El insostenible modelo agroindustrial

Carlos MERENSON

El paradigma domínate

En américa latina, el actual modelo extractivo-exportador es heredero de la economía de rapiña que se gestó en los siglos XVI y XVII, cuando se confirió prioridad existencial a la conquista de la naturaleza y a la expansión económica y geográfica, cuando las potencias coloniales desplegaron un colosal mecanismo centrípeto de redistribución de recursos al que hoy conocemos como extractivismo.

anticapitalist326En la actualidad, los países latinoamericanos siguen mostrando una muy alta dependencia de la exportación de materias primas[1] fundamentalmente originadas en la minería a cielo abierto, la extracción de combustibles fósiles y las monoculturas de exportación.

Estas monoculturas de exportación y su modelo agro-exportador emergen como lógica consecuencia de una superideología que se encuentra en el corazón mismo de nuestra civilización industrial: el productivismo.

Ha sido la lógica productivista la que ha estado presente en el nacimiento de la agricultura intensiva, en su transformación hacia el dry-farming, en la revolución verde y en el actual modelo agroindustrial de monoculturas transgénicas y es el pensamiento económico de la corriente principal el que valida su adopción y expansión.

Este pensamiento económico, desafiando toda lógica, considera que los recursos -en lo que se refiere a materiales y energía- son inagotables bajo el supuesto de la sustitución sin fin entre las diferentes formas de capital[2] lo que conduce a sostener que el crecimiento de la economía puede ser infinito sin dejar espacio para preguntarnos qué y para qué producir o para pensar si el crecimiento respeta la reproducción social y ambiental.

De esta forma se fue forjando un paradigma económico capaz de justificar el modo de intervención del hombre en los entornos naturales, la forma de apropiación de los recursos naturales y los modos de producción y consumo. Se instaló así un modelo económico caracterizado por una constante necesidad de crecimiento cuantitativo, totalmente desvinculado de sus consecuencias ecosociales. Un modelo, cuyas demandas siempre superan los rendimientos sostenibles de los ecosistemas y su capacidad de asimilar diferentes formas de contaminación y que al consumir su dotación de capital natural, inevitablemente está llamado a destruir sus propios sistemas de apoyo. Lejos de valorar al capital natural el modelo conduce a su liquidación impulsado por las inevitables consecuencias de la aplicación de principios básicos del paradigma dominante[3].

Michael E. Colby señala que la gran paradoja de la economía es que:

…el valor se genera creando escasez; degradando los recursos se aumenta su valor medible, pero esto usualmente lesiona a la gente, a la economía y al funcionamiento de los ecosistemas en los cuales ellos descansan.   Esta paradoja resulta de una estrecha definición de eficiencia dentro de la moderna teoría económica del valor de intercambio: solo los recursos que son considerados escasos deben ser usados eficientemente, de esta forma los ítem no escasos, inexorablemente llegan a serlo y por lo tanto valiosos. [4]

Las ideas que condujeron a la adopción y expansión del modelo agroindustrial surgen de un pensamiento económico productivista caracterizado por la ilusión neolítica de un planeta inagotable, por ignorar la dimensión ambiental o, en el caso de considerarla, optar siempre por sacrificarla en aras del crecimiento económico, asumiendo a las externalidades de la agroindustria como costo inevitable de nuestro proceso de desarrollo.

Un modelo insostenible

Herman Daly [5] afirma que para tornar operativa la definición de desarrollo sostenible, entre otros criterios, se deben:

  • reducir a cero las intervenciones acumulativas y los daños irreversibles;
  • las tasas de recolección de los recursos renovables deben ser iguales o menores a las tasas de regeneración de estos recursos;
  • en la explotación de recursos naturales no renovables, su tasa de vaciado debe ser igual a la tasa de creación de sustitutos renovables; y
  • las tasas de emisión de residuos deben ser iguales a las capacidades naturales de asimilación de los ecosistemas a los que se emiten esos residuos.

Analicemos entonces cada uno de estos criterios operativos para el caso del modelo agroindustrial.

Explotación de recursos naturales no renovables

PETRO seg revEn lo que hace a la explotación de recursos naturales no renovables a tasas de vaciado iguales a la tasa de creación de sustitutos renovables, la agroindustria muestra un consumo de petróleo de tal magnitud que, si se generalizara la dieta y la tecnología alimenticia de EEUU al conjunto de la población mundial y el petróleo sólo se destinara a este fin, las reservas mundiales se agotarían en tan solo 12 años.[6]

Este irracional consumo energético queda en evidencia en el transumo[7] de energía y materiales a través del sistema productivo agroindustrial.

Óscar Carpintero y José Manuel Naredo mencionan que:

La agricultura pasó de apoyarse fundamentalmente en un flujo de energía renovable a transformarse en una actividad productiva muy exigente en combustibles fósiles y recursos no renovables. Y eran esos requerimientos energéticos tan potentes (fertilizantes, combustibles, maquinaria…) los que hacían del conjunto de la actividad agraria un proceso energéticamente deficitario, es decir, que exigía un aporte de kilocalorías superior al que posteriormente se obtenía en forma de alimentos. [8]

En la agroindustria más del 95% de las entradas energéticas externas proviene de la quema de combustibles fósiles o de productos derivados de los mismos, registrando un balance deficitario en términos energéticos.

