Neo-extractivismo o Paleo-extractivismo: dos caminos y un solo destino

 

A DESEXTRACTIVIZAR, A DESEXTRACTIVIZAR

Si molesto con mi canto 
a alguien que no quiera oír
le aseguro que es un gringo
o un dueño de este país

Víctor JARA

Es América Latina, la región de las venas abiertas. Desde el descubrimiento hasta nuestros días, todo se ha trasmutado siempre en capital europeo o, más tarde, norteamericano, y como tal se ha acumulado y se acumula en los lejanos centros de poder. Todo: la tierra, sus frutos y sus profundidades ricas en minerales, los hombres y su capacidad de trabajo y de consumo, los recursos naturales y los recursos humanos. El modo de producción y la estructura de clases de cada lugar han sido sucesivamente determinados, desde fuera, por su incorporación al engranaje universal del capitalismo. A cada cual se le ha asignado una función, siempre en beneficio del desarrollo de la metrópoli extranjera de turno, y se ha hecho infinita la cadena de las dependencias sucesivas, que tiene mucho más de dos eslabones, y que por cierto también comprende, dentro de América Latina, la opresión de los países pequeños por sus vecinos mayores y, fronteras adentro de cada país, la explotación que las grandes ciudades y los puertos ejercen sobre sus fuentes internas de víveres y mano de obra. (Hace cuatro siglos, ya habían nacido dieciséis de las veinte ciudades latinoamericanas más pobladas de la actualidad).

Las venas abiertas de América Latina

Eduardo Galeano

 

Carlos Merenson

Alí Rodríguez, quien fuera Ministro de Economía y responsable de PDVSA durante el Gobierno de Hugo Chávez, y luego Ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela y Secretario General de la UNASUR al referirse a las políticas extractivistas que se aplicaban en toda la región señalaba que: América Latina en general y Suramérica en particular, no se caracterizan por ser potencias tecnológicas ni financieras y su mayor riqueza está en sus recursos naturales y su gente, es el momento de utilizar esos recursos naturales para financiar tareas urgentes tanto del desarrollo, como del crecimiento económico, la redistribución del ingreso, la salud y la educación.

Con esa visión, en los últimos diez años se aplicaron en Latinoamérica modelos socioeconómicos apoyados en prácticas extractivistas que en muchos casos condujeron al establecimiento de economías de enclave: mineras; petroleras y agro exportadoras, con intervención estatal y apropiación de parte de la renta para el financiamiento de las políticas sociales, definiendo de esta manera – tal como lo postula Eduardo Gudynas – un “neo-extractivismo progresista”.

En la actualidad, con el avance neoliberal comienza a asomar el modelo impuesto en la década del año 1990 que – también apoyado en el extractivismo – se caracteriza por un relajamiento en la participación estatal y por la disminución drástica o directamente por la eliminación de toda política de apropiación de parte de la renta extractivista, definiendo así un “paleo-extractivismo” que nos remite a la colonialidad.

Obviamente, entre uno y otro modelo existen profundas diferencias en cuanto a sus efectos socioeconómicos, pero en el mediano y largo plazo, las inevitables y graves consecuencias ecosociales resultarán ser las mismas.

Ambas corrientes de pensamiento pretenden luchar contra la pobreza y el hambre dedicando todos los esfuerzos en pos de un infinito crecimiento económico. El neoliberalismo, proponiendo un ilusorio derrame de la riqueza sobre los más necesitados; y el progresismo, imaginando que resulta posible construir un capitalismo con rostro humano.

Como lo afirmaba en Ecología Política: Nuestro Camino del Productivismo a la Convivencialidad: Las trágicas consecuencias ecosociales del paradigma productivista y los mecanismos centrípetos de redistribución de los recursos en los que se asienta el sistema-mundo capitalista convierten en utopía el paradigma que inspira a la dirigencia política tradicional, particularmente aquella que hoy promete transformar a los países de la periferia en “paraísos productivos”. Ninguno parece advertir que – dentro del sistema-mundo capitalista – es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un país periférico entre en el reino del “primer mundo” y menos aún advierten que la actual crisis ecosocial global, ya ni siquiera asegura la continuidad del desarrollo en los países centrales a los que se intenta imitar.

