ANTECEDENTES Y APUNTES CONCEPTUALES PARA EL DISEÑO DE UNA LEY DE PRESUPUESTOS MÍNIMOS SOBRE EL SUELO – Séptima entrega

Marcelo VIÑAS

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PARTE II

REDEFINIENDO: ¿CUÁL ES EL “PROBLEMA” DE LOS SUELOS?

El problema de los recursos no es ambiental, sino humano. La sostenibilidad es un proceso de selección basado en valores humanos alineados con los principios ecológicos o en contra de ellos. En el primer caso, se basa en una reflexión sobre los procesos, en el segundo en un pensamiento orientado al producto (Maser, 2005).

DOS NIVELES DE RESPUESTA

El “problema” de los suelos (erosión, pérdida de nutrientes, caída de su biodiversidad, pérdida de materia orgánica, salinización, desertización) tiene esencialmente dos niveles. A un nivel basal está la propia modificación (que va desde un impacto leve hasta la desaparición total) del suelo fértil por actividades antrópicas. Los suelos pueden cambiar, al igual que evolucionan o que son modificados por procesos naturales (inundaciones, erupciones volcánicas, modificaciones climáticas). En sí, los suelos como ecosistemas, están en permanente cambio, si bien algunos suelos pueden alcanzar una estabilidad sucesional de alta complejidad, su naturaleza es dinámica y viviente. Aún en situaciones de máxima estabilidad, en ellos circula la energía, se recicla la materia y todo ocurre en el proceso cíclico, circular y retroalimentado en el cual nacen y mueren seres vivos de manera continua. En este nivel, las actividades humanas producen modificaciones en el ecosistema suelo que pueden ser irreversibles, reversibles o parcialmente reversibles en términos de mantener las cualidades que lo definen como tal. Entonces, el “problema basal” puede visualizarse como un estado de máxima tensión y de baja flexibilidad en las variables que definen al suelo, y de la ruptura y disolución de muchas de las relaciones que dan forma a este ecosistema particular.

En un nivel superior al anterior, se encuentra lo relacionado a cómo afectan estas modificaciones a la sociedad. Es decir, el “problema superior” de los suelos, está dado en el contexto de la producción argentina, incluyendo no sólo lo relacionado a cuestiones como la productividad o el tipo de manejo, sino también al sistema de valores que se despliega en esa producción. Éste es un problema de la relación entre la sociedad y el suelo, en tanto se modifican las propiedades, cualidades, virtudes y capacidades que la valoración social otorga al suelo. El “problema superior” está dado por el cambio cualitativo o cuantitativo en aquellas propiedades que la sociedad percibe como cualidades (inmutables) del suelo, y aparece allí donde la relación entre suelo y sociedad cambia o bien porque el suelo no responde a lo que se cree que es o bien porque el aplicar una determinada práctica produce resultados que degradan la relación.

En otras palabras, el “problema basal” adquiere significado en el contexto del “problema superior”, especialmente en el sentido de que el resultado de las prácticas sociales (productivas) reduce la capacidad del suelo de seguir sosteniendo su relación con la sociedad (producción). Si en lugar de pensar, por ejemplo, la desertificación patagónica como algo privativo del suelo, la pensáramos en términos del sistema “tierra-pastor ovejero” entenderíamos que la desertificación es el resultado de un “proceso desertificante” que ocurre en la historia de la relación entre los pastores ovejeros y la estepa patagónica. De esta manera, en lugar de ver la desertificación como algo relativo solamente a la pérdida de vegetación y suelos de la patagonia, podríamos ver que el “proceso desertificante” es el resultado de la historia de la relación entre el pastor y la estepa como integrantes de un sistema que los vincula, y que el “proceso desertificante” ocurre en todo el sistema, es decir, en la estepa, pero también en el pastor. No sólo se desertifica el suelo patagónico, también se desertifica la ganadería ovina.

