ANTECEDENTES Y APUNTES CONCEPTUALES PARA EL DISEÑO DE UNA LEY DE PRESUPUESTOS MÍNIMOS SOBRE EL SUELO – Segunda Entrega

Marcelo Viñas

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PARTE I

DIAGNÓSTICO DESDE LA VISIÓN TRADICIONAL

UN SIGLO DE DECISIONES DEGRADANTES

Entre los procesos de degradación física más importantes que afectan a los suelos de la Argentina se deben señalar la erosión así como la degradación de la estructura, que se materializa en la compactación de los suelos. Como procesos de degradación química, se indican las pérdidas de nutrientes, la acidificación, la salinización, así como la contaminación producida por el uso excesivo de plaguicidas, herbicidas y en algunos casos, de fertilizantes. Íntimamente relacionados con los procesos anteriormente mencionados, la degradación biológica del suelo, comprende la disminución del contenido de materia orgánica, y los cambios generalmente desfavorables que se producen en la microflora y fauna, que afectan negativamente la productividad del mismo (Casas, 1998).

En la región pampeana, la degradación está asociada a una combinación de malas prácticas agrícolas del pasado, la conversión a la agricultura de tierras ganaderas o de producción mixta y una fuerte tendencia al monocultivo, especialmente a partir de la introducción de la soja transgénica resistente al glifosato. En las áreas extrapampeanas de expansión de la frontera agropecuaria el proceso del desmonte asociado a un uso inadecuado de la tierra produjo un serio deterioro de los suelos y los bosques, principalmente en la extensa región chaqueña argentina y en las yungas. En la región patagónica el sobrepastoreo de ovinos es la causa principal de erosión debido a que provoca la desaparición de las especies forrajeras nativas que protegen al suelo. Este proceso se torna crítico, especialmente en años secos. Algo similar ocurre en la región occidental del país, con sobrepastoreo con ganado carpino, uso de abusivo para leña y los incendios de campos (Situación Ambiental Argentina, 2005). Al llegar a este punto cabe reflexionar acerca de si la agricultura argentina es sustentable en estas condiciones. Si bien es muy difícil dar una respuesta contundente, es evidente que los principales “indicadores” que pueden considerarse como síntesis de un conjunto de procesos y aspectos ambientales, están marcando la gravedad de la situación actual y una tendencia negativa (Casas, 1998).

En la Introducción al clásico El Deterioro del Ambiente en la Argentina (FECIC, 1986), Antonio Prego señalaba: La finalidad de este estudio expeditivo se orienta principalmente a orientar a la Nación sobre la gravedad, intensidad y trascendencia de los fenómenos (degradatorios) señalados y con ello evidenciar la necesidad de que las autoridades, las instituciones y la ciudadanía en general adquieran una lúcida conciencia del problema y de sus características y decidan afrontarlo con medidas acordes con su magnitud y velocidad de propagación.

Los datos de aquel trabajo produjeron una señal de alarma. La superficie afectada por erosión hídrica ascendía a 25 millones de hectáreas (1/3 en grado severo a grave), mientras que la afectada por erosión eólica era de 21,4 millones de hectáreas (2/3 en grado severo a grave). Esto en 18 provincias relevadas. Cuando los datos se extrapolaron al país, la estimación llegaba a 58 millones de hectáreas con problemas de erosión.

En 1988, un estudio meticuloso realizado sobre un área de 4 millones de hectáreas de la Pampa ondulada (Michelena, et al., 1989), arrojó datos más impresionantes, especialmente considerando que se trata de tierras consideradas entre las mejores del mundo, no sólo de la Argentina. Las pérdidas promedio de MO en todas las muestras es de 39,2 %. Discriminando según el uso de la tierra, los valores de pérdida de MO eran: con rotación agrícola ganadera 37,3 %, con agricultura continua 46,7 %. Las pérdidas promedio de N total en todas las muestras es de 40,2%. Discriminando: con rotación agrícola ganadera 38,8 %, con agricultura continua 48,3 %. Las pérdidas promedio de P asimilable en todas las muestras es de 68,04. Discriminando: con rotación agrícola ganadera 67,5 %, con agricultura continua 76,0 %. En cuanto a la erosión, aprox. 1.280.000 ha. (32%) tienen erosión hídrica moderada y severa, con pérdidas de horizonte A (capa superior fértil de suelo) de 5 a 20 cm. En algunos sectores, con gran pendiente, la pérdida de horizonte A es total. En el resto, (68 % de la sup. muestreada) la erosión es ligera o nula, con pérdidas de hasta 5 cm del horizonte A.

suelos1Fig 1: Pérdidas promedio de materia orgánica del suelo (MOS), fósforo (P), nitrógeno (N) y degradación de estructura en 4 millones de hectáreas de suelos de la pampa ondulada, según el sistema productivo (de Michelena, et al., 1989).

