¿Cómo entender la propuesta de Educación Ambiental del gobierno PRO? ¿Cómo diferenciarla de propuestas alternativas? ¿Sobre qué bases hemos de construir posiciones y propuestas “otras”?

Pablo Sessano

A fines de diciembre de 2017 participe del llamado Segundo Encuentro Nacional de Educación Ambiental realizado por el Ministerio de Ambiente de la Nación. Las siguientes líneas son la reflexión que tal evento ha motivado.

Lo primero es aceptar que a toda propuesta de Educación Ambiental (EA) subyace alguna perspectiva filosófica ideológica y política. Aun cuando no sea deliberadamente o aun cuando la propuesta sea pretendida neutra.

Lo segundo es aceptar que el liberalismo como tal e incluso el neoliberalismo en su fundamentalismo, puede tener una propuesta de EA. Y en consecuencia, que tal propuesta este en línea con sus intereses, sus mayores preocupaciones y su visión del mundo, la naturaleza y la sociedad. Y lógicamente su proyecto educativo, porque la EA, aunque desborde la educación formal, se ubica en el marco mayor de la concepción educativa que se propone para un país, una ciudad o para el mundo.

De lo anterior deriva el modo en que la EA se inscribe en el programa neoliberal y muy especialmente en la etapa discursiva de ese programa, porque como veremos, la centralidad de la EA desde esa perspectiva y en el contexto de imposición forzada y alienante del proyecto neoliberal (única forma que este tiene de instalarse socialmente) la EA no trasciende los límites de una construcción discursiva, que sobre la base de isomorfizar conceptos, categorías, discursos y posiciones intenta instalar un confuso popurrí de ideas lindas, positivas y optimistas que serían el corazón del cambio que la EA propugna, convirtiéndose, como ellos mismos dicen, en “el motor del cambio cultural”. Un cambio que intenta valer por sí mismo, solo como cambio, pero nunca aclara del todo hacia dónde, aunque presumiblemente sería, hacia la utopía de una sociedad naturalmente equilibrada y con su ambiente por la mano invisible del mercado y gracias a la suma simple de voluntades individuales, aunque en interacción (lo que de ningún modo equivale a colectivas). Hay en la construcción discursiva que el gobierno actual neoliberal de Argentina viene haciendo desde hace ya 7 años, pues nació en la gestión educativa del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires con el Programa Escuelas Verdes, numerosos indicios que confirman esta hoja de ruta, que tiene como marco general y supranacional los Objetivos de Desarrollo Sostenible cuya versión educativa es la Educación para el Desarrollo Sostenible (EDS). Una ficción, como sabemos, toda vez que el desarrollo tal cual existe y debe ser para el neoliberalismo, no puede ser sustentable. Tal como afirma Jickling: es necesario hacer frente a términos huecos, mal [o confusa y tergiversadamente] definidos e incapaces de poner sanciones a gobiernos y empresas, como es el caso del desarrollo sostenible. En este sentido una buena educación debe permitir salir y extendernos más allá de las murallas y trincheras de tal desarrollo sostenible, de sus fines y de sus procesos (citado por Javier Reyes Ruiz en su reseña del libro coordinado por Edgar González Gaudiano “Educación medio ambiente y sustentabilidad, disponible en http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=457845133005).

Pero, vamos por partes.

Este programa de EDS del gobierno actual en Argentina tiene dos fases complementarias pero bien diferenciadas y una dimensión estratégica que las contiene. La fase que corresponde a la gestión desde el Ministerio de Ambiente (MA) (acciones y mensajes) y la fase que corresponde a la gestión del Ministerio de Educación (ME) referida y limitada a “ubicar” la EA como contenido transversal, ahora llamado “emergente” en un edificio curricular (y educativo) esencialmente inmodificado más allá de la forma. Y, quizás lo más relevante, un desarrollo institucional de la EA que le abra definitivamente un lugar entre las políticas públicas, esa es la dimensión estratégica. Pero bajo la denominación y la lógica de la EDS y según la concepción educativa que tiene el gobierno neoliberal, que es privatista, mercantilizante, extranjerizante y religiosa.

¿Porque digo que la EDS que propone el neoliberalismo no puede rebasar la dimensión discursiva?

