A propósito del discurso del Sr. Luis Miguel Etchevehere

Carlos Merenson es Ingeniero Forestal e integrante de Encuentro Verde por Argentina*

En la inauguración de la Exposición de Ganadería, Agricultura e Industria que organiza la Sociedad Rural Argentina (SRA), su presidente, Luis Miguel Etchevehere dedicó dos párrafos a la cuestión ambiental que merecen algunas consideraciones. Parafrasear al Sr. Etchevehere, me pregunto si nuestros problemas ecosociales no son el resultado de haber caído en un neoliberalismo furibundo y renegador del auténtico progreso, responsable de formular planteos falsamente optimistas, en nombre de una imaginaria pureza productivista, que puede ser hija de la ideología, pero no del realismo y la sensatez, indispensables en lo que hace al cuidado de la Tierra.En primer lugar creo que es destacable el reconocimiento explícito a la existencia, consecuencias y acciones que se deben adoptar frente al cambio climático global; más cuando, con la llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos el negacionismo climático parece haber recobrado fuerza en el mundo. Por eso es muy importante escuchar al Sr. Etchevehere, en su calidad de presidente de la SRA, hablando sobre las brutales consecuencias del cambio climático y la necesidad de ser previsores y dar sustento al Acuerdo de París de 2015. 

Dicho lo anterior, quiero detenerme en algunas afirmaciones referidas a un ambientalismo furibundo y renegador del auténtico progreso, el que -según su criterio- es responsable de formular planteos agoreros y apocalípticos, en nombre de una imaginaria pureza ambiental, que puede ser hija de la ideología, pero no del realismo y la sensatez, indispensables en lo que hace al cuidado de la Tierra.

Aquí, mi primera observación se refiere a un error -por lo demás bastante común- que se comete al adjudicar al ambientalismo la calidad de ideología, en tanto no lo es. Obviamente, el Sr. Etchevehere -aun cuando no lo sepa- se está refiriendo al ecologismo, cuyas diferencias con el ambientalismo son lo suficientemente importantes como para convertir su confusión en un serio error intelectual.

Hecha la necesaria aclaración anterior, debo decir que los planteos que emergen desde el ecologismo no emergen desde una imaginaria pureza ambiental, tal como se lo pretende adjudicar el discurso que nos ocupa, sino desde su ideología que es la ecología política, configurada a partir del reconocimiento de la existencia de restricciones cuantitativas del ambiente mundial y de considerar que los excesos a dichas restricciones, definen consecuencias trágicas. Es a partir de ello que el ecologismo propone -con realismo y sensatez- una revisión fundamental de la conducta humana y, en consecuencia, de la estructura entera de la sociedad actual.

Cuando el Sr. Etchevehere menciona que el ambientalismo (léase ecologismo) reniega del auténtico progreso, se adjudica ser portador de la única interpretación de este muy complejo concepto. Pero lo cierto es que para el ecologismo -coherente con su ideología-, la noción de progreso se transforma en el reto por perfeccionar -lo más posible- la adaptación a aquellos límites que no se deberían traspasar, en lugar de la difundida idea -que parece compartir el Sr. Etchevehere- de asumirlo como la constante superación de límites. Ejemplo paradigmático es justamente el cambio climático antropogénico, resultado de desarrollar conductas que condujeron a superar aquellos límites que no deberían haberse traspasado.

A renglón seguido, el Presidente de la SRA le adjudica desmesura al ambientalismo furibundo – léase ecologismo-, lo cual constituye una verdadera desmesura. Si pudiéramos resumir en una sola palabra la conducta de nuestras sociedades, permanentemente guiadas por principios y valores que justamente no son los del ecologismo, esa sería la desmesura. Desmesura que se encuentra en el corazón de la actual crisis ecosocial y que es inherente a un sistema socio-económico que resulta incompatible con la vida. Un sistema que, irreal e insensatamente, crece exponencialmente en un mundo limitado, socavando los fundamentos ecosistémicos en los que se sustenta la especie humana. Esa sí es una actitud desmesurada.

