A propósito del Manifiesto Argentino, la intervención al PJ y el utopismo productivista

Sección POR UN PROGRESISMO, PROGRESISTA

En esta oportunidad nos basaremos en el Manifiesto Argentino (MA) sobre la intervención del PJ

Entendemos como positivos los siguientes aspectos:

  • su sincera voluntad de recuperar los valores republicanos y las formas democráticas
  • su voluntad confluyente no clasista, ni sectaria (a diferencia de otros colectivos, lo cual no es poco)
  • su clara identificación con el llamado campo popular
  • su sincera suscripción de propósitos ambientalistas

Sin embargo, es relevante destacar lo siguiente:

Persiste la miopía propia del progresismo desarrollista, ese que heredó y supo hacer re-emerger, pero no hacer sostenible, las mejores tradiciones del desarrollismo latinoamericano. El que gobernó más de una década del S.XXI confiando todavía que los postulados de nuestro propio desarrollo del documento de la Fundación Bariloche de 1972, eran posibles sin cuestionar el modo, la propiedad y los fines mismos del uso de los bienes naturales que son colectivos. Sin proponerse, una estrategia de transición energética hacia la des carbonización de las prácticas productivas y de vida, sin cuestionar e incluso promoviendo la artificialización de las prácticas agro productivas  y con ello la desnaturalización y contaminación de la alimentación de la población toda, sin cuestionar prácticas insustentables destructoras del territorio y de las economías regionales solo en aras de la consecución de recursos económicos (y a veces ni eso), para políticas distributivas muchas veces fallidas. Abonando más un imaginario de bienestar con base en el consumo y la adquisición de bienes materiales y nada más, es decir como punto de llegada, que uno de austera satisfacción creativa. Hace tiempo que sabemos que este imaginario es falso de toda falsedad y es desde siempre componente inherente de la estrategia hegemónica capitalista, ya sea en su versión imperialista, ya en la miope variante alternativista latinoamericana: hacer que esa mentira se convierta en el propósito siempre pendiente y pospuesto del ethos de la sociedad, lo que equivale a reproducir la injusticia ad-infinitum. Omitir esta desinteligencia de propósitos contradice toda intencionalidad de los manifiestos.

No basta con reclamar por la recuperación y reconstitución de la democracia y por la justicia social y todo lo que ella conlleva; constituye una omisión grave en la lectura de la realidad nacional, regional y mundial y en el mensaje político que resulta hacia la ciudadanía, eludir o no abordar los factores que son determinantes para un futuro realmente sostenible, que ya no se puede proponer como objetivo a largo plazo, ni posponer en aras de cuestiones más urgentes, en la hipotética posibilidad de que esa recuperación se diese. Factores que, ciertamente, el Manifiesto Argentino considera parcialmente en los puntos 4,13,14 y 15 de su Ideario con un enfoque escasamente aggiornado respecto de las posturas recientemente descritas. No habrá justicia social posible y por lo tanto gobernabilidad ni democracia si no comenzamos ya mismo a hacer visibles los caminos que necesariamente hemos de tomar hacia la desmercantilización de todo: el avance, que no la vuelta, hacia formas sencillas de vivir y habitar, asuntos que involucran un ataque decidido a la riqueza, la reformulación de las formas de propiedad agraria, la desurbanización, la transformación de las formas productivas y de hacer uso de los recursos naturales, la adopción de limitaciones claras que garanticen la conservación, la defensa irrestricta de los derechos sobre la vida, las semillas, las especies vegetales y animales; así como compromisos plebiscitarios para temas sociales transversales que solo pueden resolverse preguntando a la gente en forma directa, y desde luego la defensa de una irrestricta libertad de expresión. Entendemos que el MA va adoptando posiciones razonables en estos últimos temas, pero no se ve que desde ese espacio se reclame ni sean una preocupación presente y principal los primeros, es decir el saqueo permanente que se hace sobre los bienes naturales de la nación no solo en términos ecológicos y no solo económicos, ni se ve un reconocimiento de que las preocupaciones que habitualmente manifiestan los diversos ambientalismos representen aspectos prioritarios en las críticas y demandas que produce el colectivo.

Estas cuestiones, aun cuando algunas han sido lateralmente mencionadas por el MA, y pese a estar en el ideario como se dijo, parecen fuera de la agenda política que ellos plantean como necesaria para transitar hacia un escenario democrático. Tal hecho solo puede generar dudas acerca del alcance del futuro que  imaginan, de la clase de democracia que ven posible, y de los cambios realizados en la concepción acerca de la naturaleza y nuestra relación (la de la especie humana) con ella. Recordemos en este sentido, que las históricas posturas del progresismo y la izquierda latinoamericanos nunca confrontaron el fondo de la concepción utilitarista de la naturaleza ni el lugar centralizado de la humanidad. El gobierno kirchnerista ha sido paradigmático en ello.