Según estimaciones, la tasa anual de incremento de la erosión registrada era superior a 200.000 hectáreas por año (Casas, 1998). Es decir, hacia 1996 habría en el país unos 60 millones de hectáreas con problemas de erosión.

Sin embargo, entre 1988 y 2010 el área dedicada en el país a la agricultura pasó de 15.400.000 a 31.100.000 hectáreas, y la producción se triplicó. Esto se explica por la incorporación masiva de la soja y la combinación del cultivo trigo-soja, que permite obtener dos cosechas en un año (Cruzate y Casas, 2012) (Fig. 2).

Considerando que la agricultura continua produce un impacto mayor sobre las propiedades del suelo que la rotación agrícola ganadera, y que una mayor producción implica una intensificación de la presión sobre la fertilidad del suelo, es posible que los procesos de degradación estén groseramente subestimados en la actualidad.

Desde el trabajo de FECIC de 1986, no hubo ninguna otra estimación a nivel nacional sobre el estado de degradación de los suelos. Sin embargo, la cifra de 60 millones de hectáreas con problemas de erosión se sigue citando en trabajos más recientes (Pérez Pardo, 2005; Morrás, 2008; etc,).

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4.1 EL PRIMER PASO: PÉRDIDA DE COBERTURA, LOS ECOSISTEMAS SON SUSTITUIDOS

La causa más importante de degradación de los suelos, y la que da comienzo a los procesos erosivos, es la eliminación de la cobertura vegetal. Sin cobertura, sin árboles o sin pastos, o en áreas donde se disminuye la cobertura, los suelos quedan expuestos a las lluvias y a los vientos que finalmente los erosionan. El desmonte de áreas boscosas, el sobrepastoreo, el excesivo laboreo del suelo y la quema de restos vegetales son, entre otras prácticas, las que causan más erosión (Casas, 1998).

La pérdida de cobertura afecta a todos los ecosistemas, aunque por sus características algunos son más vulnerables que otros. Los ecosistemas áridos o semiáridos son especialmente afectados. A continuación ofrecemos un resumen de los principales procesos de pérdida de cobertura vegetal: deforestación, transformación de pastizales, sobrepastoreo.

Deforestación

A principios del siglo 20, la Argentina tenía aproximadamente 100 millones de hectáreas con vocación forestal, y más del 30 % de su superficie cubierta por bosques. Se calcula que en 75 años la superficie forestal se redujo un 66 %. Hacia 2005 se calculó una superficie cubierta por bosques nativos, a nivel nacional, de casi 31.500.000 hectáreas (SAyDS, 2007a). Otras estimaciones calculan que entre 1937 y 2002 se perdieron 7,5 millones de hectáreas de bosque nativo, con una superficie cubierta de 30 millones en 2002. El avance de la deforestación fue de 230.000 ha. por año entre 1998 y 2002 (SAyDS, 2007b). El estudio señala que el proceso de deforestación de las últimas décadas probablemente sea uno de los más fuertes de la historia, con el agravante de que se realiza principalmente para el monocultivo de soja. Otro aspecto importante es que se refiere sólo a la pérdida de superficie forestal, pero no mide la degradación de las masas forestales restante.

La deforestación continúa, aunque no de manera homogénea en todos los bosques. La expansión de la frontera agropecuaria ocurrió principalmente en la región chaqueña y en las yungas. Estos ambientes se eliminan afectando profundamente la riqueza biótica y los servicios y bienes ambientales, que además son pobremente conocidos (Morello et al., 2005). En la región Chaqueña, la superficie deforestada entre 1998 y 2002 fue de 805.000 ha. (SAyDS, 2007b).

En la región chaqueña la agricultura se realizó tradicionalmente en suelos del chaco subhúmedo oriental y occidental. En la provincia del Chaco, el chaco subhúmedo oriental, conocido como bosque de tres quebrachos, perdió el 85 % de su cobertura original. En las áreas con ocupación agrícola más antigua las pérdidas son mayores. En la región de Sáenz Peña, en 2002 la agricultura ocupaba el 85% de la superficie, mientras que el 15 % restante no tiene aptitud agrícola, estando ocupado por comunidades propias de suelos salobres o anegadizos.