Si coincidimos en que la EA ha de constituirse en uno de los soportes para refundar y no solo refuncionalizar la relación de la humanidad (quizás mejor, la especie) con la naturaleza, lo cual supone, como sabemos, necesariamente rever críticamente los fundamentos mismos sociales y filosóficos que sustentan las prácticas y las tecnologías y la manera de pensar la relación misma y no únicamente la eficientización y eventual limitación y reemplazo del uso de los recursos naturales (RN); si el cambio de valores, tan remanido, que esto supone implica rever y reemplazar precisamente los valores que la Modernidad ha difundido y que son los mismos que el neoliberalismo aún defiende y recicla permanentemente; ningún aprendizaje sobre las buenas o mejores maneras de relacionarse con la naturaleza o de construir ambiente sano y sustentable podrá realizarse en el más amplio sentido, es decir concretarse como aprendizaje social, de no ser sobre la base de la crítica no solo de las peores o erróneas maneras de relacionarnos con el mundo natural que practicamos hasta ahora, de vernos fuera y por encima de él, si no es mediante la crítica del modelo social que da origen y sostén a las mismas. Ello implica someter a la crítica el modelo de consumo, de producción, de utilización de los recursos naturales, de concepción y resolución de la alimentación, de concepción y atención de la salud, de concepción y resolución de la educación, de concepción y aceptación del otro cultural, entre otros mínimos. No es precisamente lo que el neoliberalismo propone, o en parte sí, pero reviviendo concepciones, prejuicios y determinismos fuertemente retrógrados reciclados bajo formas discursivas, máscaras ideológicas y basamentos tecnológicos modernizados. La justicia social, el antropocentrismo, los derechos de género, los derechos de minorías varias especialmente indígenas, la riqueza, entre otros tópicos críticos en la necesaria revisión que habilita la EA apenas encuentran un lugar marginal en la EDS, más allá de su aparición nominal en las formulaciones. Todo se resume en ella a administrar, planificar y mejorar las condiciones de equidad, ser solidarios frente a algunas injusticias y gestionar políticas de atención a los problemas que se van generando como la contaminación y la pobreza. Como sabemos esto está lejos de la justicia, toda vez que la línea de base arranca desigual. No es solo administrando mejor los recursos que tenemos, llamados por ellos “capital natural y humano”, como iremos hacia un mundo mejor, sino transformando los cimientos de ese edificio inherentemente injusto que es el capitalismo mismo, su estructura jurídica y educativa y la concepción sobre la naturaleza que le es intrínseca. Nada de eso propone la EDS.

La hipocresía no es patrimonio del actual gobierno de Cambiemos, pero sí una de sus mayores recurrencias, que ha llevado a su más alta expresión. Pocos gobiernos han sido tan rigurosamente consecuentes en contradecir en los hechos lo que propugnan en palabras. Lo que comúnmente se llama mentir, pero en este caso sistemáticamente y programáticamente. Sobran los ejemplos en todas las áreas del gobierno. Esa condición no puede ser ignorada a la hora de evaluar y juzgar su programa de EA.

Así desde una gestión de gobierno que condena explícitamente el pensamiento crítico como lo ha hecho el jefe de gabinete: “el pensamiento crítico ya fue”, [ahora] “ser entusiasta y optimista es ser inteligente” (https://www.diarioregistrado.com/politica/para-marcos-pena–pensar-ya-fue—-el-pensamiento-critico-le-puede-hacer-dano-a-la-argentina–_a584a377e159f19277a97d3d7), incluso en la educación; poco puede esperarse en cuanto a revisionar el modelo social que ha sido origen y causa de la crisis ambiental. Crisis que lejos de ser vista como expresión de una crisis civilizatoria, es naturalizada como propia del proceso de desarrollo capitalista, aunque descontrolada. Lo que, por comparar, llevado al plano de los derechos humanos, recuerda aquel argumento justificatorio que pretendía que el terrorismo de estado había sido legítimo aunque excesivo.

Tal vez parezca exagerado pero no lo es, toda vez que la política ambiental nacional de este gobierno es un ejemplo de hipocresía que (al igual que en otras áreas y en coherencia con su tecno-idolatría), apuesta a la “innovación”, definida fundamentalmente como introducción de tecnología, la que ofrece rentabilidades rápidas y favorece el maquillaje verde mediante la construcción discursiva y publicitaria, además de ser aportada por empresas privadas ya que el estado se concibe mínimo y “se encuentra desfinanciado”. Como complemento, en la misma línea se beneficia a los intereses de corporaciones que como en el caso de las mineras, la agroindustria, la petrolera, la energía, incluida la nuclear, tienen cancha libre y apoyo gubernamental para apropiarse de semillas, fumigar venenos sin limitaciones, operar sobre glaciares, explotar el subsuelo, contaminar cursos de agua, talar bosque nativo, estimular el crecimiento urbano, etc., todo  adjetivado como “sustentable” o “a escala humana” como han machacado en el nuevo código urbanístico de la capital federal, que marcha a paso raudo hacia la megalopolización irreversible e insustentable. Incluso mediante la transformación de leyes, retrotrayendo derechos adquiridos tanto por los ciudadanos como por la naturaleza, cuando ello es necesario para sus intereses, lo cual va contra todo criterio de constitucionalidad democrática. Solo con revisar en la pobre página del Ministerio de Ambiente de la Nación los temas a los que se les asigna interés y comparar con los hechos recién mencionados es suficiente para verificar la hipocresía.

