FRANCISCO, PERÓN Y EL ECOLOGISMO

Carlos Merenson

 

Frente al campo productivista, en el que se desenvuelven las organizaciones políticas tradicionales de nuestro país, se abre un nuevo campo: el Campo Verde.

Es en este campo que encontramos a las diferentes expresiones del ecologismo político, el ecofeminismo, el ecopacifismo, el ecosocialismo y el ecologismo profundo. Pero también podemos encontrar a todos aquellos que levantan los valores, principios y acciones contenidas en la Carta Encíclica Laudato si´ del Papa Francisco y a los dirigentes y militantes peronistas que se identifican con el Mensaje a los Pueblos y Gobiernos del Mundo del  General Perón.

Campo Verde en el que -objetivamente- coincide también el pensamiento e intereses de las organizaciones sociales y políticas que, en la medida que aumenta su preocupación por la cuestión ambiental, comienzan a desprenderse de las concepciones productivistas; de las organizaciones no gubernamentales ambientalistas; del ecologismo social y de las organizaciones defensoras de los derechos humanos; las corrientes de pensamiento progresistas, de los movimientos de izquierda y del nacionalismo popular.

Con el objeto de visualizar el alto nivel de coincidencias existente entre tres de las vertientes del campo verde, se han seleccionado los siguientes cinco temas clave: los límites naturales; el antropocentrismo; la crítica al sistema socio-económico hegemónico; la critica al consumismo y la crítica a la tecnolatría. Sobre estos temas se ha efectuado una recopilación de párrafos incluidos en la Carta Encíclica Laudato´si; en el Mensaje a los Pueblos y Gobiernos del Mundos y en diferentes documentos de referentes del ecologismo político.

Tales coincidencias, en el caso de Argentina, nos pueden ayudar a pensar en la posibilidad de sumar voluntades con el objetivo común de cambiar nuestro insostenible rumbo actual, bajo principios básicos como los de justicia social, democracia participativa, no violencia, sabiduría ecológica, sostenibilidad y respeto por la diversidad. Coincidencias indispensables para construir un nuevo espacio autónomo en el paisaje político argentino.

I – Los límites naturales

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Papa Francisco

Ya se han rebasado ciertos límites máximos de explotación del planeta, sin que hayamos resuelto el problema de la pobreza. (n. 27)

“…la idea de un crecimiento infinito o ilimitado, que ha entusiasmado tanto a economistas, financistas y tecnólogos. Supone la mentira de la disponibilidad infinita de los bienes del planeta, que lleva a «estrujarlo» hasta el límite y más allá del límite. Es el presupuesto falso de que «existe una cantidad ilimitada de energía y de recursos utilizables, que su regeneración inmediata es posible y que los efectos negativos de las manipulaciones de la naturaleza pueden ser fácilmente absorbidos»[1]. (n. 106)

[1] Consejo Pontificio Justicia y Paz, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 462.

Perón

…los recursos naturales resultan agotables y por lo tanto deben ser cuidados y racionalmente utilizados por el hombre.

La humanidad está cambiando las condiciones de vida con tal rapidez que no llega a adaptarse a las nuevas condiciones.  Su acción va más rápido que su captación de la realidad y el hombre no ha llegado a comprender, entre otras cosas, que los recursos vitales para él y sus descendientes derivan de la naturaleza y no de su poder mental.  De este modo, a diario, su vida se transforma en una interminable cadena de contradicciones.

Lo peor es que, debido a la existencia de poderosos intereses creados o por la falsa creencia generalizada de que los recursos naturales vitales para el hombre son inagotables, este estado de cosas tiende a agravarse.

Ecologismo

“…el choque de nuestras sociedades contra los límites naturales del planeta es la cuestión más importante para la humanidad del siglo XXI.”[1] (Jorge Riechmann)

“Si se mantienen las tendencias actuales de crecimiento de la población mundial industrialización, contaminación ambiental, producción de alimentos y agotamiento de los recursos, este planeta alcanzará los límites de su crecimiento en el curso de los próximos cien años. El resultado más probable sería un súbito e incontrolable descenso tanto de la población como de la capacidad industrial.” (D.L. Meadows y otros – Los Límites del Crecimiento, 1972)

Los ecologistas sostienen que el crecimiento económico se ve impedido, no por razones sociales – tales como relaciones de producción restrictivas – sino porque la Tierra misma tiene: limitada capacidad productiva (recursos); limitada capacidad de absorción (contaminación) y limitada capacidad de carga (población).

Principios fundamentales de la física y la ecología son los que explican la existencia de límites naturales para el crecimiento económico.

Tal es el caso de las leyes de la termodinámica que introducen un concepto central: la irrevocabilidad.