Todos los aspectos mencionados en el diagnóstico (erosión, desertificación, pérdida de nutrientes y materia orgánica, etc.) evidentemente significan una degradación a veces irreversible de la capacidad ecosistémica de los suelos, dependiendo de la resiliencia de cada tipo. Pero en el contexto ecosocial, la degradación significa la imposibilidad de sostener producciones futuras, sea con meros fines comerciales o con el objetivo estratégico de alcanzar la soberanía alimentaria. Lo que se degrada, en definitiva, es la sociedad. En palabras de Maser (2005):

“un suelo fértil es uno de los pilares de la sustentabilidad y de la calidad de vida de una comunidad. Si se destruye la fertilidad del suelo de una comunidad, entonces nada más importará demasiado”

El papel de la ciencia y la tecnología

Las soluciones al “problema basal” relevantes en el contexto del “problema superior” suelen proponerse por el lado de la ciencia y la técnica, en el marco de las racionalidades mencionadas antes, lo cual lamentablemente muchas veces sigue la lógica de “cambiemos un poco para seguir haciendo más de lo mismo”. Estas racionalidades derivan de un sistema de valores y creencias que veremos más adelante.

La tendencia contemporánea en los usos del suelo se fundamenta en una adopción irrestricta de nuevas tecnologías, pensando siempre en maximizar las utilidades según la teoría de la “renta de la tierra”. Así, la técnica amplifica de manera proporcional el “problema basal”, a la vez que puede disimular o dilatar las manifestaciones del “problema superior”. La técnica, o la ciencia, no hacen más que aportar sus respuestas a determinadas preguntas. Pero el tipo de pregunta condiciona la respuesta. Así, preguntas basadas en un sistema de creencias y valores determinado, producirán respuestas acordes a este sistema, y no modificarán el mismo. Dentro de este sistema de valores, la ciencia y la técnica terminan “sirviendo inadecuadamente como un sustituto de los debates sobre los valores y preferencias”. Por otra parte, es frecuente que “los argumentos técnicos o científicos se empleen para justificar preferencias políticas personales”, cuando lo lógico sería decidir las políticas, los objetivos que se deben alcanzar, y luego buscar las herramientas técnicas para lograrlo (Lackey, 2006).

La ciencia y la técnica son concurrentes al “problema superior”, pero no lo definen, porque éste surge a partir de un sistema de valores y creencias sobre el ambiente en general y el suelo en particular, que emplea la técnica y la ciencia como una herramienta más para perseguir los fines guiados por ese sistema de valores y creencias. La solución al “problema superior” de los suelos no es, por lo tanto, técnica o científica, sino ideológica, epistemológica y política. Si el sistema de creencias y valores es compartido por la mayor parte de los ciudadanos, cambiarlo compete al conjunto de la sociedad, y no sólo a un sector privilegiado con estudios de grado. Así, los científicos y los técnicos quedan parcialmente eximidos de usar su formación para discutir aspectos fundamentales de nuestra sociedad, algo que por supuesto, no les cuesta demasiado. La trascendencia del tema del suelo requiere necesariamente entablar un tipo de diálogo plural, democrático y transversal a todos los sectores de la sociedad, estén o no vinculados directamente al “campo”. Como paralelo proponemos pensar qué sucedería si las decisiones sobre entrar o no en guerra con otro estado dependieran de los militares, en lugar del poder Ejecutivo. Nadie aceptaría que los expertos en la guerra tomen tal decisión. Análogamente, no se puede dejar sólo en manos de los expertos en suelos las decisiones sobre el uso y conservación del suelo, más allá que sus conocimientos sean operativos durante el diagnóstico, y en etapas posteriores.

Por otra parte, en muchos casos existe una tendencia a aceptar de manera acrítica las nuevas tecnologías, especialmente las de gran escala. Esto resulta funcional a la racionalidad económica, pero muchas veces viene acompañado de un “discurso tecnológico” que promete la solución a todos los problemas. En la actualidad, vemos día a día una especie de desesperación por aplicar nuevas y “mejores” tecnologías (nuevos eventos biotecnológicos, nuevos plaguicidas y herbicidas, nuevas herramientas de laboreo, nuevos fertilizantes, etc), que aumentan la escala, favorecen la expansión de la frontera agrícola, reducen el tiempo de trabajo, etc. En este marco de ilusiones tecnológicas se llega a proponer, por ejemplo, desde la nueva “bioeconomía basada en el conocimiento” (KBBE, 2008) que la agricultura industrial se encargará de proveer todos los bienes que hoy derivan del petróleo tales como plásticos, fibras, combustibles, además de alimentos, lo cual supone una ilusión de crecimiento económico infinito que prescinde de la noción de capacidad de carga del ecosistema como límite de lo que puede extraerse de él. Con esta visión parece que estamos condenados a repetir los mismos errores lógicos indefinidamente, y a seguir perpetuando el círculo vicioso de intensificación del “problema superior” (ver Las soluciones adictivas). Martínez, F. (2010) por ejemplo, en su “crónica de la soja en la región pampeana”, señala:

“No se visualiza techo a la expansión del cultivo en los próximos tres años. El modelo tecnológico es el mismo que se ha venido utilizando. Los problemas a futuro son los que se conocen largamente en la región donde se originó el fenómeno. Dado el modelo tecnológico utilizado mayoritariamente, el deterioro de los suelos continuará aunque con alcance y progresividad atenuadas. Sin embargo, la aplicación de ambos modelos productivos sobre las comunidades involucradas agudizará el deterioro social ya existente. La especialización sojera de la Región Pampeana Norte agrega una creciente vulnerabilidad a todo el sector y por ende a toda la economía regional y nacional”

En contraste, la solución casi nunca se busca por el lado de “cambiemos nuestro sistema de creencias y valores sobre el suelo” de manera de comenzar a entablar nuevos tipos de relaciones, no basadas en las mismas premisas que generaron el “problema superior”. Por otra parte, esto no es una utopía. Son variadas las propuestas que vinculan de manera virtuosa al ser humano con la tierra, a través de prácticas agrícolas que trabajan dentro de la capacidad del ecosistema, manteniendo su resiliencia, y produciendo alimentos en cantidad y calidad (ver por ejemplo Altieri y Nicholls, 2000).

El desafío social y político

La solución al “problema superior” debe necesariamente surgir a partir de reformular la relación entre sociedad y suelo, y no sólo las prácticas aplicadas, atendiendo siempre a su condición de ecosistema. Las mismas prácticas, en un sistema de creencias y valores diferente, producen resultados diferentes. Discutir si conviene o no la siembra directa no tiene sentido en el contexto de una decisión política o filosófica. Ya vimos que la ventaja agronómica de la siembra directa en un punto, puede transformarse en una desventaja ecosistémica en otro.

En virtud de la intensidad de las modificaciones en el nivel basal, podemos inferir la gravedad del “problema” en el nivel superior. Si consideramos que toda sociedad depende del suelo para el abastecimiento de alimentos, para la provisión de agua dulce en cantidad y calidad, para el ciclado de los nutrientes, y para el sostenimiento de muchos otros servicios ecosistémicos a perpetuidad, y que debe ser también el sostén de las futuras generaciones, el “problema superior” planteado por un tipo determinado de relación entre sociedad y suelo demanda un urgente debate público, diverso y extendido, debido a que está en juego la propia supervivencia de la sociedad.

En este sentido, y tomando como base los antecedentes para la gestión ecosistémica (Malpartida, 2008), “la normalidad e integridad de los sistemas políticos depende de la normalidad e integridad de los sistemas económicos, que dependen de la normalidad e integridad de los sistemas ecológicos”. Por ende, la importancia de la conservación del suelo como sostén y condición de los ecosistemas de los que depende la sociedad tiene implicancias que alcanzan a los sistemas sociales y políticos, y por lo tanto debería ser una cuestión de estado. Al respecto, cuando Michael Polland (2008) describe la soberanía alimentaria, extiende su influencia hasta colocarla como un pilar de la seguridad nacional. El mismo razonamiento puede aplicarse a la conservación de los suelos.

En el marco de la reformulación de la relación entre la sociedad y el suelo (y el ambiente en general), debe operarse un primer cambio desde la visión del “ambiente en un contexto político, hacia la política en un contexto de ecosistemas” (Malpartida, 2008). En definitiva se trata de que ocurra en los decisores un cambio de visión desde una posición egocéntrica hacia una ecocéntrica, y un cambio en las políticas desde posiciones egosistémicas hacia posiciones ecosistémicas.

