ANTECEDENTES Y APUNTES CONCEPTUALES PARA EL DISEÑO DE UNA LEY DE PRESUPUESTOS MÍNIMOS SOBRE EL SUELO – Sexta Entrega

Por Marcelo Viñas

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¿QUÉ DEBERÍAMOS APRENDER LUEGO DE UN SIGLO DE DECISIONES DEGRADANTES?

La degradación de los suelos es un problema complejo e interconectado. La erosión se favorece por la pérdida de cobertura y de materia orgánica, y a la vez genera pérdidas de materia orgánica y de nutrientes. La biodiversidad del suelo a la vez produce humus y lo consume, recupera y concentra nutrientes y los libera, detoxifica tierras y es afectada por los tóxicos. El suelo, en tanto ecosistema, se autorregula y se auto-organiza, pero también reacciona.

Los suelos, como ecosistemas, son auto-correctivos. Esto significa que ante el cambio de una variable, el sistema se comporta de manera tal que tiende a restablecer los equilibrios anteriores manteniendo su integridad, aunque siempre con una calidad decreciente. Este comportamiento puede darse mientras el sistema opera dentro de ciertos rangos de las variables. Sin embargo, la auto-corrección puede dejar de ocurrir cuando niveles críticos de ciertas variables hacen imposible obtener flexibilidad. Este es el punto en el cual se pierde la resiliencia de todo el sistema. (Esta explicación puede parecer teleológica o vitalista, sin embargo este comportamiento “como dirigido a metas” es propio de sistemas autoorganizados).

En la producción agropecuaria la complejidad ecológica del suelo suele quedar eclipsada por aspectos coyunturales, tales como el precio de un producto en el mercado internacional, el clima, la política fiscal de un gobierno, la extensión de la propiedad, la política de las entidades crediticias, la disponibilidad tecnológica, etc., etc. Las tecnologías pueden facilitar los procesos de degradación o frenarlos, pero no existen como soluciones mágicas, sino como planteos complejos dentro de una dinámica que incluye el propio suelo, su historia, el clima, el relieve, y por encima de todo, las ideas del productor. En un sentido similar, Gudynas (2002) señala que si bien normalmente se asume que desde una postura sobre el desarrollo se derivan las concepciones sobre la naturaleza, el vínculo dialéctico funciona también en sentido inverso: ciertas concepciones de la naturaleza permiten sólo ciertos estilos de desarrollo.

En la dinámica productiva establecida en la Argentina, parecen existir varias racionalidades a partir de las cuales los productores actúan fuera de los límites biofísicos del suelo y desconociendo o ignorando la degradación ambiental. Aunque las razones económicas pueden explicar en gran medida el comportamiento de los productores, creemos que también existen otras racionalidades importantes. Tentativamente las clasificamos como de tres tipos:

  • Racionalidad económica – Visión mono-productiva.
  • Negación total o parcial de los problemas ambientales.
  • “Orgullo” del productor.

Estas tres racionalidades funcionan como ejes a partir de los cuales los productores se transforman en los principales agentes de la degradación de los suelos, siempre acompañados por el mercado, muchas veces por el estado, y no pocas por el sector científico-técnico.

Por un lado tenemos la racionalidad emanada de la noción exclusiva de renta económica. Al respecto, Manchado (2010) por ejemplo menciona que existen evidencias que la intensificación del uso del suelo y la expansión agrícola provocaron el deterioro del suelo, poniendo en riesgo la sustentabilidad de los sistemas de producción y la ocurrencia de externalidades ambientales. Las externalidades se originaron en el hecho de que las decisiones fueron tomadas en forma individual tanto por los propietarios de la tierra como por los responsables de nuevos sistemas agropecuarios, con una racionalidad económica de corto plazo que entra en contradicción con la sustentabilidad productiva y la conservación del suelo (Manchado, 2010).

Por su parte, Forján y Manso (2011) señalan que es prioritario que los actores involucrados en la producción, en especial el propietario de la tierra, tomen decisiones en base a la rentabilidad, pero con procesos racionales que permitan mantener el potencial productivo de los suelos, reconociendo las limitaciones de cada sistema. Para ellos, más allá de la incertidumbre política y económica, y del factor de la tenencia de la tierra y la duración del alquiler, es un error conceptual definir estrategias agronómicas y empresariales basadas en el análisis económico de los márgenes por cultivo, ya que a menudo nos llevan a un camino equivocado con resultados productivos en decadencia y en el largo plazo inestabilidad empresaria.