Es a partir del reconocimiento de la existencia de límites biofísicos que – para la ecología política – la idea de progreso se transforma en el reto por perfeccionar lo más posible la adaptación a aquellos límites que resulta contraproducente traspasar.

Es importante destacar que la ecología política no se refiere al límite como un impedimento a vencer, sino como una condición a la que adaptarse.

Estamos entonces frente a dos ideas radicalmente distintas: progreso como superación y progreso como adaptación.

De esta manera la ecología política cuestiona el significado unívoco que hasta nuestros días ostenta el concepto de progreso.

La ecología política cuestiona la idea de un mundo ilimitado, al sostener que el mundo es limitado y que nuestros excesos – inevitablemente – conducirán a una situación crítica

[1] Curso “Límites del crecimiento: recursos energéticos y materiales” organizado por la Universidad de Valladolid en septiembre de 2011.

II – Antropocentrismo

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Papa Francisco

La armonía entre el Creador, la humanidad y todo lo creado fue destruida por haber pretendido ocupar el lugar de Dios, negándonos a reconocernos como criaturas limitadas. Este hecho desnaturalizó también el mandato de «dominar» la tierra (cf. Gn 1,28) y de «labrarla y cuidarla» (cf. Gn 2,15). Como resultado, la relación originariamente armoniosa entre el ser humano y la naturaleza se transformó en un conflicto (cf. Gn 3,17-19). Por eso es significativo que la armonía que vivía san Francisco de Asís con todas las criaturas haya sido interpretada como una sanación de aquella ruptura. Decía san Buenaventura que, por la reconciliación universal con todas las criaturas, de algún modo Francisco retornaba al estado de inocencia primitiva [40][1]. Lejos de ese modelo, hoy el pecado se manifiesta con toda su fuerza de destrucción en las guerras, las diversas formas de violencia y maltrato, el abandono de los más frágiles, los ataques a la naturaleza. (n. 66)

“…la Biblia: …no da lugar a un antropocentrismo despótico que se desentienda de las demás criaturas.” (n. 68)

Hoy la Iglesia no dice simplemente que las demás criaturas están completamente subordinadas al bien del ser humano, como si no tuvieran un valor en sí mismas y nosotros pudiéramos disponer de ellas a voluntad. Por eso los Obispos de Alemania enseñaron que en las demás criaturas «se podría hablar de la prioridad del ser sobre el ser útiles» [42][2]. El Catecismo cuestiona de manera muy directa e insistente lo que sería un antropocentrismo desviado: «Toda criatura posee su bondad y su perfección propias […] Las distintas criaturas, queridas en su ser propio, reflejan, cada una a su manera, un rayo de la sabiduría y de la bondad infinitas de Dios. Por esto, el hombre debe respetar la bondad propia de cada criatura para evitar un uso desordenado de las cosas» [43][3]. (n. 69)

“…el antropocentrismo moderno: …paradójicamente, ha terminado colocando la razón técnica sobre la realidad, y citando a Romano Guardini[4]  afirma que este ser humano: «ni siente la naturaleza como norma válida, ni menos aún como refugio viviente. La ve sin hacer hipótesis, prácticamente, como lugar y objeto de una tarea en la que se encierra todo, siéndole indiferente lo que con ello suceda»……hubo una gran desmesura antropocéntrica que, con otro ropaje, hoy sigue dañando toda referencia común y todo intento por fortalecer los lazos sociales……una presentación inadecuada de la antropología cristiana pudo llegar a respaldar una concepción equivocada sobre la relación del ser humano con el mundo. Se transmitió muchas veces un sueño prometeico de dominio sobre el mundo que provocó la impresión de que el cuidado de la naturaleza es cosa de débiles. En cambio, la forma correcta de interpretar el concepto del ser humano como «señor» del universo consiste en entenderlo como administrador responsable [94][5].” (n. 115)

[1] La llamada [40] se refiere a: Cf. Legenda maior, VIII, 1: FF 1134.

[2] La llamada [42] se refiere a: Conferencia Episcopal Alemana, Zukunft der Schöpfung – Zukunft der Menschheit. Erklärung

der Deutschen Bischofskonferenz zu Fragen der Umwelt und der Energieversorgung (1980), II, 2.

[3] La llamada [43] se refiere a: Catecismo de la Iglesia Católica, 339.

[4] Das Ende der Neuzeit, 63 (ed. esp.: El ocaso de la Edad Moderna, 83).

[5] Cf. Declaración Love for Creation. An Asian Response to the Ecological Crisis, Coloquio promovido por la Federación de las Conferencias Episcopales de Asia (Tagaytay 31 enero – 5 febrero 1993), 3.3.2.