El bosque de tres quebrachos presenta tal nivel de fragmentación, sobreexplotación y deforestación que si no se adoptan medidas urgentes en pocos años será posible que ya no queden masas disponibles con número, tamaño y conectividad mínimos como para asegurar la protección (Adámoli, 2005).

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En la fig.3 se comparan imágenes satelitales de dos sectores del área de los tres quebrachos (Chaco Subhúmedo Oriental) del noroeste de la provincia de Santa Fe, entre 1998 y 2006. Nótese el avance de los desmontes. Asimismo, la Fig. 4 ilustra la deforestación en un sector del norte argentino entre 1976 y 2008. Se observa el avance sobre las yungas, y el chaco subhúmedo occidental y parte del oriental.
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En Salta, el reemplazo hacia la agricultura sojera se realizó, entre 1988 y 2002, en un 89% sobre desmontes de arbustales y bosques (Paruelo et al., 2004). Entre 1976 y 1997 la deforestación se mantuvo a un ritmo constante (84.000 ha/año). Luego la tasa se incrementó 2,6 veces (234.000 ha/año). El 28,6% del total deforestado hasta el 2007 (1.750.000 ha) se realizó en los últimos 7 años (entre 2000 y 2007), siendo Salta y Santiago del Estero las provincias más afectadas (92% del total). La tasa de pérdida de bosque nativo (-1,40%) supera ampliamente la media mundial y continental (-0,2% y -0,51% respectivamente) (Volante et al, 2009, citado por Viglizzo y Jobbágy, 2010).

Las tierras desmontadas se dedican a producciones concentradas en pocos cultivos de alta productividad y alta homogeneidad genética. Estos cultivos maximizan la producción y la rentabilidad simplificando el manejo, pero aumentan el riesgo climático, económico y biológico de las producciones, producen pérdida de materia orgánica y una sobre-extracción de algunos macro y micro nutrientes (Casas, 2001).

En los casos ilustrados antes, gran parte del avance fue posible gracias a la siembra directa. Esta práctica permite una mejor utilización del agua del suelo y el ahorro de combustible por la reducción de laboreos, algo importante en zonas semiáridas y alejadas de los puertos. Además, usada con sojas transgénicas y herbicidas, simplifica el manejo agrícola. Si bien esta práctica es considerara como conservacionista, en la región chaqueña y en las yungas es el instrumento de una enorme degradación de los suelos. A la vulnerabilidad de los suelos generada por la pérdida de cobertura, la falta de rotaciones con gramíneas expone al suelo a la degradación física y química más intensa.

El área cultivada en la provincia del Chaco pasó de 946.000 a 1.399.000 ha. entre 1992 y 2002. En este período, la liberación de soja transgéncia en 1996, junto con la debacle del algodón, llevaron a que la soja ocupe en 2003 el 52 % de la superficie sembrada. Este cultivo deja poco rastrojo, lo cual deja al suelo desnudo, expuesto a factores erosivos, y a la pérdida de materia orgánica. La práctica agronómica recomienda rotar estos cultivos con trigo, sorgo o maíz, que tardan en descomponerse, dejando un rastrojo más abundante que protege al suelo de la erosión y aporta un poco de materia orgánica. Sin embargo, en la provincia del Chaco en 2003, el sorgo y maíz ocupaban el 13,2 % de la superficie sembrada. En el noroeste es peor, ya que estos últimos cultivos no llegan al 10 %. En el Dto. Moreno, de Sgo del Estero, es peor aún, ya que cubren sólo el 5,2 % del área total. Estos porcentajes están muy lejos de los considerados indispensables para mantener una rotación adecuada (Adámoli, 2005).

Por otra parte, los suelos de zonas boscosas evolucionaron con sombra, y fueron formados por el bosque. Eliminar el bosque es interrumpir los procesos naturales de formación del suelo, y además es someterlo a una insolación extraordinaria la cual acelera la pérdida de materia orgánica por mineralización.

Otro desmonte con fines agrícolas menos notorio para la opinión pública tuvo lugar en el sur de la provincia de Buenos Aires, en el partido de Patagones. Entre 1975 y 2009 se sustituyeron 430.000 has. de monte nativo por cultivos, especialmente de trigo, en un área semiárida no apta para una producción agropecuaria intensiva. Con la sequía de 2005-2009 se intensificó un proceso de erosión eólica ya existente, llevando la mayor parte de las tierras a la desertificación. Además, las existencias ganaderas se redujeron un 40 % como producto de la baja productividad de la vegetación afectada por el sobrepastoreo. La principal motivación de esta brutal transformación fue la búsqueda de la máxima rentabilidad en el corto plazo (Pezzola et al., 2009).