Lo cierto es que en el sistema mundo productivista que habitamos, haciendo gala de una absoluta falta de conciencia sobre la realidad ecológica y social, la dirigencia y la tecnoburocracia, más allá de sus diferencias, solo atinan a correr en pos del “sueño americano”, a ofrecernos el paraíso terrenal, si somos capaces de alcanzar la etapa superior del crecimiento económico, aquella que Rostow denominaba la del alto consumo en masa[1] en la cual, los seres humanos, cansados de tanta opulencia, se decidirán – de una vez por todas – a ayudar al prójimo. Inmersos en ese utopismo – no libre de intereses – han justificado una a una sus aventuras extractivistas, ignorando la rica experiencia histórica de más de cinco siglos transcurridos desde el saqueo colonial, pasando por el neo-extractivismo progresista y llegando hasta este paleo-extractivismo cuasi colonial. Quinientos años en los que nuestra américa latina no detuvo su incesante marcha hacia la pauperización económica, social y ambiental. Quinientos años en los que solo ha visto degradado su ambiente y expoliado su patrimonio natural, sin que se haya resuelto el problema de la pobreza.

Toca hoy al ecologismo enfrentar este paleo-extractivismo neoliberal que pretende entregar los recursos naturales para beneficio de muy pocos y la crisis ecosocial para muchos, crisis que se proyectará sobre nuestra américa latina sin respetar frontera alguna.

La lucha del ecologismo en el mundo industrializado ha encontrado en el decrecimiento un eje central y estructurante pero, en Latinoamérica, ese eje pasa por el desextractivismo, por la oposición a una práctica productiva que ha demostrado – sobradamente – que solo sirve para aumentar la dependencia económica y política con inadmisibles consecuencias ambientales y sociales.

Como exigía Víctor Jara en A desalambrar hoy tenemos que clamar: A desextractivizar, a liberar a nuestra Latinoamérica de estas economías de enclave  que nos han integrado en posición subordinada – colonial – en el sistema internacional y que nos siguen subordinando a una globalización económica, ideológica y cultural de un sistema mundo productivista que se extingue.

Desextractivizar implica defender los recursos naturales y la calidad ambiental frente a la insaciable voracidad de los monopolios internacionales que pretenden – a toda costa – imponer sus modelos de saqueo con el único objeto de multiplicar sus ganancias y mantener estilos de vida absolutamente insostenibles; de allí que desextractivizar también implica dejar de lado los modelos de desarrollo productivistas que hicieron posible la existencia misma de tales monopolios.

Desextractivizar plantea el desafío de construir un modelo de desarrollo diferente, que no imite los insostenibles modelos de los países ricos y que no apele a las centenarias e inconducentes estrategias extractivistas. Modelos y estrategias que se encuentran en el corazón mismo de la cultura productivista y resultan comunes a todo el arco ideológico político tradicional. Al cuestionarlos, el ecologismo político está poniendo en tela de juicio supuestos con los que hemos vivido hasta el presente, lo cual desatará la férrea oposición de aquellas ideologías que  – parafraseando a Cornelius Castoriadis – expresan el imaginario de un control y un dominio racionales sobre la naturaleza y la sociedad. Ideologías que apoyadas en la fantasía de la omnipotencia de la técnica han instalado en el centro de los intereses de la humanidad la satisfacción de las necesidades materiales, desatando un consumismo que – vertiginosamente – todo lo consume.

Esta posición del ecologismo político no deriva de una especulación teórica ni de una visión catastrofista, sino de la constatación de las consecuencias de la ininterrumpida aplicación de las ideologías productivistas en el mundo real, bien descriptas por Castoriadis cuando afirma que en la actualidad: Tres cuartas partes de la humanidad no pueden satisfacer ni siquiera de manera elemental estas necesidades [materiales], y la cuarta parte restante está atada, como una ardilla a su rueda, persiguiendo la satisfacción de las “necesidades” nuevas, manufacturadas día tras día ante nuestros ojos.

Todo lo anterior no debe llevarnos a suponer que el ecologismo plantea no crecer en una Latinoamérica que debe afrontar la lucha contra la pobreza y el hambre como tareas prioritarias. Lo que el ecologismo político plantea – tal como lo hace Serge Latouche – es la necesidad de abandonar la palabrería de los drogados del productivismo, abandonando el objetivo del crecimiento ilimitado, cuyo motor no es otro que la búsqueda de la ganancia por los poseedores del capital y cuyas consecuencias son desastrosas para el ambiente y por lo tanto, para la humanidad.

Toca hoy al ecologismo político Latinoamericano luchar por la justicia social, por un desarrollo basado en la ruptura de la dependencia económica, política y cultural. Un desarrollo libre de condicionamientos y ajustes, de saqueos extractivistas y también, libre de marketing verde o medidas ambientales cosméticas. Solo aprendiendo a vivir de otra manera es como lograremos salir del callejón sin salida en el que nos encontramos.

[1] Walt Whitman Rostow, historiador y economista norteamericano, es el autor de la teoría sobre las etapas del crecimiento económico, que postula la existencia de cinco etapas en las que se puede encuadrar un país en función de su proceso de crecimiento económico y que son: sociedad tradicional; condiciones previas al despegue; despegue; camino hacia la madurez y era de alto consumo en masa.

 

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