Las declaraciones del ministro de esa cartera en el reciente Encuentro Nacional de EA, confirman la visión del gobierno cuando afirma que cuidar el ambiente implica desarrollo y crecimiento y ampliar el desarrollo sustentable genera mercado y depende de inversión y tecnología. “La innovación tecnológica es la única ecuación que resuelve desarrollar sin degradar”. Y contrasta a su vez, por hipócrita, con la dramática situación ambiental Argentina, la más grave de la historia. Por ejemplo cuando habla de gestión interministerial pero los ministerios de Agroindustria y Minería hacen todo lo contario de lo que se supone recomendaría un Ministerio de Ambiente, lejos de todo cuidado. Así mismo el ministro ha considerado positivo que, al igual que el Ministerio de Educación que no tiene escuelas a su cargo, el Ministerio de Ambiente no gestiona el ambiente en forma directa, sino a través de las provincias y en el marco de una gestión ambiental federal apela al compromiso de las provincias para ello, siendo que estas tienen serias dificultades para afrontar gastos corrientes en el marco de una política que no deja de ser extorsiva y en el marco de la cual el gasto en ambiente deviene lo menos prioritario. Esta es una forma que ha encontrado el gobierno de desresponsabilizarse de la gestión, en lugar de tratar de saldar el imperfecto jurídico que subsiste entre las provincias y la nación en lo referido a la responsabilidad ambiental. Cabe mencionar que el gobierno de Cambiemos no ha aumentado de manera significativa la proporción de asignación presupuestaria relativa para la gestión ambiental y el Ministerio de Ambiente respecto de los ejercicios de los últimos 20 años, que nunca alcanzó para cubrir mucho más que los gastos administrativos y operativos de la planta funcional del organismo. La relación entre las inversiones y gastos para cuidar el ambiente vs. las destinadas a actividades que lo deterioran es ampliamente desfavorable, por cada $1 invertido en cuidar el ambiente hay $16 que se destinan a cuestiones que podrían dañarlo. El siguiente estudio de FARN es revelador de estas relaciones (http://farn.org.ar/archives/Eventos/el-presupuesto-climatico-rumbo-al-2017)

Lo que vuelve a contrastar con la incriminación que el ministro hace al Estado por su debilidad y como causante principal “por falta de seriedad pública” de que “la Argentina sea subdesarrollada con tantos recursos naturales”. “En el Estado no hemos hecho las cosas que sí hicimos en lo privado, con excelentes referentes” (sic); “…un país rico en recursos con un tercio de pobres, nuestra debilidad estuvo siempre en el bien público y en el estado”, dijo, lo cual muestra un sesgo ideológico inocultable.”(Son palabras del Ministro Bergman en el segundo Encuentro nacional de educación ambiental).

Es comprensible pues que en los encuentros regionales de EA realizados en las provincias, la tendencia haya sido tratar como prioritarios problemas ambientales alejados del conflicto social y provincial tales como residuos, biodiversidad, cambio climático, agua, energía, temas globales que no remiten a conflictos sociales de importancia en el escenario nacional actual (aunque por lo mismo, plantean un serio problema de percepción y comunicación de y hacia la población), lo mismo el hecho de que tales temas fuesen tratados solo desde la perspectiva de recurso y no en tanto conflictos humanos por la justicia, los derechos y la distribución; mientras, quedaron afuera de esa agenda minería, petroindustria, agroindustria, contaminación, urbanización temas de alto voltaje conflictual y habría otros como la alimentación, el derecho a la tierra o la cuestión de género que también son conflictos ambientales por ocurrir allí donde sociedad y naturaleza confluyen y donde la especie dirime su ética contra sí misma.