Pero estos cambios no van a surgir espontáneamente. La situación actual es el resultado de una visión antropocéntrica fuertemente instalada y retroalimentada en las últimas décadas por procesos como la globalización económica y el aumento del consumo en los combustibles fósiles. La idea de los límites al crecimiento de la década de 1970 (Meadows, 1972) que dio origen a un extraordinario desarrollo conceptual en el campo ambiental, es actualmente caricaturizado por muchos científicos ya que sus “predicciones catastróficas” no se cumplieron. Al respecto Carreño y Viglizzo (2007) (y de manera similar Viglizzo y Jobággy, 2010) dicen:

“Las previsiones alarmistas de Malthus y algunas organizaciones que en la década de 1970 reavivaron la idea maltusiana, como el Club de Roma, no llegaron a cumplirse. Una y otra vez la tecnología desmanteló las previsiones más catastróficas. Salvo episodios puntuales, no hubo hambrunas masivas, ni agotamiento de las fuentes de energía en los tiempos profetizados. El crecimiento económico no se detuvo, la degradación y contaminación del planeta no alcanzaron a hacer inviable la vida, y la población mundial continuó creciendo”.

Cabe preguntarse si importa mucho el “tiempo profetizado” en virtud de la magnitud de las previsiones neo-maltusianas. Digamos que nadie esperaría hasta el último momento para tratarse una enfermedad terminal. Por otra parte, las nociones de “peak oil”, “peak soil”, y las recientes noticias sobre el agotamiento del fósforo (Gilbert, 2009, citado por el mismo Viglizzo et al, 2011), son algunos de las muchos ejemplos sobre recursos que se agotan. Además, las pérdidas de biodiversidad, en relación a “hacer inviable la vida”, parecen indicar lo contrario a lo señalado por los autores. Ni hablar del cambio climático, las pérdidas de tierras a nivel mundial, y otros indicadores de que las “previsiones catastróficas” están mucho más cerca de lo que parece. Por otra parte, este párrafo sintetiza una posición pro-tecnológica más afín a una ideología, o fe, que a una reflexión científica. Hay que notar, además, que la fe en la tecnología salvadora tiene, en todo caso, el mismo componente sobrenatural que los autores critican de las previsiones alarmistas, sólo que su valor está invertido (es decir, es una afirmación del mismo tipo lógico: la afirmación alarmista no puede refutarse con “la tecnología siempre nos salvará”).

Para entender la racionalidad imperante, es preciso comprender el mecanismo por el cual el ser humano construye su racionalidad en la vida cotidiana. Esto fue desarrollado por Paez (2004) que siguiendo a Schutz y a otros autores, pone en evidencia que en su vida cotidiana el ser humano tiene la tendencia a suponer, de manera más o menos ingenua, que lo que una vez se verifica como válido seguirá siéndolo en el futuro, y que lo que ayer nos pareció incuestionable lo seguirá siendo mañana. (Pensemos en las racionalidades mencionadas antes: económica, negación, “orgullo”). Esta manera en que el ser humano construye su conocimiento está basada en la herencia, la educación, la tradición, los hábitos y su propia reflexión. Para Bateson (1972), el fenómeno de la formación de hábitos sigue un proceso evolutivo, por el cual la frecuencia en el uso de una determinada idea es determinante de su supervivencia. Las ideas que sobreviven al uso reiterado son colocadas en una categoría más o menos separada del resto, y son merecedoras de “confianza”, quedando disponible para su uso inmediato. Las ideas más generalizadas tienden a convertirse en premisas relativamente inflexibles de las que dependen otras ideas, en un arreglo jerárquico por el cual las ideas más rígidas son centrales en el ensamblado de nuevas ideas, cuya supervivencia a su vez depende de la supervivencia de la idea más general. Pero esto no significa que la idea principal sea verdadera, o que su valor pragmático sobreviva al paso del tiempo. Según Bateson: estamos descubriendo hoy que varias de las premisas profundamente insertas en nuestra manera de vivir son, sencillamente, falsas, y que se vuelven patológicas cuando se las instrumenta con técnicas modernas.