El sistema agroalimentario estadounidense, tomado en conjunto, funciona con rendimiento 1:10 (para poner una caloría sobre la mesa se invierten diez calorías petrolíferas), y en el cultivo de verduras de invernadero durante el invierno llegan a alcanzarse valores tan disparatados como 1:575.[9]

En contraste, los sistemas agrícolas más pequeños, menos mecanizados, propios de las prácticas agroecológicas producen más calorías de alimento por caloría de energía que se gasta en el proceso, llegando a alcanzar rendimientos de 50:1, es decir que se llegaban a obtener 50 calorías de alimentos por cada unidad de caloría externa distinta a la solar.

Vemos entonces que el modelo agroindustrial entrega menos calorías alimentarias que las que entran en el sistema productivo y que resulta inviable sin el aporte energético del petróleo.

Bien lo describe Joaquin Sempre cuando afirma que:

…la agricultura industrial moderna es un procedimiento que convierte energía fósil no comestible en energía comestible. Nos estamos alimentando, pues, de una manera insostenible, y cualquier episodio de escasez de energía –sobre todo si no es coyuntural sino que responde a situaciones básicas— puede llevarnos al hambre.[10]

No obstante lo anterior, el balance energético de los sistemas de producción ha sido absolutamente ignorado bajo la idea de que podemos crecer indefinidamente, convencidos que los límites biofísicos pueden ser siempre superados con la infalible combinación de tecnología y mercados.

Según Kenneth E. Boulding:

La agricultura […] usa el ingreso energético disponible en la actualidad. En las sociedades avanzadas esto se complementa muy extensamente por el uso de combustibles fósiles, los que representan, por así decirlo, un acervo de capital de luz solar almacenada. Gracias a este acervo de capital de energía, hemos podido mantener un insumo de energía en el sistema, sobre todo durante los dos últimos siglos, mucho mayor que el podríamos haber mantenido con las técnicas existentes si hubiésemos debido recurrir al insumo corriente de la energía disponible del Sol o de la Tierra misma. Pero este insumo complementario es no renovable por su propia naturaleza [11].

Es el modelo energético fosilista el que hizo posible la existencia de la agroindustria tal como hoy la conocemos y en consecuencia, resulta aquí importante detenernos para analizar este modelo energético en tanto existe sobrada evidencia que nos indica que el mismo está llegando a su fin.

Desde el Neolítico hasta la Primera Revolución Industrial, la producción de energía por persona y por año promedió 0,5 barriles de equivalente petróleo (BEP), pero a partir de la Primera Revolución Industrial ese valor trepó en nada de tiempo hasta alcanzar los 12 BEP/persona/año. Un salto gigantesco, único e irrepetible, a partir del que nos convertimos en una “sociedad fosilista”.

Han sido los combustibles fósiles, responsable del 80% de la energía primaria empleada en el mundo, los que hicieron posible el nacimiento y desarrollo de la sociedad industrial; los que nos colocaron en la senda del crecimiento exponencial de la economía, de la población y también del deterioro ambiental.

Pero lo cierto es que el modelo energético industrial avanzado, que ha posibilitado alcanzar objetivos económicos, sociales y científicos jamás imaginados, resulta enormemente frágil, en tanto toda nuestra tecnología y nuestro modo de vida actual descansan sobre fuentes de energía agotables.

Marion King Hubbert en la década del año 1950 desarrolló su teoría sobre el “Cenit Petrolero” según la cual, la cantidad de petróleo que se extrae anualmente de un pozo sigue una curva con forma de campana, de manera que la extracción aumenta exponencialmente durante los primeros años hasta llegar a un límite que se alcanza cuando se ha explotado aproximadamente la mitad del crudo extraíble. A partir de ese momento la extracción se hace más difícil y lenta (por motivos geológicos) hasta llegar a un momento en el que extraer el petróleo requiere más energía que la que se va a sacar de él, y ya no es rentable extraerlo por muy alto que sea su precio. Al extrapolar el comportamiento de un pozo o campo petrolero, al conjunto de yacimientos existentes a nivel mundial, los seguidores de Hubbert, que fundaron la Asociación para el Estudio del Cenit del Petróleo y Gas, estimaron que ese punto fue alcanzado entre 2005 y 2010.

A nivel mundial, desde 1962[12], cada año se descubren menos yacimientos y los que están por descubrirse se encuentran más inaccesibles. Algunas estadísticas revelan que en la actualidad por cada 5 barriles que se consumen, se descubre solamente 1 para su reposición.

Es a raíz de los escasos hallazgos de hidrocarburos convencionales que se ha intensificado la extracción de los “hidrocarburos no convencionales”[13] empleando técnicas que se nos presenta como un alarde de la tecnología, ocultando los altísimos costos y los graves impactos ambientales de las metodologías de extracción empleadas, como así también sus muy bajas tasas de retorno energético[14]. Recurrir a las fuentes no convencionales constituye el mejor indicador de que nos encontramos en el cenit petrolero, si ello no fuera así por qué estamos buscando petróleo en aguas profundas o empleando muy altos volúmenes de energía, agua, materia y aditivos químicos en las operaciones con las que estrujamos la tierra para obtener hidrocarburos.