Se comprende que la estrategia de EA que se propone desde el gobierno se alinee bajo la propuesta hegemonizante de la educación para el desarrollo sostenible (EDS) y bajo los Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS), en especial el objetivo 4 Educación de Calidad y sub 4.7 Promover el Desarrollo Sostenible. En los ODS, que hace las veces de agenda lava-conciencias de los países ricos, no se habla de EA, esta se presume transversal a los 17 objetivos pero no se menciona, solo se menciona la educación para el desarrollo que aspira a ser sostenible. Todo ello más que definiciones son convenientes indefiniciones que facilitan la adaptación de propuestas funcionales al desarrollo concebido como crecimiento económico, con críticas a las consecuencias del modelo social pero no a sus causas profundas y consiguientemente con soluciones que atienden los problemas generados y no las condiciones que los generan, y siempre atentos a no obstruir e incluso a promover los negocios en toda ocasión que resulte propicia.

En lo que al sujeto respecta, especialmente los educadores, en palabras del ministro: “la EA es el catalizador del cambio cultural […] el cambio empieza por uno” “El compromiso educativo es individual”. Al respecto es de suponer que predicar con el ejemplo seria esperable, sin embargo habría más de un ejemplo sobre las contradicciones de funcionarios del gobierno a la hora de cumplir con las leyes de protección ambiental. El propio ministro podría dar cuenta de ello.

También se señaló que la EA queda relacionada con el nuevo Plan Nacional y Estrategia de Derechos Humanos del gobierno en su punto 4.8 Acceso Universal a Derechos y a un ambiente sano y saludable, sin embargo aunque se mencionan acciones referidas al ambiente, en ningún subíndice de ese documento se menciona la EA,.

Al referirse a la interjurisdiccionalidad, el ministro habló de la salud como tema prioritario y de la necesidad de articular con el ministerio competente para elaborar y contar con “una línea de base y trazabilidad para una política de desarrollo que no impacte en la salud de la gente”, como si fuese una novedad. Omite o ignora que tal iniciativa existe postergada desde hace dos décadas, cuando ya el país estaba atrasado en ese aspecto. Cabe preguntarse qué valor tiene para el ministro y el gobierno la profusa y concluyente información generada por colectivos como Médicos Fumigados e investigadores varios de primera línea en el país, sobre los efectos de la fumigación y el glifosato, temas en los cuales el Ministerio de Ambiente se abstiene de opinar y participar. Y por qué ese tema (una tragedia nacional), no es prioritario en la agenda de EA?

En lo que al Ministerio de Educación respecta, es una buena noticia su mayor predisposición a acompañar la institucionalización de la EA, aunque su compromiso no parece superar etapas anteriores y se limita a buscar dentro del diseño curricular la mejor manera de hacer concreta la transversalidad de determinados contenidos que según ellos existen en el curriculum desde hace muchos años. Y tratando a la EA solo como un tema transversal más, ahora en el marco de las transformaciones de la escuela secundaria, llamados “contenidos emergentes”. Sin prioridad, lo cual se evidencia en el modo de ubicar la EA y el lugar desde donde se la piensa, que es en el ME la Dirección de Desarrollo Curricular. ¿Será un desarrollo al servicio de otro desarrollo? Apenas cambios de forma, en modo alguno de lógica. Para quienes piensan la EA en el Ministerio de Educación, ¿acaso más de una?, esta no ha dejado de ser solamente un transversal entre otros y su tarea, únicamente resolver su abordaje integrado, lo cual ahora plantean proponiendo su tratamiento fragmentado por temas específicos y tratado por dos materias (y docentes) simultáneamente, por un breve periodo de tiempo, un bimestre. Dudo que esta propuesta represente una mejora en ningún sentido para la EA en la escuela. El desdén hacia la EA, su conceptualización como un grupo de temas y la marginalidad en la que se la mantiene solo muestra la mirada positivista, fragmentaria y colonizada que tienen del conocimiento de quienes piensan el curriculum.

Finalmente cabe preguntarse quienes son los organismos e instituciones con las cuales el MA elige y prioriza la construcción de diálogos y alianzas para la EA, con los cuales “co-crean” como ellos mismos dicen y los “conectan los mismos propósitos”.