Perón

…el hombre no ha llegado a comprender, entre otras cosas, que los recursos vitales para él y sus descendientes derivan de la naturaleza y no de su poder mental…el hombre no puede reemplazar a la naturaleza en el mantenimiento de una adecuado ciclo biológico general.

Ecologismo

Es necesario dejar de ver al hombre como un ser sobre-natural. Es preciso abandonar el proyecto de conquista y posesión de la naturaleza, formulado a la vez por Descartes y Marx. Este proyecto ha llegado a ser ridículo a partir del momento en que nos hemos dado cuenta de que el inmenso cosmos permanece fuera de nuestro alcance. Ha llegado a ser delirante a partir del momento en que nos hemos dado cuenta de que es el devenir prometeico de la tecnociencia el que conduce a la ruina de la biosfera y por ello al suicidio de la humanidad. La divinización del hombre debe cesar. Ciertamente, nos es necesario valorar al hombre, pero hoy sabemos que sólo podemos valorar verdaderamente al hombre si valoramos también la vida, y que el respeto profundo hacia el hombre pasa por el respeto profundo hacia la vida. La religión del hombre insular es una…religión inhumana… El pensamiento ecologizado emerge como resultado de la reintegración de nuestro ambiente en nuestra consciencia antroposocial y de la complejización de la idea de naturaleza a través de las ideas de ecosistema y de biosfera. El pensamiento ecologizado rompe con el paradigma de simplificación y disyunción y requiere un nuevo paradigma complejo de la auto-eco-organización. No se puede separar un ser autónomo (autos) de su hábitat bio-físico (oikos), a la par que oikos está en el interior de autos sin que por esto autos cese de ser autónomo. Este paradigma rehúye la concepción «extra-viviente» del ser humano y define a éste por su inserción (somos íntegramente seres bio-físicos) a la vez que por su distinción (distanciamiento bio-socio-cultural a través del proceso evolutivo) con respecto a la naturaleza. (Edgard Morin – El Pensamiento Ecologizado).

III – La crítica al sistema socio-económico hegemónico

CAPITALISMO

Papa Francisco

Para que surjan nuevos modelos de progreso, necesitamos «cambiar el modelo de desarrollo global», lo cual implica reflexionar responsablemente «sobre el sentido de la economía y su finalidad, para corregir sus disfunciones y distorsiones». No basta conciliar, en un término medio, el cuidado de la naturaleza con la renta financiera, o la preservación del ambiente con el progreso. En este tema los términos medios son sólo una pequeña demora en el derrumbe. Simplemente se trata de redefinir el progreso. Un desarrollo tecnológico y económico que no deja un mundo mejor y una calidad de vida integralmente superior no puede considerarse progreso. Por otra parte, muchas veces la calidad real de la vida de las personas disminuye –por el deterioro del ambiente, la baja calidad de los mismos productos alimenticios o el agotamiento de algunos recursos– en el contexto de un crecimiento de la economía. En este marco, el discurso del crecimiento sostenible suele convertirse en un recurso diversivo y exculpatorio que absorbe valores del discurso ecologista dentro de la lógica de las finanzas y de la tecnocracia, y la responsabilidad social y ambiental de las empresas suele reducirse a una serie de acciones de marketing e imagen.

El principio de maximización de la ganancia, que tiende a aislarse de toda otra consideración, es una distorsión conceptual de la economía: si aumenta la producción, interesa poco que se produzca a costa de los recursos futuros o de la salud del ambiente; si la tala de un bosque aumenta la producción, nadie mide en ese cálculo la pérdida que implica desertificar un territorio, dañar la biodiversidad o aumentar la contaminación. Es decir, las empresas obtienen ganancias calculando y pagando una parte ínfima de los costos. Sólo podría considerarse ético un comportamiento en el cual «los costes económicos y sociales que se derivan del uso de los recursos ambientales comunes se reconozcan de manera transparente y sean sufragados totalmente por aquellos que se benefician, y no por otros o por las futuras generaciones»[138].La racionalidad instrumental, que sólo aporta un análisis estático de la realidad en función de necesidades actuales, está presente tanto cuando quien asigna los recursos es el mercado como cuando lo hace un Estado planificador.

Perón

La modificación de las estructuras sociales y productivas en el mundo implica que el lucro y el despilfarro no pueden seguir siendo el motor básico de sociedad alguna, y que la justicia social debe erigirse en la base de todo sistema, no sólo para beneficio directo de los hombres sino para aumentar la producción de alimentos y bienes necesarios;  consecuentemente, las prioridades de producción de bienes y servicios deben ser alteradas en mayor o menor grado según el país de que se tratare. En otras palabras:  necesitamos nuevos modelos de producción, consumo, organización y desarrollo tecnológico que, al mismo tiempo que den prioridad a la satisfacción de las necesidades esenciales del ser humano, racionen el consumo de recursos naturales y disminuyan al mínimo posible la contaminación ambiental.