Sólo revisando reflexivamente las ideas centrales más rígidas podemos producir cambios en la racionalidad cotidiana. Muchas de esas premisas se transforman en mitos, en el sentido de “creencias básicas que orientan el pensamiento y el comportamiento social al mismo tiempo que explican la realidad” (Paez, 2004). Así, los mitos establecen límites a lo que puede pensarse y a cómo debe pensarse. Si bien están emparentados con el pensamiento mágico y religioso, no debe suponerse que son vestigios de sociedades primitivas. La sociedad moderna produce sus propios mitos, muchas veces en la forma de verdades científicas (Doran, 1977; citado por Páez, 2004).

Lo importante, en el contexto de este documento, es que las creencias y valores acerca de la tierra son compartidas por doctrinas políticas surgidas desde la derecha, el centro y la izquierda, y también por una corriente científica que parece dominante. Se discute y legisla, por ejemplo, sobre la potestad y tenencia de la tierra, y el control sobre los medios de producción y su renta inherente, pero no se exponen las premisas acerca de la relación que establecemos con los ecosistemas a partir de los cuales se sostiene esa producción. Evidentemente, cuando se evalúan los resultados de aplicar estos presupuestos (desertificación, degradación, pérdida de MO y nutrientes, salinización, etc.) podemos concluir que eran y son equivocados. En la medida en que los presupuestos son erróneos, las consecuencias de ponerlos en funcionamiento pueden ser fatales.

Una parte del problema es el escepticismo que se genera cuando la racionalidad es cuestionada. Frente a la idea de que la cosa termine “mal”, surge la fe, la ideología, la racionalización de que “si salimos antes, podemos salir mañana”. Sin embargo, la historia muestra otra cosa. Jared Diamond, en su libro “Colapso”, relata varios casos bastante bien conocidos de civilizaciones que luego de alcanzar un fantástico desarrollo social y cultural desaparecieron completamente, dejando vestigios enigmáticos y maravillosos, esqueletos desparramados de su antiguo esplendor. El autor demuestra que muchas de estas civilizaciones estuvieron expuestas por un lado a procesos crecientes de degradación ambiental que hicieron insostenible el abastecimiento de alimentos para una población que aumentaba, y por el otro a deterioros institucionales marcados por un aumento del despotismo y la ambición de las clases dirigentes. Estas civilizaciones, o al menos sus gobernantes, en algún punto de su historia, incurrieron en graves errores en la percepción de su relación con el entorno, o se basaron en sistemas de creencias que subestimaban las consecuencias de sus propias acciones sobre los ecosistemas que habitaban. Otras estuvieron sometidas a la presión de grupos humanos colonizadores que aplicaron sus propios valores y métodos en territorios que no conocían, alterando y destruyendo las sociedades y los ecosistemas preexistentes a su llegada.

En nuestro país, las consecuencias sociales del uso del suelo pueden ser fácilmente minimizadas por la propia racionalidad imperante. Se asume con resignación fatalista que el despoblamiento del campo y la desintegración de las comunidades rurales es una consecuencia del “progreso”. Así, la erosión del suelo es seguida por la erosión social, y todo queda en manos de cada vez menos empresarios que, aplicando modelos industriales de altos insumos, siguen “chupando” la fertilidad de la tierra. Pero la gente, al salir del campo, ingresa en una espiral descendente de indignidad y pobreza normalmente en los cinturones urbanos. Para no extendernos en este subsidio social que se suma al subsidio ambiental, remitimos al lector a la profusa bibliografía producida por el Grupo de Reflexión Rural (www.grr.org.ar) que muestra claramente la relación existente entre el modelo rural industrial y la creciente precarización, vulnerabilidad sanitaria y conflictividad social.

Para resumir, el “problema” de los suelos tiene su origen en un sistema de creencias y valores sociales que generan procesos de degradación, erosión y desertificación en el suelo que luego retornan hacia la sociedad en la forma de procesos de pauperización eco-social. A continuación analizaremos por un lado algunas de estas creencias y luego intentaremos explicar algunas anomalías que se producen cuando son puestas en práctica.

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