Entre ellos están la Universidad de San Andrés y la Red Argentina de Educación Ambiental, una red integrada por ocho ONG, cuyos “patrocinadores”, “auspiciantes” o “partners” es decir los que los financian en última instancia, son grandes y conocidas empresas y grupos corporativos, afines con criterios neoliberales en lo educativo y económico, cuando no empresas de comprobadas practicas contradictorias o degradantes del ambiente y ONG conservacionistas asociadas. Se puede corroborar accediendo a http://raea.org.ar/index.php/miembros. Podríamos preguntarnos porque en estas “alianzas” están ausentes otros actores sociales, quizás más importante que los mencionados como son los docentes representados, los indígenas y tantos colectivos sociales que hacen de la EA una práctica constante, aunque probablemente con criterios diferentes.

Podría seguir ejemplificando las contradicciones que subyacen en el gobierno de Cambiemos a la propuesta de política nacional de EA. Pero la idea no es impugnar esta construcción que es legítima y que no deja de ser importante en términos de desarrollo institucional, en comparación con la inacción negligente de los gobiernos anteriores, sino mostrar su claro sesgo ideológico para comprender sus posibles alcances y sus limitaciones y facilitar la toma posición de quienes somos parte de la EA. En este sentido la intervención del asesor del ministro de ambiente y representante del Papa Francisco en el Encuentro Nacional de EA fue por demás elocuente, por lejos la vos más radicalizada a la hora de proponer qué hacer y hacia donde ir. Al evocar el significado de la Encíclica Laudato Sí, muestra las limitaciones y lejanía de la propuesta de EA oficial respecto de la mirada profundamente crítica de la Encíclica, que refiere a ideas tales como que, encarar la revolución cultural implica criticar el progreso, el desarrollo y el modelo social, que la crisis es socioambiental y de civilización, que hay que sacar la cuestión ambiental del infantilismo, ocuparse de las generaciones actuales más que de las futuras, que la tecnología es del orden de los medios y no de los fines, que el desafío es ético, que la educación debe ser critica de los mitos de la modernidad, que el crecimiento no mejora la vida; todas aseveraciones que contrastan con la visión que promueve el gobierno neoliberal de Cambiemos y sus aliados.

La naturaleza distorsionada, o no, de la política o lo político hacen que estas visiones al menos en lo discursivo puedan convivir como parte de un mismo proyecto, pero hemos de tener cuidado, porque es precisamente esa aparente identificación de propósitos que resulta de isomorfizar discursos, mezclarlos o hacerlos compatibles o convivientes lo que hace que la propuesta hegemonizante y en buena medida contradictoria en sí misma, aparezca como el camino más adecuado y representativo de todos.

El debate y la disputa por los términos y los conceptos es una parte muy importante en la lucha por hacer avanzar unos significados y unos sentidos sobre otros. Aquí cabe recordar lo que sobre la Educación para el Desarrollo Sostenible han dicho algunos de los más conspicuos referentes de la Educación Ambiental, por ejemplo “Sauvé, Berryman y Brunelle, de Canadá, afirman que el modelo explicativo predominante sobre la crisis ambiental, en el que cabe la educación para el desarrollo sostenible impulsada por los organismos internacionales, consiste en repetir como un eco infinito: 1. Ha habido buenos esfuerzos 2. Sin embargo, los resultados no son suficientes y la situación continúa deteriorándose 3. Por lo tanto, hay urgencia ¿Urgencia de qué? De seguir haciendo lo mismo: es decir, un carrusel de acciones, búsqueda de resultados, formulación de indicadores, alusiones a las competencias y a los cambios de comportamiento”. Y más recientemente agrego, a la introducción de tecnología, la innovación per-se y el compromiso personalizado más que colectivo. “Pablo Meira, señala que la educación puede y debe ser un vector de innovación social, pero esto sólo puede tener éxito si se produce un cambio de modelo de sociedad y su sistema educativo, transformación orientada a la búsqueda de un desarrollo verdaderamente humano. Y este indispensable cambio de modelo es lo que niega, por omisión, la educación para el desarrollo sostenible”. “José Antonio Caride, apunta cómo los organismos que impulsaron y consolidaron la EA y la presentaron como una de las herramientas más importantes para enfrentar los desafíos del futuro, hoy forman un coro para decir que fue un campo de pruebas fallido, y que por lo tanto es necesario su abandono para darle cabida a la educación para el desarrollo sostenible, cuya ambigüedad política no puede disfrazar la moral de oportunidad que la caracteriza. Esto implica, denuncia el autor, el desconocimiento o desprecio por la identidad histórica, crítica y reflexiva que hay detrás del término educación ambiental”. El ya citado, canadiense Bob Jickling, “nos invita a abanderar incertidumbres legítimas, a rechazar los esfuerzos deterministas que ven en la educación la herramienta para divulgar lo que un pequeño segmento de la sociedad ha decidido que es lo mejor para el resto. Son las voces críticas e inconformes las que han sido cruciales en la historia para ensanchar la participación social. Tales posiciones críticas son las que han evitado una mayor erosión de las instituciones democrática y han sido baluartes en la resistencia a las imposiciones ideológicas”. Recordemos que desde el gobierno argentino actual, se propone trocar pensamiento crítico por entusiasmo y optimismo. Por su parte “José Gutiérrez y María Teresa Poza, de España, plantean la necesidad de defender una educación despreocupada por lo políticamente correcto y que, en consecuencia, tenga la gallardía de incomodar al pensamiento único sobre los modelos de la economía, el uso de los recursos, las razones de las guerras, los motivos de la injusticia y las sinrazones de la inequidad. Frente a la conservación ambiental ortopédica, resulta indispensable fortalecer discursos educativos que, desde el compromiso activo, vean más el mueble que el barniz”. “En un sugerente acercamiento, Ian Robottom, investigador australiano, usando la categoría analítica “sistema de slogan” de Popkewitz, señala cómo la educación para el desarrollo sostenible, a diferencia de la educación ambiental, resulta más coherente con los intereses dominantes del desarrollo económico. Y en este sentido, se corre el alto riesgo de que este reetiquetamiento de la educación sobre el medio ambiente no induzca algún cambio real o duradero, pero que gane terreno al desplegar una gran actividad discursiva que, en el mejor de los casos, impulsará más acciones, pero con la misma lógica predominante, coincidiendo con lo planteado por Lucie Sauvé”. (Todas estas citas fueron tomadas de la Reseña del Libro de E. Gaudiano hecha por J. Reyes, antes citada).