Con respecto al desmonte, deben considerarse también otros tres aspectos relevantes: la pérdida de suelo del propio desmonte, el desequilibrio hídrico que se produce al eliminar la cobertura arbórea y las emisiones de carbono.

En general, los suelos chaqueños son más ricos en la superficie. Durante años, el desmonte propiamente dicho, produjo la pérdida de hasta el 25 % de la capa superior del suelo, de entre 4 y 5 cm. Si la naturaleza tarda 400 años en formar un cm. de suelo, en el mismo proceso de desmonte se perdía la fertilidad acumulada en 1600 años. Por otra parte, el laboreo posterior podía reducir el potencial del suelo en un 50 % (Luna, 1985). Esto sin contar la exposición al sol, al viento y a las lluvias concentradas.

El desequilibrio hídrico posterior al desmonte deriva del hecho de que la vegetación, especialmente los árboles, mantienen las napas freáticas bajas y retienen las sales en profundidad. Al eliminarse el bosque, las napas aumentan arrastrando con ellas las sales, las que pueden llegar al nivel del suelo. Al respecto, Jobbágy et al. (2008) sostienen:

La evidencia de bosques secos (fisonómica y ambientalmente similares a los del Chaco y Espinal argentino), cuya vegetación natural ha sido reemplazada masivamente por cultivos de secano, muestra fuertes cambios hidrológicos asociados al avance de la agricultura.

Estos cambios se caracterizan por ascensos lentos pero continuos de los niveles freáticos y por la salinización de las aguas subterráneas. Tras su afloramiento en superficie, también se salinizan los suelos. Existen para el Gran Chaco informes aislados documentando fuertes ascensos de napas y en algunos casos salinización superficial, en algunos de los primeros sectores de bosques que se reemplazaron por sistemas agrícolas. Los cambios en el balance de agua pueden influenciar directamente la hidrología subterránea y la dinámica de sales en el paisaje, afectando el riesgo de inundación, la calidad del agua y la fertilidad de los suelos.

En el contexto del cambio climático, es muy importante considerar la relación entre deforestación y emisiones de carbono. La deforestación produce emisiones de carbono por la eliminación de la vegetación, la pérdida del mantillo y la pérdida de materia orgánica del suelo por mineralización luego de los laboreos. En 1997, se calculo que las emisiones de CO2 como producto de la deforestación y la subsiguiente quema de bosques en este período (50 Gg.) superaron al del consumo de combustibles de todos los medios de transporte del país (40 Gg.) (SAyDS, 2004, citado por Adámoli, 2005). El carbono secuestrado por siembra directa (suponiendo que se realice con las rotaciones adecuadas) no compensa el emitido durante el desmonte y quema (Fig. 5).

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Transformación agrícola y sustitución del ecosistema

La deforestación con fines agrícolas es la etapa avanzada de un proceso que comenzó sobre la llanura pampeana. La transformación agrícola de los pastizales es, en esencia, similar a la deforestación, ya que se elimina el ecosistema natural para someter sus suelos a la producción agrícola y ganadera. Los procesos de deterioro son similares, aunque en algunas áreas, la calidad de los suelos, el relieve y las condiciones climáticas otorgan una gran resiliencia al sistema. Esto no significa que los suelos no se deterioren, sino que lo hacen más lentamente o bien que los efectos de la degradación no se manifiestan bruscamente en la productividad de los cultivos, muchas veces enmascarados por las prácticas agrícolas. El trabajo citado de Michelena et al. (1989) es elocuente.

Si sobre los bosques existe una presión creciente para acceder a nuevas tierras agrícolas, sobre los pastizales esta presión es mucho mayor. Los pastizales constituyen uno de los biomas más amenazados, tanto por la expansión agrícola como por las plantaciones forestales. Se estima que el aumento de la superficie agrícola hasta el año 2050 conducirá a la pérdida de entre un 10 y un 20 % de los actuales pastizales y bosques.