FRACKING vaca muertaVale la pena detenernos aquí para mencionar que en Argentina, con el yacimiento de Vaca Muerta[15], se ha generalizado una muy optimista visión sobre la disponibilidad de combustibles fósiles, disponibilidad que en algunos cálculos nos podría abastecer por 105 años. Pero estos cálculos no toman en consideración las enormes diferencias entre recursos prospectivos, recursos contingentes y recursos “3 P”; ni la extracción posible dadas las condiciones de mercado futuro; ni las tasas de retorno energético del yacimiento; ni el error que significa calcular disponibilidad de recursos en base a los consumos actuales, sin considerar su inevitable crecimientos exponencial. Por otra parte y dando por cierta la estimación de 27.000 millones de barriles como recursos técnicamente recuperables de hidrocarburos no convencionales de Vaca Muerta, es de hacer notar que, con un consumo mundial de 37.000 millones de barriles/año, los recursos de Vaca Muerta solamente significan 9 meses del consumo mundial. En otras palabras, dado el poder de compra o político-militar de los países desarrollados, es de esperar que los recursos energéticos de Vaca Muerta sean exportados mucho antes de poder ser utilizados por más de un siglo para nuestro desarrollo.

Hasta aquí se centró el análisis sobre la crisis del modelo energético fosilista, por haberse aproximado a tasas de retorno energético sumamente bajas, pero no menos importante resulta haber sobrepasado la capacidad de los sumideros naturales de los gases efecto invernadero conduciéndonos a un calentamiento antropogénico del planeta, que exige una drástica reducción en el uso de combustibles fósiles.

En conjunto, cenit del petróleo y la obligada descarbonización de nuestra economía, marcan el cenit de la energía total y el fin de nuestra sociedad fosilista y con ella, obviamente también, el fin de la agroindustria.

Es la fragilidad del modelo energético la que torna extremadamente frágil al modelo agroindustrial, poniendo en cuestión la seguridad alimentaria, convirtiendo en amenaza lo que hasta ahora considerábamos la forma más eficientes y eficaz para la producción de alimentos.

Pero, además del balance energético, la fragilidad e insostenibilidad del modelo agroindustrial queda definida por otras características que le son inherentes, tales como la extrema uniformidad de las monoculturas transgénicas, que no solamente torna altamente vulnerable al modelo frente a plagas y enfermedades sino también frente a los cada vez más frecuentes e intensos impactos del cambio climático.

A manera de ejemplo del impacto del cambio climático sobre la producción de alimentos vale mencionar la ola de calor que se centró en Moscú a mediados de 2010[16], ocasionando una reducción del 40% en el volumen de su cosecha de cereales, lo cual llevó al gobierno Ruso a prohibir las exportaciones de granos, determinando que el precio mundial del trigo subiera un 60%. Pensemos que hubiera acontecido si en lugar de Moscú, la ola de calor se hubiera presentado en la zona cerealera de EE.UU., donde anualmente se producen 400 millones de toneladas. Una caída del 40% en la cosecha haría caer las existencias mundiales remanentes de cereales para 2011 a 52 días de consumo –el nivel más bajo de la historia– muy por debajo de los 62 días que llevaron a triplicar los precios mundiales de cereales en 2007-08. Fácil es imaginar que nos encaminaríamos a una situación de creciente inestabilidad social, política y económica de impredecibles consecuencias.

Sumado a todo lo anterior, la pérdida de biodiversidad funcional, ha redundando en crecientes pérdidas de estabilidad de los propios agro-ecosistemas.

No menos importantes resultan las externalidades del modelo agroindustrial que van desde diferentes y graves formas de contaminación, deforestación y ruptura de ciclos naturales vitales, que en este último caso definen la fractura en la relación metabólica establecida entre los seres humanos y la naturaleza, hasta la profundización de desigualdades sociales propias de un modelo que agudiza la situación de marginación al enfrentar a las comunidades locales e indígenas a una degradación cada vez mayor de su ambiente natural, redundando en el aumento de la pobreza, el éxodo rural, una mayor vulnerabilidad a las crisis alimentarias, así como el aumento de la frecuencia de los conflictos políticos y sociales por recursos escasos.

La lógica económica inherente al modelo agroindustrial lleva –inevitablemente- a la concentración productiva, con desplazamientos de los productores de pequeña y mediana escala que van dando paso a la gran industria del campo, integrada a los agro-negocios y a las cadenas de exportación. Esa misma lógica conduce a la sobreexplotación del capital natural, con repercusiones a largo plazo para el ambiente, que son absolutamente ignoradas. Los enormes beneficios económicos que genera el modelo raramente quedan en la región que los origina y por tratarse de sistemas de producción altamente mecanizados y automatizados, requieren una fuerza de trabajo pequeña, perdiendo así su legitimación social como fuentes generadoras de empleo.

En definitiva y tal como lo sostiene Jorge Riechmann:

El actual sistema de agricultura industrial –que a escala mundial prevalece frente a la agricultura campesina, y se presenta a sí mismo como perfección de progreso— es un disparate en términos sociales, ecológicos, económicos y éticos…Mientras sigamos comiéndonos la Tierra en lugar de comer de la tierra, devorando petróleo en lugar de alimentarnos con la luz del sol, produciendo y extrayendo sin preocuparnos de cerrar los ciclos de materiales, el aceleradísimo declive de la biosfera que impulsamos en la actualidad se agravará sin freno.[17]

Daños irreversibles

Las políticas de asignación de usos del suelo, motorizadas por la excluyente valorización de la tierra como factor de producción agro-exportadora son las que definieron una relación crecientemente antagónica con las masas forestales nativas, prevaleciendo los horizontes políticos, económicos y sociales de corto plazo frente a las consecuencias de la deforestación que se tornan más graves en el horizonte de largo plazo.

deforestaciónImpulsadas por esta lógica, a principios de la década del año 2000, la Argentina ingresó en un pulso de deforestación favorecido por la adopción de una estrategia agroindustrial que motivó uno de los más acelerados procesos de transformación de las masas forestales nativas en la historia del país.