Como bien apunta Gudynas (Persona y Sociedad, 13 (1): 101-125, abril de 1999, Santiago de Chile), la naturaleza en el marco de estas ideas ha sido apenas un predicado. Porque cuando se pone en evidencia que continúa el utilitarismo antropocéntrico sobre la naturaleza, o que realmente hay límites al crecimiento, no sólo se cuestiona un paradigma de desarrollo en particular. Se critica también una conceptualización más profunda y extendida, la propia noción de progreso, y el sentido de la superioridad humana que ella cobija. Mencionar la sostenibilidad de vez en cuando y sin mucha rigurosidad es menos que insuficiente pues el concepto tan solo contribuye a esconder el problema de fondo. El MA incluye formalmente la sostenibilidad como componente de la Patria que se quiere recuperar, pero no atina a articular los tópicos ambientales en el conjunto de las demandas y propuestas de transformación que propugna, quedando aquellos fuera del hábito de manifestarse y en esa medida huérfanos de pedagogía; reincidiendo así en eludir la estrategia educativa que la sociedad necesita, entrándole al debate de estos asuntos difíciles de procesar, pero necesarios, indispensables para agrandar la única brecha que puede poner en duda las falsas verdades de la democracia capitalista, la de los límites del crecimiento. Porque no hay “mejores” democracias capitalistas que puedan ser sostenibles porque no hay naturaleza que pueda bancar la lógica capitalista, tenemos que ponernos de acuerdo y ampliar la idea que tenemos acerca de la transición, ya que no se trataría ahora solo de una transición hacia mejores versiones de la democracia, ni siquiera hacia nuevas modalidades de socialismo, sino que se requiere hacer un esfuerzo adicional para liberar las mentes ciudadanas para imaginar y ayudar a imaginar toda una configuración socioambiental diferente de la vida, porque eso es lo que reclama la única sustentabilidad posible y esa no puede ser una tarea asignada solo a los ecologismos. Esa “locura” se ha convertido hoy en la única posibilidad de encaminarnos hacia escenarios de vida sostenibles.

Decía Godelier, que la transición es la fase particular de una sociedad que encuentra más y más dificultades a reproducir el sistema económico y social sobre el cual ella se funda y empieza a reorganizarse sobre la base de otro sistema que se trasforma en la forma general de las nuevas condiciones de existencia (Maurice Godelier, 1982, 1165). Esas dificultades se ven con claridad en el fracaso en alcanzar los valores emblemáticos del liberalismo y los que las luchas sociales fueron agregando a la democracia; hace 50 años, pese los llamados de atención del ecologismo incipiente que ya veía el fracaso inminente en la lejanía, el estado de la naturaleza, la densidad poblacional, su distribución territorial y la moderada urbanización y la injerencia todavía incipiente de la tecnología en varios campos de la vida, permitían aceptar la idea de que un desarrollo diferente y regionalmente autónomo era posible. Ya no más, hoy los límites están superados y con creces: se necesitan varias tierras para sostener el modelo de vida capitalista. Y el ambiental es por lejos el principal problema de cualquier esfuerzo que pretenda reconstituir un sistema social con justicia y sostenibilidad. El escenario deseable, pues, y las nuevas condiciones de existencia solo pueden ser post-capitalistas y post-desarrollista. “La ideología del progreso no demuestra que sea imposible otro desarrollo distinto, sino que [apenas] sustenta la legitimidad del actual” (Gudynas). Por lo cual, si no somos capaces, de una vez por todas, de asumir e informar a la sociedad que esta posibilidad existe, pero que es necesario crear las condiciones para su alcance, de nada servirá recuperar una versión menos nociva de aquello que solo debemos abandonar del todo.

Pero en la transición, si aún le damos oxígeno al progresismo de izquierda o popular, reconociendo que solo desde esa tradición es posible dar el salto cualitativo necesario, aquellos que se proponen representarlo y repensarlo han de comenzar a declarar y demandar y comprometerse sistemáticamente por aquellos aspectos y en aquellos terrenos en donde la sostenibilidad de cualquier sistema social se dirime. Han de sumar este tema a sus agendas políticas. Aspectos que lejos de permanecer circunscritos a su propia especificidad, muy por el contrario, atraviesan la dinámica y las inquietas configuraciones sociales de nuestro tiempo.

Tal vez como tantos otros actos arbitrarios de las fuerzas retrogradas que gobiernan, la intervención del PJ (en sí mismo una organización no muy fiable, aunque ello no justifique la injerencia arbitraria y mafiosa) mereciera una declaración, pero nos preguntamos, no la merecerían también las recientes declaraciones del Secretario de Ciencia y Técnica, los intentos de retrotraer la legislación sobre protección de glaciares, la contaminación de toda el agua de un país, el genocidio permanente de las poblaciones fumigadas, la alarmante e irreversible destrucción del bosque nativo, en definitiva el ecocidio en sus múltiples y permanentes manifestaciones? Ojalá MA pueda abrir mayor espacio a las complejas discusiones y articulaciones conceptuales, técnicas y políticas que supone incorporar la crisis ambiental a la crítica del neoliberalismo y la proposición de escenarios transicionales verosímiles.

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