Por supuesto que tratándose de grupos de inversión, como los llamados “pooles” de siembra, el imperativo de la rentabilidad excluye cualquier consideración hacia la conservación o recuperación de los suelos. Los administradores deben rendir cuentas a los inversores con buenas ganancias, sin importar cómo bajan los costos. Además, son negocios de corto plazo, que duran mientras dura la rentabilidad. No hay compromiso ni interés de los inversores en mantener el capital natural. Están imbuidos de una visión monoproductiva intrínseca al razonamiento industrial.

Otra variante es la racionalidad de la negación. En un estudio reciente realizado en Córdoba, Prada y Penna (2008) encontraron que sólo el 10 % de los productores encuestados considera que el sector agropecuario enfrenta problemas ambientales, destacándose el cambio climático. Por otra parte, en la percepción de la erosión hídrica, los productores interpretan como más importante la erosión en surcos que afecta la infraestructura rural o urbana que la erosión laminar que afecta directamente sus campos y de la que son responsables. Los productores entienden que los problemas ambientales afectarán más a sus vecinos que a sus propios campos. Reconocen el problema de la erosión, pero lo ven fuera del alcance de sus decisiones. O sea, “otros” productores deben tomar medidas para solucionarlo. Los autores señalan que es central instalar en la visión y actitud de los productores su responsabilidad individual en el control de la erosión hídrica laminar, de la que son únicos responsables.

La visión de los productores sobre la conservación del suelo es más sorprendente. Uno de cada tres desconoce la relación entre cultivos en terrazas y la producción, y menos del 13 % las implementa. Los autores sostienen que se debe promover en la visión del productor su responsabilidad individual para tratar el control de la erosión hídrica laminar en su establecimiento de manera adecuada, y el trabajo para manejar los excedentes hídricos a nivel de cuenca en contra de la visión y actitud hacia prácticas hidrológicas aisladas.

Otro aspecto interesante de la racionalidad de los productores lo encontramos en el “orgullo del ovejero patagónico”. Oliva (2006) pone de manifiesto que este “orgullo” es uno de los factores que oponen mayor resistencia a las medidas para controlar la erosión y la sobrecarga ganadera y evitar el avance del proceso de desertificación en la Patagonia. Recordemos que el sobrepastoreo ovino fue el principal causante de la pérdida de cobertura que desembocó en la desertificación patagónica. Sin embargo, los ovejeros no asumen esta responsabilidad, adjudicando la erosión a causas climáticas. Por otra parte, ante propuestas que tienden a diversificar la producción, los ovejeros actúan con escepticismo, cuando no con desprecio.

Estas tres formas de sintetizar las visiones y actitudes de los productores frente a sus sistemas productivos nos hablan de cierta inflexibilidad o rigidez en las ideas, las cuales pueden ser contradictorias con la conservación del suelo. Todo parece indicar que esta rigidez se sostiene con la pérdida de resiliencia (con la entrega de flexibilidad) de los ecosistemas, incluso con su total destrucción. La estrecha visión económica reduce continuamente la fertilidad del suelo; la negación impide tomar medidas para evitar o reducir la erosión laminar de los predios; el “orgullo” del ovejero patagónico crea las condiciones que hacen imposible la ganadería ovina por la desertificación producida por los propios ovinos.

Es evidente que para cambiar la tendencia en la degradación de los suelos, primero debemos cambiar las ideas, las racionalidades usuales. La principal limitación en la adopción de medidas para conservar o restaurar los suelos no tiene tanta relación con aspectos técnicos, sino ideológicos. Esto impone un profundo desafío para encarar una transformación cultural en el uso de los suelos argentinos. Trabajar sobre estas racionalidades implica un proceso de larga duración no sólo con los productores, sino con la sociedad toda, en virtud de los presupuestos básicos en los que se sustentan (Ver más adelante). Asimismo, las “ventajas comparativas” de nuestro país, que nos ubicarían en una “situación extraordinariamente favorable”, ya que “el mundo demanda lo que producimos”, especialmente soja y otras commodities, pierde consistencia al analizar la degradación creciente de los suelos que subsidia invisiblemente un negocio que nos deja más pobres y vulnerables a futuro.