Cabe señalar que estas adversas visiones hacia la propuesta de EDS o de EA de los gobiernos e intereses neoliberales son de expertos de países ricos o desarrollados. Otro tanto en el mismo tono han dicho y agregado en perspectiva regional colegas latinoamericanos como el propio Gaudiano, Leff, Galano, Reigota, Carvalho, Folladori, Reyes Ruiz, Rivas, Elizalde, entre much@s otr@s.

Para concluir. No solo no es una EA como esta, mutada en EDS, la que necesita el país y los docentes argentinos, ni es esta propuesta gubernamental, alineada con la economía verde una que pueda, o se proponga siquiera, dar respuestas a la subordinación ecológica y ambiental de la Argentina frente al mundo  rico “desarrolldado” y el poder del capital, a la colonialidad socioambiental, diríamos. Ni, lógicamente dar respuesta satisfactoria a la reformulación de la relación sociedad-cultura-naturaleza; dudo incluso, en una perspectiva crítica radical y desde la ecología política, de que esta educación para el desarrollo sostenible, pueda ser considerada educación ambiental. Lo que me conduce, insisto, a una vieja cuestión acerca de las denominaciones que creo cobra renovada actualidad cuando el discurso, el sentido mismo de los nombres y conceptos se ha convertido en un campo de la batalla, toda vez que es lo último que le queda al poder de la injusticia para manipular las conciencias. En América Latina la EA ha sido diferente de la EDS y en particular en Argentina esta segunda casi no ha existido. Está naciendo ahora, como parte de las políticas ambientales y educativas de uno de los gobiernos más reaccionarios de la historia del país. Creo que debemos impedir que se identifiquen y fusionen estos conceptos ya que en el marco de la actual crisis y de acuerdo con sus respectivas genealogías, representan cada vez más, opciones opuestas.