El significativo aumento en los precios internacionales de los granos sirvió de aliciente para el aumento de la producción agrícola, la que basada en el empleo de un sofisticado paquete tecnológico logró aumentar los rendimientos, permitiendo además la expansión de la frontera agrícola hacia regiones marginales.

Durante esta etapa emergen dos síndromes de insostenibilidad[18]: el síndrome de “agriculturización”[19] y el “pamphúmedo”[20].

El síndrome de agriculturización, se centró en la Pampa Húmeda y estaba enfocado esencialmente en los cambios de uso del suelo que operaban en esa región destinados a aumentar la producción de cultivos para la exportación a expensas de los usos ganaderos, lo cual se manifestó en el cambio de la proporción del uso agrícola y ganadero de sus tierras. Tales cultivos se encontraban asociados a tecnologías de insumos y a la concentración de los recursos productivos, que llevan a una mayor degradación y contaminación del ambiente, y a la exclusión social de productores con menores recursos.

El síndrome pamphúmedo se asemeja al de agriculturización solo que su efecto es interregional y sus consecuencias son más graves en términos sociales, ambientales y económicos.

En el síndrome pamphúmedo, al igual que en el de agriculturización, operan causas esenciales que Rabinovich y Torres identifican como: “…las tecnologías (de insumos y de procesos), la concentración productiva y los cambios en el uso del suelo”. Pero en el pamphúmedo, el cambio de usos del suelo no solo se manifiesta por cambios en la proporción de agricultura y ganadería, sino que además, se verifica un masivo proceso de conversión de usos del suelo, principalmente en la forma de deforestación. A ello se debe agregar la vulnerabilidad socioeconómica que caracteriza a las regiones donde se registra este avance de la frontera agrícola que queda reflejada por los indicadores sociales más desfavorables del país.

La propagación del síndrome pamphúmedo se encuentra unida al éxito económico y comercial, que a su vez depende de la combinación adecuada de capital, conocimientos técnicos y apoyo político. Este último factor se ha manifestado por ejemplo en las estrategias del “neo-extractivismo progresista”. Al respecto Gudynas señala que:

Un hecho notable es que a pesar… de la creciente evidencia de su limitada contribución a un genuino desarrollo nacional, el extractivismo goza de buena salud. Las exportaciones de minerales y petróleo mantienen un ritmo creciente, y los gobiernos insisten en concebirlas como los motores del crecimiento económico. Es todavía más llamativo que eso se repite en los gobiernos progresistas y de izquierda. En efecto, varios de ellos son activos promotores del extractivismo, y lo hacen de las más diversas maneras, desde reformas normativas a subsidios financieros. No sólo esto, sino que han generado una versión de agricultura basada en monocultivos y orientada a la exportación, que termina resultando ser una nueva [versión] de extractivismo.[21]

Entre 1990 y 1996, con unas 20 millones de hectáreas, el área cultivada con cereales y oleaginosas en Argentina se mantuvo estable, no llegando a superar el área cultivada de 1914. Fue recién a finales de la década del año 1990 cuando se registró un salto significativo en la actividad agrícola, alcanzando las 26 millones de hectáreas. Este proceso se afianzó a partir de 2002, como fruto de la salida de la convertibilidad que potenció nuestra competitividad internacional y una insipiente tendencia de aumento en los precios de las commodities, que alcanzó un pico en 2007, particularmente en el caso de la soja.

Superando entre 1,4 y 14 veces la tasa mundial de deforestación, el modelo agroindustrial en nuestro país llevó a la degradación e incluso destrucción de los ecosistemas naturales en las áreas de expansión de la frontera agrícola donde se extendieron los procesos de deforestación, degradación de suelos, avance de la desertificación y pérdida de la diversidad biológica en todos sus niveles.

En “Primera Estimación del Pasivo Socio-ambiental de la Expansión del Monocultivo de Soja en Argentina”[22] se analiza el impacto económico del extractivismo agrícola que se manifiesta con un particular tipo de pasivo que raras veces es contabilizado y que equivale a la suma de todos los daños no compensados producidos en forma directa e indirecta por las actividades productivas a las comunidades locales o a la sociedad en general y al ambiente; como así también, el valor de los servicios recibidos del ambiente, que hacen posible las actividades productivas y que no son compensados o contabilizados como costos de producción. El pasivo ambiental es en realidad una deuda hacia los titulares del ambiente, hacia la comunidad o país en su conjunto.

En el trabajo arriba mencionado, se ha determinado que computando deforestación, pérdida del servicio ambiental de secuestro y almacenamiento de carbono, erosión de suelos y exportación de nutrientes, el pasivo ambiental del monocultivo de soja en Argentina para la Campaña 2007/2008 totalizó aproximadamente 4500 millones de dólares.