Ecologismo

Debido a su propio desarrollo, el capitalismo ha alcanzado un límite interno y externo que es incapaz de superar y que le convierte en un sistema que sobrevive gracias a subterfugios a la crisis de sus categorías fundamentales: el trabajo, el valor, el capital.

La crisis del sistema se manifiesta tanto a nivel macro-económico como a nivel micro-económico. La principal causa es el cambio radical tecno-científico que introduce una ruptura en el desarrollo del capitalismo y arruina, con sus repercusiones, la base de su poder y su capacidad para reproducirse.

La informatización y la robotización han permitido producir cada vez más mercancías con cada vez menos trabajo. El coste del trabajo por unidad de producto no ha dejado de disminuir y el precio de los productos tiende a bajar. Sin embargo, cuanto más disminuye la cantidad de trabajo para una producción particular, más tiene que aumentar el valor producido por trabajador -su productividad- para que la masa de beneficio no disminuya. Obtenemos por tanto esta paradoja aparente : cuanto más aumenta la productividad, más tiene que aumentar ésta para evitar que el volumen de beneficio disminuya. La carrera hacia la productividad tiende a acelerarse, los recursos humanos a reducirse, la presión sobre el personal a endurecerse, el nivel y la masa salarial a disminuir. El sistema evoluciona hacia un límite interno donde la producción y la inversión en la producción dejan de ser lo suficiente rentables. (André Gorz)

El capitalismo tiene que crecer (o entra en crisis) y su auténtica lógica y fuerza motivadora impele al crecimiento.

No tiene otra fuerza motriz que la acumulación de cantidades cada vez mayores de capital.

Mediante la creación de las así llamadas “externalidades” (o efectos externos) inflige daños tanto a los humanos como a la biosfera y a los sistemas de soporte vital necesarios para la humanidad y otras especies. En palabras de Paul Sweezy: “Por lo que se refiere al medio ambiente natural, el capitalismo no lo percibe como algo que tiene que ser amado y disfrutado sino como un medio para los fines primordiales de conseguir beneficios y una aún mayor acumulación de capital”

Promueve el uso de recursos no renovables sin tener en cuenta las necesidades de las generaciones futuras, como si no tuviesen fin, y abusa incluso de recursos renovables como los pesqueros y los forestales.

Crea una gran desigualdad de ingresos, riqueza y poder tanto dentro como entre países. No solo la clase, sino la raza, el género y otras desigualdades constituyen sus leyes de movimiento.

Requiere y produce un ejército laboral de reserva —personas conectadas precariamente a la economía, la mayor parte en la pobreza o casi pobreza— de forma que haya trabajadores disponibles durante las fases de crecimiento económico y puedan ser fácilmente despedidos cuando no son necesarios en los negocios.

Promueve la competición económica y política entre países y el imperialismo, lo que conduce a guerras por el dominio y el acceso a los recursos.

Patrocina y recompensa aquellas características humanas particulares que son útiles para prosperar o simplemente para existir en una sociedad tan posesiva e individualista —egoísmo, individualismo, competición, avaricia, explotación de otros, consumismo— mientras no permite la plena expresión de aquellas características humanas necesarias para una sociedad armoniosa (la cooperación, el compartir, la empatía y el altruismo).

Conduce al colapso de la salud humana dado que la población opera en una sociedad jerárquica, en la que muchos trabajan bajo condiciones peligrosas y físicamente debilitantes o en trabajos que son repetitivos y aburridos; y a la vez están sometidos a la pérdida de empleo o al miedo a perder su empleo (hay muchos efectos sanitarios adversos a largo plazo que siguen a la pérdida de empleo).

Conduce al colapso de comunidades sanas porque la gente se vuelve más solitaria en sus perspectivas y conducta y la cultura indígena es reemplazada por la cultura y perspectiva capitalista nacional o internacional dominante. La gente se dedica a conseguir más para ellos mismos y sus familias y depender menos de las relaciones recíprocas con otros. (Magdoff)

IV – La crítica al consumismo

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Papa Francisco

Dado que el mercado tiende a crear un mecanismo consumista compulsivo para colocar sus productos, las personas terminan sumergidas en la vorágine de las compras y los gastos innecesarios. El consumismo obsesivo es el reflejo subjetivo del paradigma tecnoeconómico. Ocurre lo que ya señalaba Romano Guardini: el ser humano «acepta los objetos y las formas de vida, tal como le son impuestos por la planificación y por los productos fabricados en serie y, después de todo, actúa así con el sentimiento de que eso es lo racional y lo acertado»[144]. Tal paradigma hace creer a todos que son libres mientras tengan una supuesta libertad para consumir, cuando quienes en realidad poseen la libertad son los que integran la minoría que detenta el poder económico y financiero. En esta confusión, la humanidad posmoderna no encontró una nueva comprensión de sí misma que pueda orientarla, y esta falta de identidad se vive con angustia. Tenemos demasiados medios para unos escasos y raquíticos fines.