No obstante esta ineludible necesaria radicalización de las posturas, como tantas otras veces ha sido regla en la gestión de la EA, los esfuerzos que se realizan también son, y a veces solo son, esfuerzos de segmentos de la administración o grupos que dentro de un contexto circunstancialmente favorable, aun cuando no sean políticas de estado, avanzan a contracorriente con objetivos loables. Por ello, no es mi intención desvalorizar los esfuerzos y el trabajo que se hace en el marco de esta perspectiva oficial (sé que allí hay quienes hacen su mejor esfuerzo); y si alguna coincidencia por básica que sea hay, es que toda propuesta que se proponga cuidar proteger y evitar degradar el ambiente que hacemos y habitamos es bienvenida y alguna lección dejará, aun cuando pudiese no ser la propuesta educativa mejor conducente.  Sí en cambio, es mi intención y mi compromiso desde la perspectiva que adopto, dudar del alcance y el poder transformadores de las propuestas que surgen de estas líneas de pensamiento antes descriptas, en las que se inscribe el gobierno actual y sus maneras de actuar, y advertir sobre la posibilidad concreta de que propuestas centralmente instrumentales, desideologizadas y elusivas del compromiso ético que conlleva dar cuenta de la injusticia ambiental, fuertemente centradas en la transformación individual y negadoras de las responsabilidades sectoriales y los intereses que las motivan y que se vinculan en forma directa con las injusticias sociales, escasamente críticas de los conflictos de fondo que son éticos, ideológicos y políticos, terminen funcionando como un tapón que inhiba y obstruya las transformaciones necesarias y la actitud necesaria para realizarlas a nivel subjetivo-individual y colectivo-social y por lo tanto herramienta del establishment en el poder y al servicio de que nada cambie realmente. La responsabilidad social, profesional y ambiental que pesa sobre los educadores es demasiado importante como para no ver en estas iniciativas un grave peligro de reducir la educación ambiental al menú y las preocupaciones de la agenda del capital y correr a tan importante actor social como somos los educadores del camino de las transformaciones profundas.

Haciendo un último ejercicio para ser definitivamente explícitos, si caracterizamos la propuesta gubernamental de EA del actual gobierno argentino siguiendo la clasificación hace tiempo propuesta por Lucié Sauvé, la misma quedaría ubicada como una corriente resolutiva/recursista/conservacionista y de la sustentabilidad/sostenibilidad, descrita elocuentemente por ella misma como:

“La ideología del desarrollo sostenible, que conoció su expansión a mediados de los años 1980, [que] ha penetrado poco a poco el movimiento de la educación ambiental y se impuso como una perspectiva dominante. Para responder a las recomendaciones del Capítulo 36 de la Agenda 21, resultante de la Cumbre de la Tierra en 1992, la UNESCO remplazó su Programa Internacional de Educación Ambiental por un Programa de Educación para un futuro viable (UNESCO 1997), cuyo objetivo es el de contribuir a la promoción del desarrollo sostenible. Este último supone que el desarrollo económico, considerado como la base del desarrollo humano, es indisociable de la conservación de los recursos naturales y de un compartir equitativo de los recursos. Se trata de aprender a utilizar racionalmente los recursos de hoy para que haya suficientemente para todos y que quede para asegurar las necesidades del mañana. La educación ambiental deviene una herramienta entre otras al servicio del desarrollo sostenible”. “Desde 1992, los promotores de la proposición del desarrollo sostenible predicaban una « reforma » de toda la educación para estos fines. La función de una educación que responde a las necesidades del desarrollo sostenible consiste esencialmente en desarrollar los recursos humanos, en apoyar el progreso técnico y en promover las condiciones culturales que favorecen los cambios sociales y económicos. Ello es la clave de la utilización creadora y efectiva del potencial humano y de todas las formas de capital para asegurar un crecimiento rápido y más justo reduciendo las incidencias en el medio ambiente (…) Los hechos prueban que la educación general está positivamente ligada a la productividad y al progreso técnico porque ella permite a las empresas obtener y evaluar las informaciones sobre las nuevas tecnologías y sobre oportunidades económicas variadas. (…) La educación aparece cada vez más no solamente como un servicio social sino como un objeto de política económica. (L. Albala-Bertrand y colaboradores, 1992)” (Sauvé. L 2004. “Una Cartografía de corrientes en EA) https://edisciplinas.usp.br/pluginfile.php/3045889/mod_resource/content/1/SAUVE_CORRENTES_espanhol.pdf

Pero si además, como creo que debemos hacer, consideramos los argumentos que vienen esgrimiéndose desde el ecologismo político, a saber: que la biocapacidad de la tierra ha sido rebasada por mucho y hace tiempo, es decir que el modelo o modo de vivir que tenemos además de distributivamente injusto en todas sus formas es ecológicamente insostenible, es decir la tierra aún mal-tratada como un almacén de recursos, no es suficiente para alimentar y sostener la vida de 7 mil millones de personas en forma digna, es decir, si asumimos que la economía, la política y el tipo de persona que ha fabricado este modelo social o modelo de desarrollo, operan en contra de la vida, hemos de asumir que la verdad material del capitalismo es puro fascismo como bien dice Yayo Herrera, porque seguir afirmando que el desarrollo bajo su forma capitalista o mejor, productivista /consumista es posible, solo conduce al fascismo, pues conlleva necesariamente desigualdades sociales y ambientales que como no pueden ser materialmente solucionadas habrán de ser motivos para soluciones finales. ¿Exagerado? En absoluto. El escenario que espera a las siguientes generaciones, y que ya se expresa visiblemente, es de guerra, de guerra contra la vida.

