es más que un espejismo -de una realidad que se promete y nunca llegará-, uno de los espejos cada vez más lejanos, cuasi desconocidos, del reflejo de un espejo que se esta rompiendo. Más aún cuando los países por endeudarse carecen, siquiera, de planes de largo plazo y de desarrollo socioambiental por dejarlos en las “fuerzas del mercado” –las que demandan que se endeude el país para favorecerlas-.

No se pueden aceptar obras de infraestructura y de transporte que solo buscan acelerar la exportación de materias primas y requieren de endeudamiento para abaratar los costos de transporte de los países más industrializados –a donde se dirige la carga-, como rutas y transporte con camiones de cargas. No se pueden aceptar obras o artefactos tecnológicos disponibles para utilidad de la exportación de los países industrializados, tales como autopistas, túneles, centrales nucleares, diques, por los cuales endeudarse, siendo poco efectivos para el desarrollo regional y local. No se puede aceptar la baja de retenciones, de los impuestos a la renta financiera,  de las tasas a la explotación minera fortaleciendo a algunos sectores productivos en tanto se endeuda a toda la comunidad en pos del canto de las sirenas del crecimiento. El neoliberalismo potencia, en la diferencia con el otro, la aspiración a llegar, cual zanahoria, vegetando por tratar de ser el otro, nunca uno mismo, ello sería revolucionario.

Asimismo, contraer deuda es un proceso de: demanda financiera,  programación, diseño y ejecución de los recursos prestados y pago del endeudamiento –si se alcanza- o de nuevos endeudamientos. Todas instancias de potenciales retornos para la gestión burocrática, para la corrupción interinstitucional.

El endeudamiento conlleva las crisis futuras. Inversiones, trabajo, tecnologías intensivas en capital con efectos directos e indirectos iniciales que, sin sucesión, sin encadenamiento, terminan generando vacíos inactivos, en tanto se beneficia con la disminución de costos –transporte, estadía en puerto- a sectores exógenos al desarrollo local y regional, a veces con entidades de los países del endeudamiento.

Sin desarrollo social, sin comprensión socio-cultural, sin adecuación a los cambios, sin una red de demanda endógena, el crecimiento y el endeudamiento debilita y amplifica las desigualdades internas, incluso llevan a la pérdida –por ciclos- de la gobernabilidad nacional. Asimismo, las crisis en los países no industrializados pueden no coincidir con las crisis globales del capitalismo y, en tal caso, generar debacles que finalizan en quiebras que se salvaguardan, por ahora, mediante ajustes, ajustes, nuevas deudas, nuevas deudas… subordinando a las instituciones y a las sociedades nacionales, habilitando “a precio de liquidación” a las empresas transnacionales.

La asociación entre endeudamiento -vía emisión de títulos- e inversiones golondrinas en un marco de tensiones globales, sin programas de reinversión en desarrollo –no en crecimiento-,  son las marcas, el aviso con vencimiento para el vaciamiento y la huida del capital financiero, acentuando el debacle potencial de la economía nacional. Su reiteración –desde el Consenso de Washington- es una tragedia anunciada, cuyo conocimiento por parte de los principales actores del endeudamiento lleva a sentenciar que se trata de un ocultamiento, de un acto perverso. Grecia, Argentina, Portugal, España, son claras evidencias contemporáneas de la pérdida de legitimidad de los procesos democráticos, de los partidos políticos y de los sectores sociales comprometidos con ellos, impugnados con manifestaciones masivas, violencia, finalmente reprimidos y deslegitimando aún más el sentido profundo de la gobernabilidad que, no obstante, ajustan, endeudan, ajustan, endeudan vendiendo transitoriamente a sus sociedades como única salida: un espejo inalcanzable, meras caricaturas que solo logran muertes innecesarias y empobrecimiento intergeneracional.

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