PARA CAMBIAR EL RUMBO: UNIR EL CAMPO VERDE

Carlos Merenson

EL ESCENARIO GLOBAL

La codicia, imprevisión, irresponsabilidad y omnipotencia tecnocrática, todo nos condujo al descuido y la mala administración de la casa común; a un choque monumental contra sus límites naturales.

El desacople entre los sistemas de la Tierra y los sistemas humanos se manifiesta en la triple crisis que supimos conseguir: la crisis climática antropogénica; la crisis biosférica antropogénica y el agotamiento del modelo energético fosilista; todo ello entrelazado con un imparable proceso de concentración de la riqueza, con secuelas de hambre, exclusión y violencia social.

Los procesos autodestructivos en curso son inherentes a la superideología productivista que ha transformado a la mayor parte de la humanidad en adictos al crecimiento económico y en idólatras del mercado y la tecnología.

Encerrado en su falso dilema de crecer o no crecer, el sistema ha quedado atrapado en una verdadera paradoja: si no crecemos, el sistema colapsa y si seguimos creciendo, destruimos las bases físicas que hacen posible ese crecimiento y la vida misma.

La humanidad se está moviendo hacia un punto de ruptura de los sistemas sociales, económicos y ecológicos, aproximándose al naufragio del sistema-mundo productivista en el que vivimos.

LA TAREA

Mientras en los países “centrales” del sistema-mundo productivista, el ecologismo político plantea la necesidad de decrecer (algo así como un desesperado intento de poner los motores del Titanic en reversa); en las áreas periféricas en la que nos toca actuar – muy alejadas del puente de mando – la tarea fundamental será prepararse para sobrevivir al inevitable choque y naufragio.

En Argentina, el ecologismo político deberá entonces ayudar a nuestra sociedad a desarrollar resiliencia para sobreponerse a los desenlaces desfavorables que se avecinan, reconstruyendo sus vínculos internos mediante estrategias basadas – principalmente – en la adaptación, la autoorganización, la autocontención y la autosuficiencia, todo lo cual tenderá a reducir nuestra gran vulnerabilidad ecosocial.

Resulta de vital importancia que nuestra sociedad llegue a comprender:

  • que por vez primera en la historia de la humanidad se presenta una amenaza real, un peligro mayor, de carácter global, que se cierne sobre todos los habitantes de la Tierra en la forma de una crisis ecosocial;
  • que la vital y conflictiva interacción entre sociedad y naturaleza, reviste el carácter de contradicción suprema y por lo tanto, debe ser analizada, más allá de lo estrictamente político, superando las divisiones partidarias, por encima de las diferencias ideológicas que separan a los individuos dentro de sus sociedades o a los Estados dentro de la comunidad internacional;
  • que la naturaleza no es una fuente de suministros infinita de recursos físicos a ser utilizados para el beneficio de la humanidad, ni un infinito sumidero de los subproductos del desarrollo y del consumo de esos beneficios, en la forma de varios tipos de polución y de degradación ecosférica.
  • que la finitud de nuestra casa común nos impone límites naturales, tanto para el aprovechamiento de recursos naturales, materiales y energía, como para la asimilación de desechos;
  • que el progreso humano no consiste en rebasar sistemáticamente los límites naturales sino en saber adaptarse a ellos;
  • que existen condiciones objetivas que demuestran que el crecimiento económico – tal como lo hemos conocido – ha terminado;
  • que las restricciones cuantitativas que impone la ecósfera y las consecuencias trágicas de los excesos, necesariamente conduce a una revisión fundamental de la conducta humana y – en consecuencia – de la estructura entera de la sociedad actual;
  • que un cambio de sociedad – nos guste o no – es inminente, inevitable, y – si no nos preparamos adecuadamente – probablemente brutal; y
  • que estamos recorriendo una etapa de transición desde una sociedad insostenible: productivista/consumista; hacia una sociedad convivencial y sostenible.

Todo indica que necesitamos cambiar de raíz nuestra forma de vida y los valores que nos guían, pero – como se plantea en el Manifiesto Última Llamada – los grandes cambios se topan con dos obstáculos titánicos: la inercia de nuestro actual modo de vida y los intereses de los grupos privilegiados. Ellos son los que han logrado – hasta el presente – impedir que maduren las condiciones para producir un indispensable cambio de rumbo.

LA TRANSICIÓN ARGENTINA

Pese a la gravedad de los indicadores ambientales y sus proyecciones, pese a las declaraciones pobladas de buenas intenciones y superpobladas de menciones a un idílico “desarrollo sostenible”, pese a todo, el paradigma dominante sigue siendo el mismo. Se habla de ecología y ambiente pero se piensa y actúa con una concepción productivista, incapaz de dar respuesta a la crisis ecosocial de la cual es responsable.

En nuestro país, las dirigencias políticas tradicionales han estado y están obsesionadas con encontrar el camino para convertirnos en un país del “primer mundo”. El tiempo se ha encargado de demostrar lo inútil que ha sido correr tras un objetivo inalcanzable en un sistema-mundo productivista, con sus mecanismos centrípetos de redistribución de los recursos y la riqueza. Ninguno parece advertir que – dentro del sistema –  es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un país periférico entre en el reino del “primer mundo” y menos aún advierten que la actual crisis ecosocial global, ya ni siquiera asegura la continuidad del desarrollo en los países centrales a los que se intenta imitar.