La situación actual del mundo «provoca una sensación de inestabilidad e inseguridad que a su vez favorece formas de egoísmo colectivo». Cuando las personas se vuelven autorreferenciales y se aíslan en su propia conciencia, acrecientan su voracidad. Mientras más vacío está el corazón de la persona, más necesita objetos para comprar, poseer y consumir. En este contexto, no parece posible que alguien acepte que la realidad le marque límites. Tampoco existe en ese horizonte un verdadero bien común. Si tal tipo de sujeto es el que tiende a predominar en una sociedad, las normas sólo serán respetadas en la medida en que no contradigan las propias necesidades. Por eso, no pensemos sólo en la posibilidad de terribles fenómenos climáticos o en grandes desastres naturales, sino también en catástrofes derivadas de crisis sociales, porque la obsesión por un estilo de vida consumista, sobre todo cuando sólo unos pocos puedan sostenerlo, sólo podrá provocar violencia y destrucción recíproca.

Conocemos bien la imposibilidad de sostener el actual nivel de consumo de los países más desarrollados y de los sectores más ricos de las sociedades, donde el hábito de gastar y tirar alcanza niveles inauditos. Ya se han rebasado ciertos límites máximos de explotación del planeta, sin que hayamos resuelto el problema de la pobreza.

…mirando el mundo advertimos que el nivel de intervención humana, frecuentemente al servicio de las finanzas y del consumismo, hace que la tierra en que vivimos en realidad se vuelva menos rica y bella, cada vez más limitada y gris, mientras al mismo tiempo el desarrollo de la tecnología y de las ofertas de consumo sigue avanzando sin límite. De este modo, parece que pretendiéramos sustituir una belleza irreemplazable e irrecuperable, por otra creada por nosotros.

Perón

Las mal llamadas “sociedades de consumo” son, en realidad, sistemas sociales de despilfarro masivo, basados en el gasto porque el gasto produce lucro.   Se despilfarra  mediante la producción de bienes innecesarios o superfluos y, entre estos, a los que deberían ser de consumo duradero, con toda intención se les asigna corta vida porque la renovación produce utilidades.  Se gastan millones en inversiones para cambiar el aspecto de los artículos, pero no para reemplazar los bienes dañinos para la salud humana, y hasta se apela a nuevos procedimientos tóxicos para satisfacer la vanidad humana.  Como ejemplo bastan los autos actuales que debieran haber sido reemplazados por otros con motores eléctricos, o el tóxico plomo que se agrega a las naftas simplemente para aumentar el pique de los mismos.

No menos grave resulta el hecho de que los sistemas sociales de despilfarro de los países tecnológicamente más  avanzados funcionan mediante el consumo de ingentes recursos naturales aportados por el Tercer Mundo.  De este modo el problema de las relaciones dentro de la humanidad es paradójicamente doble:  algunas clases sociales –las de los países de baja tecnología en particular- sufren los efectos del hambre, del analfabetismo y las enfermedades, pero al  mismo tiempo las clases sociales y los países que asientan su exceso de consumo en el sufrimiento de los primeros, tampoco están racionalmente alimentados, ni gozan de una auténtica cultura o de una vida espiritual o físicamente sana.  Se debaten en medio de la ansiedad y del tedio y los vicios que produce el ocio mal empleado.

Ecologismo

Así, la compulsión a la creación continua de nuevos deseos de consumo -para que no se detenga la rueda de la circulación mercantil- es intrínseca al capitalismo. En el capitalismo histórico, esto ha conducido a depredar los recursos naturales a un ritmo como nunca se había conocido antes en la historia de la humanidad, dañar a gran escala la biosfera y cosificar a los seres humanos y al resto de los seres vivos.