Si coincidimos pues, en que la EA incluye hacer frente a las injusticias entre los humanos, la desigualdad de género, la riqueza extrema y el avasallamiento de la naturaleza y la lógica y la ética que los han sostenido; tal transformación supone, impone diría -ineludiblemente- la adopción de un posicionamiento critico radical, uno con base en una ética de la igualdad, la austeridad, la simpleza y el cuidado, del bien común y de los bienes comunes (del “yo soy si tú eres” -en la interpretación de Hinkelamert, que es como él mismo cree, la que hicieron y hacen los pueblos originarios), como criterio racional. Una ética que se refleja en el Manifiesto por la Vida, en la Encíclica Laudato Si, en el Manifiesto de los Pueblos Indígenas de América Latina, en el Manifiesto de la Vía Campesina entre otros.

La transformación de y por la EA es mucho más profunda que la que el neoliberalismo, por su propia naturaleza, puede proponer. No cabe, no obstante, obstruir las iniciativas que intentan construir institucionalidad para la EA, aun cuando sea bajo la denominación y la lógica de la EDS, porque si de algo padecemos es de precariedad institucional. Pero por método, por ideología, porque no nos representa y porque no hay realmente indicios confiables en este gobierno, a la vez hay que desconfiar de estas propuestas y trabajar intensamente para influir en ellas.

Si coincidimos en la profundidad y la amplitud de los cambios necesarios hemos de concluir que solo la crítica radical conducirá hacia ellos. Y no debemos permitir que las dificultades que son grandes en este proceso de avances y retrocesos nos hagan perder de vista la radicalidad de la transformación en ciernes. Vivimos una crisis civilizatoria que se expresa en los sucesivos y persistentes fracasos de la receta industrialista/consumista moderna y liberal, fracasos que son sistemáticamente negados y ocultados por la propia dinámica de la máquina del capitalismo productivista. Como cualquier otro programa neoliberal el programa de EA neoliberal devenido EDS nos compromete y desafía a generar un programa alternativo que por ser un programa “otro” ha de ser, al decir de De Sousa Santos, alternativo a las alternativas. Sería bueno que todos los sectores de la educación, de la lucha socioambiental, de las luchas indígenas, de las universidades entre otros, que no son todos, pero son muchos confluyéramos en este cometido. No tanto para obstruir el desarrollo de una EA que no va con nuestros principios y deseos, como para generar un fructífero y concienzudo debate acerca de cuáles propuestas y cuales principios éticos y prácticas educativas consecuentes son las que realmente pueden conducirnos hacia alguna sustentabilidad efectiva, y con esa base construir un programa alternativo colectivo, una Red alternativa desde la cual gestar una propuesta del todo “otra” en línea con nuestro pensamiento, para ponerla en dialogo y debate y disputar espacios y políticas y el sentido mismo de la EA y de la educación en general.

Finalmente, si coincidimos en que la contaminación, la depredación, la extinción de especies y hábitats, la urbanización extrema, la destrucción paisajística y la degradación de la condición humana en todas sus formas, son tanto causas como consecuencias de una ideología del progreso indefinido, ilimitado, concebido lineal, racista y hasta ahora basado en o subsidiario de esas mismas injusticas que en definitiva le son inherentes, (porque la desigualdad social es condición de existencia para el capitalismo, de ahí en más es una cuestión de grado) una ideología basada en una moral (que equivale a una ética formal no universalizable), como la liberal, que las justifica; entonces ninguna EA que omita o eluda abordar y no solo lateralmente estos temas y subvertir esa lógica productivista/consumista fundada en la injusticia y basada en la reproducción de lo desigual, servirá a aquellos fines, es decir a constituirse en uno de los soportes para refundar y no solo refuncionalizar la relación de la especie con la naturaleza. Es obvio que todo el sistema educativo moderno está en crisis y la encrusijada ambiental representará su acta de defunción, en tanto el mismo es incapaz de ofrecer salidas y en tanto del mismo no surja o no hagamos surgir de parte de él al menos, un inédito capaz de convertirlo en otra cosa o en su defecto gestar uno “otro” del todo diferente. La Educación Ambiental es esa tarea.

Pablo Sessano, 9/01/2018

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