Mediante la importación de un modelo basado en el despliegue intensivo de energía, capital y tecnologías agrícolas, no solo se impactó sobre la base natural de la producción, sino también en la estructura social, en tanto se importaron métodos de producción ajenos a la región que marginaron a las comunidades locales y aborígenes con aumento de la pobreza, éxodo rural, mayor vulnerabilidad a las crisis alimentarias y aumento de conflictos políticos y sociales por recursos escasos. Téngase en consideración que en la extensa región del Parque Chaqueño y su área de influencia, habitan más de 140.000 pobladores indígenas[23]. El explosivo avance del monocultivo sojero a expensas de las masas forestales nativas impactó sobre pueblos originarios y muchas comunidades tradicionales que dependen de ellos, en tanto los bosques proporcionan todo lo que necesitan, desde alimento y cobijo, hasta herramientas y medicinas, jugando también un papel crucial en su cosmovisión.

Si bien antes de la irrupción de la soja ya se experimentaban procesos de deforestación  en la región, la aceleración experimentada por el avance de la frontera agropecuaria no reconoce precedentes, motivando una preocupante degradación y pérdida de la diversidad biológica en todos sus niveles. Así, las explotaciones mixtas e intensivas, que son las que arraigan a los productores y sus familias a la tierra, fueron sucumbiendo frente a la descontrolada agriculturización que desplazó a los productores e hizo que abandonen sus chacras, tambos y pequeñas producciones regionales.

Recursos renovables

Un aspecto central involucrado por el concepto de sostenibilidad es el de ajustar las tasas de recolección de los recursos renovables a las tasas de regeneración de estos recursos, de allí que sea necesario tomar en consideración la forma en la que el modelo agroindustrial impacta sobre los suelos.

En las monoculturas transgénicas las demandas de nutrientes claramente superan sus tasas de regeneración, razón por la cual se hace indispensable recurrir al empleo de fertilizantes.

carcavaEl Ing. Agr. Fernando Miguez en su trabajo “Análisis de la Rentabilidad del Cultivo de Soja en Argentina” aporta datos sobre los niveles de exportación de nutrientes implicados en el monocultivo de soja, citando a Flores y Sarandón, 2002 que estimaron que entre 1970 y 1999 se exportaron 23 millones de toneladas de nitrógeno, fósforo y potasio de la pradera pampeana y que la soja fue responsable del 45,6% de esa pérdida. El costo de reposición de los nutrientes exportados, mediante el empleo de fertilizantes en esos 30 años fue equivalente al 20,6% de los márgenes brutos promedios de la década del ’80 y ’90, a pesos constantes de enero 2000.

Además del empobrecimiento del suelo existen numerosos antecedentes que demuestran que el modelo agroindustrial ha conducido a episodios de compactación, erosión, desertificación, contaminación y/o mineralización del suelo fértil.

En materia de recursos naturales renovables también tenemos que mencionar los impactos del modelo sobre un recurso vital como el agua, con episodios de sobreexplotación y contaminación de acuíferos; sobreexplotación de aguas superficiales y despilfarro del agua.

Emisión de residuos

La eutrofización de ecosistemas acuáticos es claro ejemplo de superación de la capacidad natural de asimilación de la contaminación de los suelos y acuíferos con fertilizantes inorgánicos de origen industrial o extractivo.

agrotox4La masiva difusión de tóxicos biocidas es otra característica del modelo agroindustrial. En la campaña 2007/08 de soja, se utilizaron el equivalente a 200 millones de litros de Glifosato, herbicida que se lo vincula con numerosos casos de cáncer, malformaciones, alergias de todo tipo, así como enfermedades autoimunes y “raras”, que afectan a los pobladores –especialmente niños y mujeres– sometidos a los efectos de las fumigaciones realizadas en masa en las cercanías o directamente sobre los poblados.

Erosión de suelos, pérdida de diversidad biológica, gravísimos daños a la salud humana y biosférica, cambio climático, agotamiento de los bienes necesarios para el futuro, reprimarización de la economía, concentración de la riqueza, desplazamiento de poblaciones humanas, fomento a la especulación y la absoluta dependencia de los menguantes combustibles fósiles; configuran en conjunto un escenario que nos conduce a preguntarnos sobre la fragilidad, eficiencia y sostenibilidad del modelo agroindustrial.

Yendo a contramano

Pese a la existencia de claros y contundentes indicadores que definen la conveniencia de iniciar una acelerada transición hacia modelos agroalimentarios que no se conciban como una guerra bioquímica contra la naturaleza, el modelo agroindustrial tiende a expandirse impulsado por la limitación de la oferta[24] y el crecimiento de la demanda[25] de granos, tendencias que están conduciendo a un aumento en el ritmo con el que se practican las actividades agropecuarias y también la amplitud geográfica donde se desarrollan, con severas modificación en el nivel de intervención gracias al flujo energético fosilista aun disponible; mientras que, combinando los avances en electrónica, informática, tecnologías satelitales y biotecnología, se modifica también la profundidad de transformación de la naturaleza que motiva la agroindustria.

En este contexto y en nuestro país, muchos ponderan el modelo de producción agroindustrial como un alarde tecnológico y permanentemente destacan su contribución al crecimiento económico, pero muy pocos son los que opinan sobre sus graves y crecientes costos sociales y ecológicos, como si tales cuestiones no hicieran al desarrollo y el buen vivir del pueblo argentino.