Todas nuestras tendencias apuntan en la dirección equivocada. Así por ejemplo, en momentos en los que el mundo se encuentra embarcado en un inevitable proceso de transición energética, aquí apostamos a convertirnos – fracking mediante – en la Arabia Saudita de Latinoamérica. Mientras la seguridad alimentaria, en un mundo sin petróleo, exigirá el desarrollo de la agroecología, aquí se promueve un modelo de insostenibles monoculturas agroindustriales. Mientras la megaminería – resabio y expresión del feroz extractivismo colonial – solo ha dejado sus irreversibles impactos ecosociales a los países periféricos que la han albergado, aquí la promovemos en todas las formas posibles. Mientras cada día se hace más urgente asegurar el suministro de agua, aquí se privilegian intereses inmobiliarios que atentan contra la existencia de los humedales o intereses mineros que atentan contra la existencia de los glaciares. Mientras los bosques hacen a la heredad nacional y su protección resulta fundamental para ayudar a resolver la crisis ecosocial, aquí – en aras de un idílico desarrollo – se los destruye sin miramiento alguno.

Enarbolando los más variados y disparatados argumentos, en nombre del “realismo” y el “pragmatismo”, la dirigencia política tradicional ha validado y valida cuanta aventura extractivista se nos propone desde los centros del poder económico internacional y es en tal escenario, que la ecología política debe irrumpir como una nueva y vigorosa corriente de pensamiento y acción, capaz de llenar el vacío de alternativas a la altura de las circunstancias y debe hacerlo para cambiar el rumbo antes de que el deterioro ambiental y la consecuente declinación económica lo hagan imposible.

El ecologismo político, para convertirse en alternativa, debe instalar en la agenda política nacional el debate sobre los objetivos impuestos por la actual etapa de transición:

  • de la economía del siempre más, a la economía de lo suficiente;
  • de la exclusión social, a la justicia social;
  • del darwinismo social, a la convivencialidad;
  • de los combustibles fósiles, a las fuentes renovables y limpias;
  • de la agroindustria, a la agroecología;

El proceso de desglobalización económica es el resultado previsible e inevitable de la transición energética. Es en este nuevo mundo que habrá que aprender a “vivir con lo nuestro”, lo cual – en clave ecologista – debe sonar como: vivir con una Huella Ecológica que nunca supere la propia Biocapacidad.

Argentina, que aún mantiene un alto nivel de biocapacidad, debe estabilizar su Huella Ecológica en niveles en los que se puedan alcanzar los objetivos que hacen a la justicia social y el buen vivir. Es en esta dirección que se inscriben las propuestas del ecologismo[1].

LA UNIDAD DEL CAMPO VERDE EN ARGENTINA

Frente al campo productivista – en el que se desenvuelven las organizaciones políticas tradicionales de nuestro país – se abre un nuevo campo: el campo verde, que, sin ser cuantitativamente importante, atesora el poder trasformador de una nueva ideología para este nuevo siglo XXI: la ecología política.

Es en este campo verde que podemos encontrar diferentes expresiones del ecologismo político, el ecofeminismo, el ecopacifismo, el ecosocialismo, el ecologismo profundo y el indigenismo. Pero también podemos encontrar organizaciones sociales y políticas que, en la medida que aumenta su preocupación por la cuestión ambiental, comienzan a desprenderse de las concepciones productivistas, para ir internándose en el campo verde. Entre estas corrientes de pensamiento se destacan el ambientalismo reformista que se expresa mayoritariamente en las organizaciones no gubernamentales ambientalistas; el ecologismo social que se hace presente en muchas de las organizaciones sociales; las corrientes ético religiosas y todos aquellos que levantan los valores, principios y acciones contenidas en la Carta Encíclica Laudato si´; los dirigentes y militantes peronistas que han hecho suyo y reivindican el Mensaje a los Pueblos y Gobiernos del Mundo de Perón; las organizaciones defensoras de los derechos humanos; las corrientes de pensamiento progresistas, de los movimientos de izquierda y del nacionalismo popular.

Hacer realidad las propuestas del ecologismo requerirá de la construcción de un amplio movimiento socio-político de nuevo signo, que emerja de la unidad del campo verde y que sea capaz de llegar a disputar el poder a las fuerzas políticas tradicionales.

Rechazando los sectarismos, respetando la pluralidad y la singularidad de sus componentes, el movimiento del ecologismo político debe entonces convocar y albergar a una amplia confluencia política, social y cultural. Un movimiento sociopolítico capaz de diseminar ideas y propuestas; producir contenidos políticos, difundirlos y adoptar estrategias comunes. Un movimiento en el que no puede haber lugar para una burocracia que actué de arriba hacia abajo, basándose en un núcleo donde se toman las decisiones y se imparten directivas hacia aquellos que únicamente obedecen. El movimiento ecologista político debe construirse de tal manera que haga inviable la imposición de ideas por la fuerza, sin respeto por los diferentes o los discrepantes. Si pensamos que luchamos por construir una sociedad sostenible tenemos que tener en claro que: …la sostenibilidad no es una propiedad individual, sino una red completa de relaciones que implica a la comunidad como un todo. (Capra, 2003, p. 274)

Se trata de impulsar la formación de un movimiento – a manera de una red de “Cooperativas Políticas” – integradas por todas aquellas personas que adhieran a un conjunto de principios y valores; y que – a través del principio: “un miembro un voto” – puedan participar en las grandes orientaciones del movimiento, como el programa o las estrategias electorales, así como en las acciones de movilización (desde su definición hasta su puesta en marcha).

Abandonar el callejón sin salida en el que estamos estancados implicará construir un nuevo paradigma a partir de un cambio copernicano en nuestra visión del mundo y la sociedad. En esa tarea resulta prioritario y como primer paso, convocar a una “Asamblea Abierta de la Ecología Política”, con dos claros objetivos:

  • delimitar el tronco común del ecologismo en argentina, y
  • acordar un programa político.

[1] https://laereverde.com/2016/12/04/apuntes-de-ecologia-politica-15-a-18-que-propone-el-ecologismo/

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