Por su parte, los técnicos, investigadores y científicos parecen “ir detrás” de las convicciones de los productores y los gobernantes. Se monta un aparato tecnocrático para justificar decisiones a priori, no basadas en la aceptación de las reglas de funcionamiento de los ecosistemas, sino en presupuestos, objetivos, metas, diseñados fuera del ámbito de contacto con la tierra, con racionalidades “extrañas” al dominio ecológico.

De esta manera, las herramientas técnicas disponibles quedan a merced de ideologías inadecuadas para usarlas. Un ejemplo puede encontrarse en la adopción de la SD, que promocionada como conservacionista, no está dando los resultados esperados a nivel de conservación. La SD es conservacionista si se cumplen las condiciones mencionadas anteriormente. Si no se cumplen, probablemente su efecto más interesante sea el control o reducción de la erosión, pero no la recuperación de la materia orgánica. Sin embargo, las recomendaciones técnicas, por más bienintencionadas que sean, quedan en el ámbito de lo posible y los técnicos no deciden lo que sucede “tranqueras adentro”. Las decisiones de los productores son, en definitiva, las que marcan el tipo de manejo. Los productores parecen decidir en función de otras características de la SD, como la reducción de laboreos y la simplificación del manejo, por encima de las condiciones que la hacen conservacionista, ya que rotar cultivos con ganadería puede no ser tan rentable como tender, por ejemplo, al monocultivo de soja.

Otro ejemplo de contradicción entre la racionalidad económica y los límites biofísicos puede encontrarse el la erosión del Partido de Patagones. Aquí es relevante señalar que tanto los productores como el estado que fomentó el desmonte se basaron en la idea de que era posible hacer agricultura extensiva rentable en esos suelos arbustivos (del Monte), cuando los mismos eran clasificados como no aptos para agricultura. La idea de forzar el ecosistema dentro de los límites arbitrarios de la economía, negando sus límites ecológicos, fue determinante en la pérdida del ecosistema y de su funcionalidad.

Este ejemplo resulta paradigmático para analizar el conflicto subyacente entre las nociones de sustentabilidad y rentabilidad. Nuestro país tiene aproximadamente un 60% de su superficie cubierta por ambientes semiáridos o áridos. En estas regiones, debe considerarse que frecuentemente la sustentabilidad y la rentabilidad son conceptos incompatibles, especialmente si la rentabilidad depende de la producción de commodities. Por otra parte, el ejemplo también puede usarse para mostrar la contradicción que existe entre las nociones de Desarrollo sustentable y Crecimiento económico. En el árido, el crecimiento económico y sus nociones derivadas de competitividad y rentabilidad, son incompatibles con el “desarrollo sustentable”, debido a que las producciones rentables son normalmente fuertemente degradantes del ecosistema, y que las producciones que podrían respetar los límites biofísicos del ecosistema no son en general competitivas ni rentables en términos de la economía actual. Esto vale para planteos tanto agrícolas como ganaderos. La extendida desertificación de la región patagónica tiene su principal causa en la degradación del suelo producto de la sobrecarga con ganadería ovina. Sin embargo es común escuchar hablar del “flagelo de la desertificación”, como si fuera algo externo al sistema productivo, como si las decisiones productivas no tuvieran relación con los procesos erosivos.

Es importante señalar que cuando un sistema colapsa por degradación ambiental, los productores son los primeros en eludir su responsabilidad, orientando la “culpa” hacia factores climáticos, o a presiones bancarias, o a malas políticas públicas. De manera parecida a la desertificación patagónica por ovinos, la desertificación de Patagones es inicialmente generada en la tendencia de los productores locales a cultivar trigo en suelos no aptos para agricultura, y al sobrepastoreo. Si bien el estado y los organismos de crédito fueron posteriormente concurrentes con la degradación al estimular la expansión agrícola, y la sequía de mediados de la década del 2000 contribuyó a acelerar el proceso erosivo, el “capricho” por el trigo fue el puntapié inicial, y si no hubiera existido, probablemente no hablaríamos ahora de la desertificación de Patagones. Sin embargo, los productores locales echan la culpa de la desertificación a la sequía, a la falta de subsidios estatales, a las fluctuaciones del precio del trigo, a las deudas que tienen con los bancos, etc.