Por otra parte, y ya en el ámbito de la psicología social, hay que señalar que en las modernas sociedades capitalistas, el consumo de mercancías, además de sus funciones puramente económicas, desempeña un importantísimo papel en la formación de identidades y la reproducción de la jerarquía social. El mecanismo de emulación en el consumo –keeping up with the Joneses, que cabría traducir: “no ser menos que los Martínez”-, bien recogido en el eslogan “no te conformes con menos”, dificulta extraordinariamente la implantación de valores ecológicos. Lo mismo cabe decir de la búsqueda de satisfacciones compensatorias en el consumo, para evadirse de una vida pobre y horra de sentido. (Jorge Riechmann)

La expansión del consumo de masas en todas sus variedades ha generado hábitos de comportamiento no solo difíciles de cambiar a causa del comportamiento inercial que preside nuestras acciones (las costumbres, los valores inconscientes, etc), sino también por otras razones. En gran medida los hábitos de consumo son en parte impuestos por determinantes estructurales que quedan fuera de la posibilidad de elección personal. (…) Una gran parte de nuestros comportamientos están influidos por nuestro entorno, por cómo nos ven los demás, como nos clasifican, etc. Y nuestros hábitos de consumo forman parte de este mecanismo relacional. En parte nos viene promovido por nuestra posición social y en parte por los intentos de asimilarnos a nuestros superiores. Al fin y al cabo la emulación forma uno de los más poderosos mecanismos de aprendizaje desde nuestro nacimiento. Y en parte la expansión del consumismo debe ser considerada una respuesta igualitaria de una parte creciente de la sociedad que exige tener los mismos derechos, no sólo políticos, que las clases privilegiadas. Y el problema, en términos ecológicos, es que los privilegios no se pueden universalizar (a menudo ni siquiera generalizar a una parte de la población). (…) Difundido por los medios de comunicación, se genera un –al menos en apariencia– imparable movimiento social en pro de la ampliación sostenida del consumo a escala planetaria. Sin duda que desactivar esta bomba acumulativa requiere muchas y variadas políticas; mi sugerencia es que una de ellas debe partir de la reconsideración de las formas de organización del trabajo y de la reducción de estructuras jerárquicas en nuestra sociedad. (Recio, 2004)

V – La crítica a la tecnolatría

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Papa Francisco

La tecnología que, ligada a las finanzas, pretende ser la única solución de los problemas, de hecho suele ser incapaz de ver el misterio de las múltiples relaciones que existen entre las cosas, y por eso a veces resuelve un problema creando otros.

El problema fundamental es otro más profundo todavía: el modo como la humanidad de hecho ha asumido la tecnología y su desarrollo junto con un paradigma homogéneo y unidimensional. En él se destaca un concepto del sujeto que progresivamente, en el proceso lógico-racional, abarca y así posee el objeto que se halla afuera. Ese sujeto se despliega en el establecimiento del método científico con su experimentación, que ya es explícitamente técnica de posesión, dominio y transformación. Es como si el sujeto se hallara frente a lo informe totalmente disponible para su manipulación. La intervención humana en la naturaleza siempre ha acontecido, pero durante mucho tiempo tuvo la característica de acompañar, de plegarse a las posibilidades que ofrecen las cosas mismas. Se trataba de recibir lo que la realidad natural de suyo permite, como tendiendo la mano. En cambio ahora lo que interesa es extraer todo lo posible de las cosas por la imposición de la mano humana, que tiende a ignorar u olvidar la realidad misma de lo que tiene delante. Por eso, el ser humano y las cosas han dejado de tenderse amigablemente la mano para pasar a estar enfrentados. De aquí se pasa fácilmente a la idea de un crecimiento infinito o ilimitado, que ha entusiasmado tanto a economistas, financistas y tecnólogos. Supone la mentira de la disponibilidad infinita de los bienes del planeta, que lleva a «estrujarlo» hasta el límite y más allá del límite. Es el presupuesto falso de que «existe una cantidad ilimitada de energía y de recursos utilizables, que su regeneración inmediata es posible y que los efectos negativos de las manipulaciones de la naturaleza pueden ser fácilmente absorbidos».

Podemos decir entonces que, en el origen de muchas dificultades del mundo actual, está ante todo la tendencia, no siempre consciente, a constituir la metodología y los objetivos de la tecnociencia en un paradigma de comprensión que condiciona la vida de las personas y el funcionamiento de la sociedad. Los efectos de la aplicación de este molde a toda la realidad, humana y social, se constatan en la degradación del ambiente, pero este es solamente un signo del reduccionismo que afecta a la vida humana y a la sociedad en todas sus dimensiones. Hay que reconocer que los objetos producto de la técnica no son neutros, porque crean un entramado que termina condicionando los estilos de vida y orientan las posibilidades sociales en la línea de los intereses de determinados grupos de poder. Ciertas elecciones, que parecen puramente instrumentales, en realidad son elecciones acerca de la vida social que se quiere desarrollar.