Un agromodelo sostenible

Así como el modelo agroindustrial es la lógica consecuencia del productivismo y su economía de crecimiento perpetuo; un sistema agroecológico solo puede ser el resultado de un cambio hacia una organización socioeconómica diferente, hacia una sociedad convivencial y verdaderamente sostenible; construida a partir de la transición desde una economía de “siempre más” hacia una de lo suficiente; desde el consumismo al consumo responsable; desde el darwinismo social hacia la solidaridad generacional sincrónica y diacrónica. Se trata de un cambio copernicano, sin el cual, los mejores desarrollos teóricos para el diseño y manejo de sistemas agropecuarios sostenibles, difícilmente puedan ser llevados a la práctica.

Un intento por avanzar con la construcción de sistemas alternativos al sistema hegemónico lo constituyen las denominadas “Iniciativas de Transición” que plantean como objetivo central la reconstrucción de la resiliencia local, la reconstrucción de la capacidad de recuperación local para responder a las interactuantes presiones del cambio climático, la reducción de combustibles fósiles y el aumento de la contracción económica. Su convocatoria a organizar comunidades en transición se basa en cuatro supuestos básicos:

  • Que es inevitable vivir con un consumo de energía mucho más bajo, y que es mejor planearlo en lugar de ser tomados por sorpresa.
  • Que nuestras comunidades y asentamientos han perdido la resiliencia que les permitiría adaptarse al dramático cambio de paradigmas que acompañarán al descenso del petróleo.
  • Que tenemos que actuar colectivamente, y hay que hacerlo ahora.
  • Que liberando nuestra creatividad y capacidad colectiva podremos construir nuevas formas de vida más enriquecedoras, más conectadas a lo comunitario, y reconociendo los límites biológicos del planeta.

Nos encontramos en el momento oportuno para avanzar hacia la construcción de sistemas alternativos como las comunidades en transición en tanto el sistema-mundo productivista no tendrá capacidad para afrontar la convergencia de los irresolubles desabastecimientos de petróleo, agua, alimentos, tierra, minerales básicos, todo ello acompañado de una población en aumento, los efectos del cambio climático y una acelerada descomposición social. De allí que, en todas partes, se abrirán las puertas para que las comunidades desarrollen su enorme capacidad de tomar sus destinos en sus propias manos.

En el corto tiempo disponible, antes de 2030, la gente debe darse cuenta de que el sistema ya no tiene respuestas y paralelamente -en la transición- desarrollar sistemas alternativos, verdaderos salvavidas frente al inevitable naufragio que se avecina; entre ellos, el diseño y puesta en práctica de modelos agropecuarios convivenciales y verdaderamente sostenibles, empleando el término, no como maquillaje para seguir con más de lo mismo, sino como la expresión de un modo de vida verdaderamente diferente.

permacultura3Una clara expresión de este cambio lo encontramos en las propuestas de los ecologistas Bill Mollison y David Holmgren que fueron los que -por primera vez- introdujeron el término “permacultura”[26] como contracción de “agricultura permanente” y de “cultura permanente”, término con el cual trataron de sintetizar la visión holística que se requiere para cambiar el rumbo.

¿Puede la agroecología alimentar a la humanidad?

Hasta aquí hemos visto las cuestiones vinculadas al contexto socioeconómico indispensable para que un modelo agroecológico sea posible, cabe ahora analizar muy brevemente un interrogante que frecuentemente se hace presente cuando hablamos de la agroecología y es si puede ser suficientemente productiva como para alimentar adecuadamente a la población mundial. Jorge Riechmann[27] responde citando a José Luis Porcuna[28], quien afirma que, para alimentar adecuadamente a una población mundial de 10.000 millones de habitantes, es necesario producir -en promedio- 1,7 toneladas de alimento por hectárea, rendimiento que la agroecología puede alcanzar para todos los tipos de productos, incluyendo a los cereales.

Para erigirse en método alternativo a la producción agroindustrial, además de ser lo suficientemente productiva,  la agroecología debe satisfacer las siguientes condiciones:

  • emplear energía solar,
  • funcionar en un ciclo cerrado (todos los nutrientes se producen in situ),
  • no hacer uso de herbicidas,
  • no hacer uso de insecticidas industriales y
  • no requerir insumos externos al sistema.

Un modelo agropecuario convivencial y sostenible, en el que las relaciones entre los consumidores y los productores no resultan absolutamente impersonales, tal como lo son en el modelo agroindustrial, conduce a una mayor seguridad y calidad alimentaria.

El modelo agroindustrial, hegemonizado por propietarios corporativos ausentes, conduce a la toma de decisiones basadas únicamente en la rentabilidad económica inmediata, muy alejada de la toma de decisión de aquellos agricultores y sus familias que viven en las unidades de producción y practican -casi intuitivamente- una agroecología basada en su prolongada experiencia en el manejo del entorno inmediato, apelando a la diversificación de cultivos, controlando naturalmente especies invasoras, insectos, plagas o enfermedades, manteniendo naturalmente la fertilidad del suelo y ampliando el hábitat para las especies silvestres.

Un modelo agropecuario auténticamente nacional es el que se basa en una agricultura local y resulta ecológicamente racional en tanto no solo provee de soberanía alimentaria sino que además multiplica las oportunidades de trabajo y motoriza la aparición de potentes economías locales fruto de las interacciones directas e indirectas entre agricultores y consumidores, con una fuerte reinversión de la riqueza en la economía local.