Finalmente, el Sr. Etchevehere asegura que solo hay progreso donde no se repiten los errores del pasado y afirma que solo se alcanza el progreso donde se está decidido a correr los riesgos de la innovación y de la búsqueda de alternativas hasta el momento insospechadas.

Coincido en la necesidad de no repetir errores del pasado, pero seguramente nos estamos refiriendo a diferentes errores. En mi caso -concretamente- me refiero a la necesidad de dejar de lado la actitud omnipotente e irresponsable que condujo al colapso a muchas de las sociedades que nos precedieron. Sociedades que pese a su desarrollo y complejidad, no pudieron encontrar una forma de vida que no agotara fatalmente los recursos disponibles y que no dañara irreversiblemente los sistemas de sustento vital, camino que estamos siguiendo en la actualidad. Y opinar de esta manera no es adoptar una actitud agorera y apocalíptica, en todo caso es solamente la lógica consecuencia de reconocer la realidad.

En cuanto al llamado a correr los riesgos de la innovación en nombre del progreso, el presidente de la SRA hace suyo un ideologema ampliamente difundido en las sociedades contemporáneas: la innovación tecnológica es el conjuro mágico, el mantra que nos salvará de todos los males.

Etchevehere califica los planteos del ecologismo como irreales e insensatos, pero si hay algo irreal e insensato es proponer como solución a los problemas ambientales, la misma receta que los originó. En el pasado reciente se oraba ante los altares de la ciencia para que nos proveyeran de un paquete tecnológico agroindustrial, el cual adoptó -por ejemplo- la forma de monoculturas transgénicas para exportación, cuyos graves resultados ecosociales hoy son plenamente conocidos, pese a lo cual se sigue llamando a correr los riesgos de la innovación. O no será que el progreso tecnológico que reclama el Presidente de la SRA se relaciona con el ansia o deseo de acumular los beneficios económicos de la innovación en muy pocas manos, mientras los riesgos ecosociales siguen recayendo sobre la mayor parte de la sociedad.

Antes de ser lapidado en los altares de la ciencia, debo aclarar aquí que no me opongo al avance científico ni a la innovación, me opongo a la tecnolatría, a la cual se recurre cada vez que llegamos al borde del abismo para seguir con el negocio como de costumbre, porque si hay problemas, no importa, el avance de la ciencia lo resolverá todo. Y ya que hablamos de tecnolatría, resulta oportuno recordar la declaración conjunta firmada -por primera vez en la historia- por dos de las mayores comunidades científicas del mundo: la Sociedad Real de Gran Bretaña y la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos, emitida en 1992 según la cual, si los patrones de la actividad humana en el planeta no cambian, la ciencia y la tecnología no podrán prevenir la degradación irreversible del medio ambiente y la pobreza continuada de la mayor parte del mundo.

Para concluir, y tomándome el atrevimiento de parafrasear al Sr. Etchevehere, me pregunto si nuestros problemas ecosociales no son el resultado de haber caído en un neoliberalismo furibundo y renegador del auténtico progreso, responsable de formular planteos falsamente optimistas, en nombre de una imaginaria pureza productivista, que puede ser hija de la ideología, pero no del realismo y la sensatez, indispensables en lo que hace al cuidado de la Tierra.

*Carlos Merenson es ingeniero Forestal e integrante de Encuentro Verde por Argentina. Se ha desempeñado como técnico en el Departamento de Investigaciones Forestales del ex Instituto Forestal Nacional. Es director General de Recursos Forestales en la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación. Se desempeñó en la Secretaría de Ambiente de la Nación desde su creación en 1992, habiendo ocupado los cargos de director de Recursos Forestales Nativos; director Nacional de Desarrollo Sustentable; director Nacional de Recursos Naturales y Conservación de la Biodiversidad y Secretario de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación. Desarrolló labores docentes en la Facultad de Ingeniería y Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, en la Escuela Superior de Bosques de la Universidad Nacional de La Plata y en la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Argentina de la Empresa. Actualmente es docente Libre de la materia Introducción a la Ecología Política en la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

(Fuente: El Entre Ríos)

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