No puede pensarse que sea posible sostener otro paradigma cultural y servirse de la técnica como de un mero instrumento, porque hoy el paradigma tecnocrático se ha vuelto tan dominante que es muy difícil prescindir de sus recursos, y más difícil todavía es utilizarlos sin ser dominados por su lógica. Se volvió contracultural elegir un estilo de vida con objetivos que puedan ser al menos en parte independientes de la técnica, de sus costos y de su poder globalizador y masificador. De hecho, la técnica tiene una inclinación a buscar que nada quede fuera de su férrea lógica, y «el hombre que posee la técnica sabe que, en el fondo, esta no se dirige ni a la utilidad ni al bienestar, sino al dominio; el dominio, en el sentido más extremo de la palabra»[87]. Por eso «intenta controlar tanto los elementos de la naturaleza como los de la existencia humana»[88]. La capacidad de decisión, la libertad más genuina y el espacio para la creatividad alternativa de los individuos se ven reducidos. El paradigma tecnocrático también tiende a ejercer su dominio sobre la economía y la política. La economía asume todo desarrollo tecnológico en función del rédito, sin prestar atención a eventuales consecuencias negativas para el ser humano. Las finanzas ahogan a la economía real. No se aprendieron las lecciones de la crisis financiera mundial y con mucha lentitud se aprenden las lecciones del deterioro ambiental. En algunos círculos se sostiene que la economía actual y la tecnología resolverán todos los problemas ambientales, del mismo modo que se afirma, con lenguajes no académicos, que los problemas del hambre y la miseria en el mundo simplemente se resolverán con el crecimiento del mercado. No es una cuestión de teorías económicas, que quizás nadie se atreve hoy a defender, sino de su instalación en el desarrollo fáctico de la economía. Quienes no lo afirman con palabras lo sostienen con los hechos, cuando no parece preocuparles una justa dimensión de la producción, una mejor distribución de la riqueza, un cuidado responsable del ambiente o los derechos de las generaciones futuras. Con sus comportamientos expresan que el objetivo de maximizar los beneficios es suficiente. Pero el mercado por sí mismo no garantiza el desarrollo humano integral y la inclusión social. Mientras tanto, tenemos un «superdesarrollo derrochador y consumista, que contrasta de modo inaceptable con situaciones persistentes de miseria deshumanizadora»[90], y no se elaboran con suficiente celeridad instituciones económicas y cauces sociales que permitan a los más pobres acceder de manera regular a los recursos básicos. No se termina de advertir cuáles son las raíces más profundas de los actuales desajustes, que tienen que ver con la orientación, los fines, el sentido y el contexto social del crecimiento tecnológico y económico.

La especialización propia de la tecnología implica una gran dificultad para mirar el conjunto. La fragmentación de los saberes cumple su función a la hora de lograr aplicaciones concretas, pero suele llevar a perder el sentido de la totalidad, de las relaciones que existen entre las cosas, del horizonte amplio, que se vuelve irrelevante. Esto mismo impide encontrar caminos adecuados para resolver los problemas más complejos del mundo actual, sobre todo del ambiente y de los pobres, que no se pueden abordar desde una sola mirada o desde un solo tipo de intereses. Una ciencia que pretenda ofrecer soluciones a los grandes asuntos, necesariamente debería sumar todo lo que ha generado el conocimiento en las demás áreas del saber, incluyendo la filosofía y la ética social. Pero este es un hábito difícil de desarrollar hoy. Por eso tampoco pueden reconocerse verdaderos horizontes éticos de referencia. La vida pasa a ser un abandonarse a las circunstancias condicionadas por la técnica, entendida como el principal recurso para interpretar la existencia. En la realidad concreta que nos interpela, aparecen diversos síntomas que muestran el error, como la degradación del ambiente, la angustia, la pérdida del sentido de la vida y de la convivencia. Así se muestra una vez más que «la realidad es superior a la idea».

La cultura ecológica no se puede reducir a una serie de respuestas urgentes y parciales a los problemas que van apareciendo en torno a la degradación del ambiente, al agotamiento de las reservas naturales y a la contaminación. Debería ser una mirada distinta, un pensamiento, una política, un programa educativo, un estilo de vida y una espiritualidad que conformen una resistencia ante el avance del paradigma tecnocrático. De otro modo, aun las mejores iniciativas ecologistas pueden terminar encerradas en la misma lógica globalizada. Buscar sólo un remedio técnico a cada problema ambiental que surja es aislar cosas que en la realidad están entrelazadas y esconder los verdaderos y más profundos problemas del sistema mundial.