Vinculada en forma directa con el  modelo agroecológico es el referido a la dieta en tanto, alimentar a una población cuya dieta es predominantemente carnívora, requiere tres veces más superficie cultivada que la necesaria en el caso de una población donde predomine una dieta vegetariana.

Con los elementos hasta aquí presentados, la ecología política plantea que la seguridad alimentaria de la humanidad requiere del abandono del insostenible modelo agroindustrial y su reemplazo por un modelo agroecológico capaz de combinar ecoeficiencia; biomímesis; equidad; dieta baja en carne, soberanía alimentaria y autolimitación.

Conclusiones

En argentina se ha impuesto un modelo agroindustrial bajo la modalidad de monocultivo, con un alto nivel de tecnificación, con una alta inversión de capital, energía y otros recursos, como así también de servicios externos y la ayuda de especialistas. Un modelo económicamente “exitoso”, pero que no resulta sostenible al no poder garantizar en el tiempo sus condiciones de reproducción, tal como ocurre con otras expresiones del extractivismo que históricamente se aplicaron en américa latina, las que en apariencia beneficiaban a los pueblos, países y regiones donde se las desplegaba, cuando en realidad solo beneficiaban con enormes ganancias a muy pocos y su inevitable abandono redundaba en enormes pérdidas sociales, culturales, ambientales, algunas irrecuperables, para esos mismos pueblos, países y regiones.

La principal fuente de insostenibilidad del modelo agroindustrial queda definida por la ausencia de una fuente masiva de energía barata -fundamentalmente gas y petróleo- momento al que nos estamos aproximando. Pero, tal como ya fuera mencionado, existen otras fuentes de insostenibilidad como la destrucción de ecosistemas que sucumben al avance de la frontera agropecuaria con secuelas de extirpación e incluso de extinción de especies animales y vegetales, violando un criterio operativo básico de la sostenibilidad: el de “irreversibilidad cero”, como así también el uso intensivo de los suelos, que únicamente pueden recuperar el drenaje de nutrientes mediante la fertilización, la cual es petróleo dependiente, violando otro criterio operativo básico de sostenibilidad: el de “uso sostenible”, por el cual, las tasas de uso, deben ser iguales a las tasas de regeneración de los recursos.

El obligado abandono de los combustibles fósiles (tanto por limitaciones de fuentes, como saturación de sumideros), sumado a los impactos del cambio climático antropogénico, nos deberían llamar a la reflexión en un país en el que hemos basado nuestra economía y nuestra seguridad alimentaria en un modelo agroindustrial a todas luces insostenible, optado por un modelo de producción que resulta extraordinariamente frágil pero que también resulta extraordinariamente difícil de reemplazar, no por carecer de opciones, sino por la inercia económica y cultural que ha adquirido y que lo hace capaz de neutralizar cuanta crítica o advertencia se haga sobre su futuro.

El gran desafío es poder vencer esa inercia que nos hace ir a contramano del verdadero progreso y tomar la decisión de reemplazar el actual insostenible modelo agroindustrial por uno agroecológico, intensivo en conocimientos, trabajo y diversidad, caracterizado por hacer uso de la energía solar, basado en imitar muchas de las estrategias que utiliza la naturaleza para dar estabilidad a los sistemas (en lugar de contrariarla permanentemente), un modelo de producción que no requiera del empleo de agroquímicos ni de insumos externos al ecosistema y que, en definitiva, sea realmente sostenible.

Las decisiones que permitieron el arrollador avance de la frontera agropecuaria fueron adoptadas considerando solo cálculos de rentabilidad económica que dejaron de lado los “valores” que están en juego cuando se opta por un modelo de desarrollo, valores que pertenecen a la esfera socio-ambiental y que no son reductibles a unidades monetarias.

Resulta urgente y necesario un cambio copernicano del paradigma económico dominante y en tal dirección, habrá que pensarnos como sujetos activos y no como sujetos pasivos librados a las leyes de un supuesto mercado inteligente, ni a sus efectos socio-ambientales. Como artífices de un modelo de desarrollo diferente en el que desarrollo social, progreso económico y protección ambiental, sean alcanzados en forma conjunta y equilibrada, en el que se desvincule al progreso económico de la degradación ambiental y en el que se combata la pobreza, modificando las insostenibles modalidades de producción y consumo, mientras se protege y ordena la base de recursos naturales del desarrollo económico y social.

NOTAS

[1] En: http://www.elfinanciero.com.mx/rankings/las-10-mayores-economias-latinoamerica-y-su-sensibilidad-a-las-materias-materias-primas

[2] Solow, R., en Intergenerational equity and exhaustible resources afirma que: “El mundo puede continuar de hecho sin recursos naturales, de manera que el agotamiento de recursos es una de aquellas cosas que pasan, pero que no es una catástrofe”.

[3] A manera de ejemplo se puede mencionar la “Teoría del Valor” según la cual solo lo escaso tiene valor económico. Como lógica consecuencia, ella directamente conduce al “Principio de la escasez” por el cual la demanda de los individuos en cuanto a bienes siempre debe superar la oferta disponible de estos. Principio que modeló la “Ideología de la escasez” que incluye en su modelación de la realidad sólo lo escaso, excluye de la realidad lo no escaso y genera amplias zonas de invisibilidad, con lo cual su acción es la de colonizar lo abundante transformándolo en escaso, haciéndolo así económicamente visible.