Los pastizales de regiones templadas, como los de nuestra región pampeana, fueron fundamentales en la formación de sus suelos. La fertilidad que sostiene una buena parte de la producción agraria argentina está dada por suelos ricos formados por los pastizales. Este hecho, y la tendencia tradicional a no ver los pastizales como ecosistemas, hizo que los pastizales de la región pampeana fueran profundamente modificados, al punto que se cree que menos del 1% de su distribución original se encuentra conservado (Fig. 6).

En la actualidad es prácticamente imposible encontrar suelos bajo condiciones completamente originales en la pampa argentina, porque aún cuando no hayan sido cultivados, su composición florística cambió respecto del original (Constantini, et al., 2007).

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En la actualidad, los pastizales son investigados como proveedores de servicios ecosistémicos. Entre los servicios ecosistémicos mencionados por diversos autores, podemos destacar la productividad primaria, la formación de suelos, el reciclaje de nutrientes, el ciclo hidrológico, la biodiversidad, el secuestro de Carbono, la estabilidad ecosistémica, la resistencia biótica, la resistencia a la sequía, el control de la erosión, el balance de energía, la provisión de agua, la calidad de agua, la provisión de forraje y el valor estético (Fisher et al, 2009). En relación a la producción, la biodiversidad de los pastizales es fundamental en particular con la fijación de Carbono y la productividad primaria, con el reciclado de nutrientes, la estabilidad ecosistémica y con el control de la erosión (Altesor, 2010). Y cuando hablamos de biodiversidad, no sólo nos referimos a la flora, sino también a toda la fauna asociada.

Sin embargo, estos servicios, fundamentales desde el punto de vista de la producción, se interrumpen cuando los pastizales son transformados en tierras de cultivo. Las especies cultivadas comienzan a explotar la riqueza acumulada durante miles de años por el pastizal, iniciando procesos de degradación física, química y biológica de los suelos (Casas, 1998).

El aprovechamiento ganadero de los pastizales naturales ha logrado en ocasiones una productividad sostenida con buena conservación del ecosistema. Sin embargo, la intensificación agrícola llevó a que muchas tierras que eran trabajadas con criterios de rotación agroganadera, o que eran tierras de pastoreo, se trasformaran en cultivos. Hacia 1998 en la región pampeana unos 5 millones de hectáreas de uso ganadero se habían transformado en agrícolas (Casas, 1998). De esta manera, las zonas ganaderas remanente sufrieron un aumento de la carga y por lo tanto un proceso de sobrepastoreo que pone en riesgo la conservación de los pastizales naturales.

Por otra parte, las prácticas actuales de agricultura industrial, que implican el empleo de variedades de alta productividad, la tendencia al monocultivo, el aumento de las cosechas por año, suman también un uso extraordinariamente alto de herbicidas, tanto durante el cultivo como en el descanso. El barbecho químico para el control de “malezas”, que busca conservar la humedad del suelo, está sistemáticamente eliminando especies del pastizal que germinan espontáneamente a partir de semillas del suelo, con lo cual se impide el desarrollo de estas especies cortando su ciclo reproductivo.

Otra amenaza importante a los pastizales de la región de Campos y Malezales, está dada por las crecientes plantaciones forestales de pinos y eucaliptus. Los árboles se implantan directamente en el pastizal y a medida que crecen eliminan la cobertura herbácea. Los suelos se cubren de hojarasca y pinocha y ya no reciben sol. Luego del primer corte se implanta nuevamente, con lo cual los pastizales no se recuperan. Esto sucede especialmente en la provincia de Corrientes (Cuando los árboles matan, 2012).

Hoy podemos considerar al Pastizal pampeano como un ecosistema en vías de extinción. Muchas de sus especies desaparecieron de gran parte del área, siguiendo la tendencia del ecosistema. El Venado de las Pampas es el caso más notable. De una población de millones de individuos, sólo sobreviven cuatro pequeñas poblaciones, una de ellas en la provincia de Buenos Aires.

Más allá de la pérdida de cobertura, la situación de los pastizales nos lleva a reflexionar sobre el futuro evolutivo de muchas de sus especies. El riesgo de extinción es evidente en grandes mamíferos como el Venado de las Pampas. Pero existen miles de especies en un pastizal, que requieren el contexto natural del ecosistema para evolucionar. La degradación de los ecosistemas, pastizales u otros, y la intensidad y permanencia de sistemas productivos extensivos y de altos insumos puede presentar callejones sin salida para el proceso evolutivo.