En conclusión, podemos resumir la situación de la siguiente manera: desde hace un siglo, todos los esfuerzos y recursos económicos del estado, a través de ministerios, secretarías, institutos de investigación, universidades, etc., no lograron revertir la tendencia a la degradación de los suelos, y en algunos casos fueron partícipes necesarios de esta degradación. Esto significa que los presupuestos lógico-filosóficos y las directrices políticas derivadas de ellos, con sus respectivas aplicaciones instrumentales, simplemente fallaron. Es decir, no falló el suelo en su potencial productivo y biológico, falló principalmente la manera de comprenderlo y la manera de comprender cómo debía ser tratado.

Aquí suponemos que uno de los orígenes de estos fallos fue considerar cada función o uso del suelo como excluyente del resto en los análisis o en las políticas aplicadas. La falta de una visión de conjunto, que contemple al suelo como un complejo de bienes y funciones, desemboca en la aplicación de métodos y técnicas que buscan optimizar sólo una función económica o la obtención de un bien, en detrimento de las otras. El resultado es que el deterioro combinado de las funciones ignoradas es mayor que los beneficios obtenidos en la función económica buscada, y el resultado es la degradación del conjunto.

Otro aspecto del mismo problema puede verse en la consideración que algunos sectores sociales tienen hacia el suelo como “recurso no renovable”. Entendemos que esto genera una paradoja que no puede resolverse. Al asumir la tierra como recurso no renovable, se la ubica en la misma categoría que los combustibles fósiles o que los minerales, y de esta manera se niega por principio su naturaleza ecológica, regenerativa y renovable. Esto a su vez proporciona un marco lógico que presupone que el suelo se extinguirá en algún momento, al igual que el petróleo, y por ende nada podrá hacerse en cuanto al futuro, más que “racionar” o “regular” su irreversible degradación. Asumir semejante posición es paradójico con los objetivos del desarrollo sustentable, porque no puede haber sustentabilidad si la producción está basada en un “recurso no renovable” que se agotará, y del cual depende ni más ni menos que la provisión de alimentos. Entendemos que esta definición fue motivada por dos aspectos, uno de ellos relacionado con una estrecha visión derivada de posiciones sociológicas (refractarias a veces a las consideraciones ecológicas), y el otro vinculado a las urgencias derivadas de la situación general de degradación del suelo, que a modo de alarma, dispara tal “reconceptualización” marcando el énfasis en la necesidad de atender al uso inapropiado del “recurso” para no limitar las posibilidades del uso a las futuras generaciones.

Por supuesto que el hecho de que aquí consideremos al suelo como un bien de naturaleza ecológica, regenerativa y renovable no nos distrae del hecho de que esas mismas características son propiedades que pueden perderse por un uso del suelo que no responda a los mandatos de la sustentabilidad ambiental. Cuando los suelos son empleados mediante racionalidades que desconocen los límites ecológicos, que no contempla los mínimos requerimientos relacionados con la renovabilidad, o no dan espacio para la regeneración natural, inevitablemente crean las condiciones para que el suelo se transforme en “no renovable”. De ahí en adelante, cabe razonablemente esperar una extinción o un agotamiento irreversible del “recurso”, al menos en términos de una escala generacional humana.

A modo de resumen, se consignan algunas de las lecciones más importantes que nos dejó un siglo de malas decisiones:

  • Frente a la pérdida de resiliencia del suelo, es imperativo entregar flexibilidad a las ideas con que se lo maneja.
  • La degradación tiene más origen en una cuestión ideológica que tecnológica.
  • Las pérdidas por desertificación son irreversibles a mediano y largo plazo.
  • La expansión de la frontera agrícola a regiones marginales normalmente es acompañada de procesos erosivos que atentan contra la producción en el mediano y largo plazo.
  • El sobrepastoreo, especialmente en regiones áridas, es tan degradante como la agricultura.
  • Los daños de la agricultura continua se corrigen con ganadería y descansos de la tierra.
  • No todos los adelantos tecnológicos deben ser aplicados.
  • Los límites biofísicos del suelo determinan la capacidad de uso.
  • Debe existir un ajuste entre la racionalidad del productor y del estado, y la capacidad del suelo.
  • En un contexto de futura escasez de combustibles fósiles, la agricultura industrial no tiene futuro.
  • Parte de los problemas se generan al considerar al suelo como no renovable.
  • El suelo es un ecosistema (es decir, un sistema viviente, un recurso natural renovable) y debe ser tratado de manera de sostener o aumentar su resiliencia.
  • Las visiones parciales producen problemas generales.
  • La noción de rentabilidad como única meta en la planificación productiva es causa directa de degradación, erosión y desertificación.
    -La sociedad depende de la salud de los suelos.

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