[4] Colby, M. E., “Environmental management in development: the evolution of paradigms”, World Bank Discussion Papers Nº 80, Washington, D.C., World Bank, 1990.

[5] Daly, H. E. “Criterios operativos para el desarrollo sostenible”. En: https://dfedericos.files.wordpress.com/2013/01/ok_criterios_operativos_para_el_desarrollo_sostenible_daly1.pdf. (2007)

[6] Citado por Jorge Riechmann en “Desarrollo Sostenible: la lucha por la interpretación”. En: http://www.istas.ccoo.es/descargas/desost.pdf

[7] Troughput o trasiego

[8] Carpintero, O. y Naredo, J.M. “Sobre la evolución de los balances energéticos de la agricultura española, 1950-2000”, Historia Agraria Nº 40 (2006)

[9] Riechmann, J. “Alimentar a la población humana en el siglo XXI”. En: http://istas.net/descargas/Alimentar%20a%20la%20poblaci%C3%B3n%20humana%20en%20el%20siglo%20XXI.pdf (2018)

[10] Sempre, J. “Alternativas a la crisis.¿Cómo afrontar la futura escaces de energía? En: http://www.espai-marx.net/es?id=7948 (2013)

[11] Boulding, K. “The Economics of the Coming Spaceship Earth” (1966)

[12] Ivanhoe, L. F. “Get ready for another oil shock”. The Futurist. (1997)

[13] Son ejemplos: el “gas no convencional” que engloba al shale gas, tight gas y el coal bed methane.

[14] La tasa de retorno energético (TRE) es el cociente entre la cantidad de energía total que es capaz de producir una fuente de energía y la cantidad de energía que es necesario emplear o aportar para explotar ese recurso energético.

[15] Vaca Muerta​ es una formación geológica de shale situado en las provincias de Neuquén, Río Negro, La Pampa y Mendoza.​

[16] A mediados de 2010, con 14 grados por encima de la temperatura normal, se hizo presente el calor más intenso en los últimos 130 años en Moscú, desatando un caos en el que se perdieron 56.000 vidas, acarreando costos económicos superiores a los U$S 300 mil millones.

[17] Riechmann, J. “Cuidar la T(t)ierra. Políticas agrarias y alimentarias sostenibles para entrar en el siglo XXI”. Icaria Editorial, (2003)

[18] La metodología de los “Síndromes de Cambio Global y de Sostenibilidad” fue desarrollada por el Potsdam Institute for Climate Impact Research para el Consejo Consultivo Alemán sobre Cambio Global y se basó en considerar que las interacciones entre las sociedades humanas y el ambiente frecuentemente operan siguiendo patrones típicos, patrones funcionales (síndromes) de interacciones socio-ambientales que hasta cierto punto resultan repetibles. La tesis subyacente en esta particular visión es que los complejos problemas globales del ambiente y el desarrollo se pueden atribuir a un número discreto de patrones de degradación del ambiente.

[19] En “Caracterización de los síndromes de sostenibilidad del desarrollo: El caso de Argentina”, Rabinovich y Torres desarrollan cuatro síndromes específicos: “Patagonia”; “Carpincho”; “Trinquete” y “Agriculturización”.

[20] Merenson, C. “¿Agricultura sostenible o Síndrome Pamphúmedo?”. En: https://laereverde.com/articulos/agricultura-sostenible-o-sindrome-pamphumedo/. (2014)

[21] Gudynas, E. ““Diez Tesis Urgentes sobre el Nuevo Extractivismo”. En: http://www.gudynas.com/publicaciones/GudynasNuevoExtractivismo10Tesis09x2.pdf. (2009)

[22] Merenson, C.  “Primera Estimación del Pasivo Socio-ambiental de la Expansión del Monocultivo de Soja en Argentina”. En: https://laereverde.com/articulos/primera-estimacion-del-pasivo-socio-ambiental-de-la-expansion-del-monocultivo-de-soja-en-argentina/. (2014)

[23] Mocoví  (16.000 personas), Pilagá (5000 personas), Toba (70.000 personas), Wichi (40.000 personas), Diaguita-Calchaquí (6000 personas), Tonocoté (5000 personas), Quom y Vilela.

[24] Las tres principales tendencias que impulsan el consumo de alimentos han sido y son: el creciente consumo de proteína animal a base de cereales, el crecimiento de la población y el creciente empleo de granos para la producción de biocombustibles.

[25] Entre las tendencias que limitan la oferta de alimentos se encuentran la erosión de los suelos y la expansión de los desiertos; la sobreexplotados de acuíferos; las caídas de las cosechas por el aumento de olas de calor; el derretimiento de glaciares de montaña que alimentan los principales ríos y sistemas de riego; la pérdida de tierras de cultivo por usos no agrícolas; la reducción y encarecimiento de los suministros derivados del petróleo.

[26] HOLMGREN, D. y MOLLISON, B. “Permaculture One: A Perennial Agricultural System for Human Settlements” (1978)

[27] Alimentar a la población humana en el siglo XXI. En: http://istas.net/descargas/Alimentar%20a%20la%20poblaci%C3%B3n%20humana%20en%20el%20siglo%20XXI.pdf

[28] “La alternativa agroecológica”, ponencia de José Luis Porcuna en el curso de verano de la Universidad Complutense de Madrid ”Riesgo tóxico”, El Escorial, 30 de julio al 3 de agosto de 2001

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