Sobrepastoreo

El sobrepastoreo es uno de los principales factores de pérdida de cobertura, especialmente en pastizales. Normalmente esto ocurre cuando la cantidad de animales supera los que puede soportar el ambiente. Así, el pastoreo selectivo sobre especies más palatables produce una reducción de su número y a veces su desaparición. Usualmente este proceso va acompañado por la expansión de especies vegetales que el ganado no come, muchas veces plantas arbustivas. El suelo va quedando progresivamente desnudo, expuesto a procesos erosivos y al aumento de la evaporación.

En la región patagónica, el sobrepastoreo ovino fue decisivo en los procesos erosivos que culminaron con un 32 % de la superficie con problemas irreversibles de desertificación, y un 52 % con un estado medio a grave de desertificación (Del Valle et al., 1998; Oliva, G., 2006; Gaitán et al., 2009). La disminución de la cobertura vegetal deja expuesto al suelo a la acción del viento y el calor, coadyuvantes en la erosión eólica. Por su parte, las lluvias concentradas generan eventos de erosión hídrica en suelos con pendientes (PAN, 1998).

La pérdida de cobertura reduce la flexibilidad de los ecosistemas patagónicos de pastizal. El desarrollo de la actividad ganadera genera un disturbio intenso y persistente en el pastizal ya que fue y es el recurso sobre el cual se sustenta toda la actividad ganadera de la patagonia. En el suelo descubierto, la temperatura y el viento aumentan la pérdida de humedad por evaporación, algo crítico en un ambiente árido. A medida que la pérdida de cobertura se incrementa, se pierde la flexibilidad del ecosistema. En ecosistemas lábiles como el patagónico, si se elimina el disturbio la situación puede estabilizarse en el nivel en que se encuentra, aunque difícilmente recupere los niveles anteriores por la degradación acumulada. Sin embargo, cuando los disturbios continúan superando la flexibilidad del sistema, y esto es lo que ocurrió y ocurre en la patagonia, se llega a una situación de deterioro de la vegetación y el suelo que determina la destrucción total de este último. Es importante señalar que “el valor forrajero de la vegetación natural es un recurso natural no renovable, cuando los disturbios que lo deterioran superan la flexibilidad del pastizal” (Coppa, 2004).

El sobrepastoreo, especialmente el caprino, produce resultados similares sobre grandes extensiones de la provincia fitogeográfica del monte. Esta región, dominada por arbustales donde predominan las jarillas, están sujetas a procesos de erosión hídrica y eólica producto de una ganadería caprina extensiva sobre suelos de pobre desarrollo.

Por otro lado, la expansión de la frontera agrícola y la expulsión y concentración ganadera en campos naturales, está produciendo un sobrepastoreo vacuno en la provincia de Buenos Aires. En la Depresión de Laprida, por ejemplo, un estudio demostró que entre 2000 y 2008, el stock vacuno aumentó un 15 % y la superficie ganadera disminuyó por un aumento del 50 % del área con cultivos (Recavarren y Martinefsky, 2009). En ese período, la productividad anual de los recursos forrajeros disminuyó un 35 %, indicando una degradación progresiva de los mismos en concordancia con el aumento de la carga ganadera y una disminución de las precipitaciones. Paralelamente la temperatura media del suelo aumentó, disminuyendo la humedad de los suelos. Esta pérdida de cobertura indica una degradación creciente de los pastizales naturales y las pasturas.

El sobrepastoreo también produce una gran degradación en ecosistemas boscosos. En el chaco semiárido, la ganadería vacuna y caprina produjeron un cambio en la estructura del paisaje, transformando pastizales en arbustales, y la eliminación del estrato herbáceo en el interior del bosque produciendo tanto la pérdida de cobertura herbácea dejando el suelo desnudo, como la invasión de árboles y arbustos que lo vuelven más cerrado y espinoso (Torrela y Adámoli, 2005). Esta ganadería ineficiente, sumada a una explotación forestal extractiva y marginal para la producción de postes, leña y carbón, con una presión sobre la fauna nativa, produce un deterioro creciente del ecosistema en un esquema de baja rentabilidad que forma un contexto favorable para el desmonte con fines agrícolas, aún con riesgos muy altos de fracaso (Jobággy, 2010). Por otra parte, esta explotación tradicional del bosque chaqueño, de dudosa sustentabilidad, genera un círculo vicioso que mantiene a miles de familias de puesteros en condiciones de extrema vulnerabilidad social. En muchos casos, con o sin intervención de violencia, produce una expulsión de población rural hacia los cordones pobres de las ciudades más importantes.

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