Sin embargo, es posible volver a ampliar la mirada, y la libertad humana es capaz de limitar la técnica, orientarla y colocarla al servicio de otro tipo de progreso más sano, más humano, más social, más integral. La liberación del paradigma tecnocrático reinante se produce de hecho en algunas ocasiones. Por ejemplo, cuando comunidades de pequeños productores optan por sistemas de producción menos contaminantes, sosteniendo un modelo de vida, de gozo y de convivencia no consumista. O cuando la técnica se orienta prioritariamente a resolver los problemas concretos de los demás, con la pasión de ayudar a otros a vivir con más dignidad y menos sufrimiento. También cuando la intención creadora de lo bello y su contemplación logran superar el poder objetivante en una suerte de salvación que acontece en lo bello y en la persona que lo contempla. La auténtica humanidad, que invita a una nueva síntesis, parece habitar en medio de la civilización tecnológica, casi imperceptiblemente, como la niebla que se filtra bajo la puerta cerrada. ¿Será una promesa permanente, a pesar de todo, brotando como una empecinada resistencia de lo auténtico?

Por otra parte, la gente ya no parece creer en un futuro feliz, no confía ciegamente en un mañana mejor a partir de las condiciones actuales del mundo y de las capacidades técnicas. Toma conciencia de que el avance de la ciencia y de la técnica no equivale al avance de la humanidad y de la historia, y vislumbra que son otros los caminos fundamentales para un futuro feliz. No obstante, tampoco se imagina renunciando a las posibilidades que ofrece la tecnología. La humanidad se ha modificado profundamente, y la sumatoria de constantes novedades consagra una fugacidad que nos arrastra por la superficie, en una única dirección. Se hace difícil detenernos para recuperar la profundidad de la vida. Si la arquitectura refleja el espíritu de una época, las megaestructuras y las casas en serie expresan el espíritu de la técnica globalizada, donde la permanente novedad de los productos se une a un pesado aburrimiento. No nos resignemos a ello y no renunciemos a preguntarnos por los fines y por el sentido de todo. De otro modo, sólo legitimaremos la situación vigente y necesitaremos más sucedáneos para soportar el vacío.

Lo que está ocurriendo nos pone ante la urgencia de avanzar en una valiente revolución cultural. La ciencia y la tecnología no son neutrales, sino que pueden implicar desde el comienzo hasta el final de un proceso diversas intenciones o posibilidades, y pueden configurarse de distintas maneras. Nadie pretende volver a la época de las cavernas, pero sí es indispensable aminorar la marcha para mirar la realidad de otra manera, recoger los avances positivos y sostenibles, y a la vez recuperar los valores y los grandes fines arrasados por un desenfreno megalómano.

Perón

El ser humano, cegado por el espejismo de la tecnología, ha olvidado las verdades que están en la base de su existencia.  Y así, mientras llega a la Luna gracias a la cibernética, la nueva metalurgia, combustibles poderosos, la electrónica y una serie de conocimientos teóricos fabulosos, mata el oxígeno que respira, el agua que bebe y el suelo que le da de comer, y eleva la temperatura permanente del medio ambiente sin medir sus consecuencias biológicas.   Ya en el colmo de su insensatez, mata al mar que podía servirle de última base de sustentación.

…la tecnología es un arma de doble filo; el llamado progreso debe tener un límite e incluso habrá que renunciar a algunas de las comodidades que nos ha brindado la civilización.

Ecologismo

Durante el período de la Revolución Industrial, el desastre más serio fue quizás el incremento enorme de la arrogancia científica. Habíamos descubierto cómo fabricar trenes y otras máquinas. Sabíamos cómo poner un cajón encima de otro para llegar a la manzana, y el hombre occidental se vio a sí mismo como un autócrata con poder absoluto sobre un universo que estaba hecho de física y de química. Y los fenómenos biológicos tendrían, finalmente, que ser controlados como procesos en un tubo de ensayo. (…) Pero esa arrogante filosofía científica está ahora obsoleta, y en su lugar alboreó el descubrimiento de que el hombre es sólo una parte de sistemas más amplios, y que la parte nunca puede controlar el todo. (Gregory Bateson,)

Las soluciones tecnológicas no pueden ayudar a realizar el sueño imposible de un crecimiento infinito dentro de un sistema finito.

La Ecología Política no rechaza la idea de progreso ni cae en el catastrofismo anti-técnico, trata de volver a dar al progreso técnico su lugar, porque nada permite considerarlo virtuoso “por naturaleza”.

El ecologismo no deposita su fe ciega en la tecnología ni espera que las soluciones tecnológicas – por sí solas – nos saquen de este círculo vicioso.

Existen límites del crecimiento y las soluciones tecnológicas no pueden ayudar a realizar el sueño imposible de un crecimiento infinito dentro de un sistema finito.

La inmensa complejidad del sistema mundial define que nuestros actuales intentos de hacer frente a los problemas ambientales son tan torpes como superficiales.

La naturaleza exponencial del crecimiento implica que sus límites se pueden hacer visibles bastante más de prisa de lo que podemos pensar.

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