A propósito de una nota de José Natanson sobre el factor consumo

Sección POR UN PROGRESISMO, PROGRESISTA

En una nota publicada  por Le Monde, bajo el título de El factor consumo (http://www.eldiplo.org/index.php/archivo/205-estalla-europa/el-factor-consumo/) José Natanson plantea que el consumo ha ido ganando centralidad en la vida social, lo califica como el organizador de las expectativas sociales y afirma que es fuente esencial de legitimidad política, particularmente en Argentina donde el consumo es uno de los ejes fundamentales de cualquier proceso de acumulación de poder. Sobre este último aspecto – consumo y política – Natanson aporta numerosos ejemplos de nuestra historia reciente y termina planteando que resulta paradójico que el macrismo, pese a su fe en el mercado y la sobrerrepresentación del sector privado en su gabinete, haya olvidado la importancia del consumo en su construcción de poder.

En primer lugar, creemos que no resulta del todo cierta esta última afirmación. El macrismo no ha olvidado la importancia del consumo, en todo caso habría que analizar a que sector social lo ha redireccionado. Pero no es esta la cuestión de fondo que emerge del texto analizado, sino la visión productivista que lo impregna. La interpelación que hace al neoliberalismo tardío a partir de la exaltación progresista del consumo, ignorando e incluso ridiculizando aquellas posturas que intentan romper el lenguaje engañoso de los adictos al productivismo, sin advertir que – paradójicamente – parados en posturas supuestamente progresistas, solo benefician a quienes detentan el capital.

Natanson afirma que el consumo es una forma de exhibir, desear y soñar…una forma de decir quiénes somos y quiénes no queremos ser…un factor que, desigualmente repartido por la estructura social, funciona como una vía de afirmación identitaria, un potente vehículo aspiracional y una forma de construir una relación simbólica con el mundo, que va de la vida cotidiana a la economía y de ahí, claro, a la política.

Esta definición evoca la que hiciera – en la década del año 1950 – el oscuro analista de mercado Víctor Lebow[1] cuando afirmaba que: Nuestra economía, enormemente productiva requiere que hagamos del consumo nuestra forma de vida, que convirtamos en rituales la compra y el uso de bienes, que busquemos nuestra satisfacción espiritual, la satisfacción de nuestro ego, en el consumo. Necesitamos que las cosas se consuman-quemen-reemplacen-desechen a un ritmo cada vez más acelerado. Lebow formuló en simples términos lo que a la postre se transformaría en la regla del sistema mundo productivista. Si con la Revolución Industrial, nace la sociedad de consumo, es con el empleo masivo del petróleo y la doctrina Lebow que – a partir de la década del año 1950 – nace la sociedad productivista-consumista.

Resulta aquí importante al analizar el factor consumo, considerar que es a partir del reconocimiento de la existencia de límites biofísicos para el crecimiento económico que se hace indispensable redefinir la noción de progreso que se transforma en el reto por perfeccionar – lo más posible – la adaptación a aquellos límites que no deben ser trasgredidos. Consecuencia directa de lo anterior es el cuestionamiento a la superideología del sistema: el productivismo, definido como la creencia en que las necesidades humanas sólo se pueden satisfacer mediante la permanente expansión del proceso de producción y consumo, transformados en el fin último de la organización humana. Este antiproductivismo es la piedra angular sobre la que se edifica una nueva visión del mundo. Al aceptar que existen límites para el crecimiento y cuestionar el productivismo, también se reconoce que existen límites para el consumo de allí que, del antiproductivismo, se pase al anticonsumismo, a la idea de reducir la demanda cuantitativa, poniendo en tela de juicio una importante aspiración de la mayoría de la gente: aumentar al máximo el consumo de objetos materiales.

Como puede apreciarse, esta visión – predominante en las diferentes corrientes del ecologismo – dista bastante de la visión superficial que Natanson pretende proyectar sobre quienes frente al consumo muestran preocupaciones ambientales como aquellos a los que califica de secta insólita de los veganos defensores de los derechos humanos de las gallinas y los camarones.

Resulta bastante importante analizar también la vinculación entre consumo y política que Natanson ejemplifica – entre otros – con la promoción del consumo por parte del primer peronismo. Se trata de un buen ejemplo para medir la evolución de los paradigmas en las relaciones sociedad naturaleza que se desarrolla a partir de las décadas de los años 1960 y 1970. Basta para ello recordar el Mensaje a los Pueblos y Gobiernos del Mundo que el General Perón remitiera a la Conferencia de Países No Alineados en Argel o El modelo argentino para el proyecto nacional, de mayo de 1974 en el que Perón sostiene que resulta paradójico…observar como en un mundo que siente cada día con mayor fuerza la presión de la escasez de los recursos primarios, algunas concepciones tratan por todos los medios de fomentar el consumo en forma irracional y dispendiosa. Esto no solo torna cada día más oscuras las posibilidades de las generaciones futuras, sino que refuerza los lazos de dependencia especulativa de grupos e intereses privados reñidos con el interés de la comunidad.

Formular advertencias sobre la importancia del consumo en la construcción de poder sin advertir sobre las amenazas del consumismo, que resulta la práctica habitual en nuestras sociedades, suena – empleando la terminología de Natanson – a progresismo de caricatura.

La (Re) Verde

[1] LEBOW; V. The Real Meaning of Consumer Demand. 1955 Journal of Retailing

 

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