¿Defensa de la Riqueza Forestal? ¿Protección ambiental de los bosques nativos?

Carlos Merenson

Tanto en la administración del Estado, como en las distintas expresiones de la sociedad civil, o en las relaciones de los habitantes entre sí, se registran con excesiva frecuencia conductas alejadas de las leyes. Estas pueden ser dictadas en forma correcta, pero suelen quedar como letra muerta. ¿Puede esperarse entonces que la legislación y las normas relacionadas con el medio ambiente sean realmente eficaces? Sabemos, por ejemplo, que países poseedores de una legislación clara para la protección de bosques siguen siendo testigos mudos de la frecuente violación de estas leyes
Papa FRANCISCO – Carta Encíclica Laudato´si

 

Según datos aportados por Global Forest Watch (GFW) entre 2001 y 2019 en Argentina se perdieron 5.92 Mha de cobertura arbórea, lo que equivale a una disminución del 15% de la cobertura arbórea desde 2000 y a 812 Mt de emisiones de CO2.

Para el periodo 2001-2018, con una pérdida de 1,80 Mha, Santiago del Estero fue la provincia que perdió la mayor cobertura arbórea; seguida por Salta con 1,34 Mha; Chaco con 816 kha; Formosa con 620 kha y Misiones con 479 kha. Estas cinco provincias concentran el 85 % de la deforestación total ocurrida en Argentina para el mencionado período.

Recientemente la NASA publicó las imágenes satelitales de una parte del Parque Chaqueño y Yungas en las que se puede apreciar el fenomenal avance de la deforestación entre los años 2000 y 2019.

AÑO 2000

granchaco dic 2000

AÑO 2019

granchaco dic 2019

Imagen de Salta año 2000

granchaco SALTA 2000

Imagen de Salta año 2019

granchaco SALTA 2019

Por otra parte, los datos de la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO) de 2015 muestran que Argentina tenía 25.94 Mha de masas forestales nativas, ello equivale al 9,26% de la superficie continental con cubierta arbórea y que el bosque primario ocupaba solamente el 0.63% del país.

Este último dato sobre la cubierta forestal equivalente al 9,26% cobra relevancia, si consideramos que la FAO define como cubierta forestal reducida, toda cubierta forestal inferior al 10% de la superficie continental de un país determinado, punto que marca el límite a partir del cual ya no bastan las masas forestales nativas para garantizar la sostenibilidad de componentes y procesos fundamentales, imprescindibles para la supervivencia y el desarrollo, razón por la cual y en forma creciente, Argentina deberá enfrentar graves consecuencias sociales, económicas y ecológicas, tales como:

  • Insuficiente protección de las cuencas hidrográficas
  • Aluviones y torrentes
  • Disminución de la disponibilidad de agua
  • Degradación de los suelos por pérdida de fertilidad y erosión
  • Pérdida de diversidad biológica
  • Escasez de productos madereros y no madereros
  • Disminución del atractivo turístico del área y pérdida del paisaje forestal
  • Pobreza en zonas rurales y vacíos territoriales por migración forzada

Consecuencias que se verán agravadas por las condiciones de aridez y semiaridez que predominan en el 76% de la superficie territorial de nuestro país.

En cuanto a los impulsores de la deforestación en Argentina, el principal factor es el avance la frontera agropecuaria que -entre 2001 y 2018- fue responsable de la pérdida de 4.430.500 ha equivalente al 77,84 % de las pérdidas totales, porcentaje muy por encima del 59 % que es la incidencia en la deforestación originada por el avance de la frontera agropecuaria en América Latina.

ARGENTINA POR DRIVER

Fuente Global Forest Watch – Las barras rojas corresponden a la deforestación ocasionada por el avance de la frontera agropecuaria en Argentina

En septiembre de 2019 la Dirección Nacional de Bosques de la ex SAyDS dio a conocer el informe MONITOREO DE LA SUPERFICIE DE BOSQUES NATIVOS DE LA REPÚBLICA ARGENTINA.

De los resultados publicados surge que desde la sanción de la Ley 26.331 de presupuestos mínimos de protección ambiental de los bosques nativos en noviembre de 2007, se deforestaron 2.800.000 ha, incluso en aquellas áreas clasificadas en las categorías roja y amarilla donde no se encuentra permitido los cambios de uso del suelo. Este dato resulta alarmante, no solo por su magnitud y localización, sino porque entre 2010 y 2016 fueron transferidos a las provincias mas de $1500 millones de pesos provenientes del fondo nacional creado por la mencionada norma legal para financiar acciones y proyectos de conservación.

Hacia 1810, tal como lo afirmé en La Argentina Deforestada nuestro país tenia aproximadamente 140 Mha cubiertas por masas forestales nativas. En 1998 con los datos del Primer Inventario Nacional de Bosques Nativos se pudo constatar que se habían degradado 65 Mha y se habían convertido a otros usos del suelo 44 Mha. Hoy la superficie con cubierta arbórea nativa no supera las 26 Mha, ello en un país que, desde 1948, ha tenido un marco normativo destinado a la protección de sus masas forestales nativas. Primero la ley de defensa de la riqueza forestal N° 13.273 y ahora la ley N° 26.331, no obstante lo cual, la degradación y pérdida de las masas forestales nativas nunca se ha detenido.

Lo anterior no significa que han fracasado los marcos legales destinados a defender la existencia de las masas forestales nativas, sino que ha sido el Estado el que ahí ha fracasado. No es por falta de leyes que la protección de los bosques y la sostenibilidad del manejo forestal no han sido alcanzados; sino por la falta de voluntad política para el cabal cumplimiento de las mismas.

Si las instituciones del Estado no toman la iniciativa de gestionar el ambiente y los recursos naturales, es obvio que la degradación seguirá avanzando. Tal como lo afirma el Dr. Antonio Andaluz, la inacción institucional del Estado conduce a que la suerte de la base de recursos quede liberada al espontaneismo de la población y de los particulares, que actuarán bajo las coordenadas de la necesidad, el desconocimiento, el desgobierno y el interés privado de corto plazo.

Las muy graves consecuencias que se deberán afrontar como fruto del avance de la deforestación, algunas de las cuales ya se están experimentando, hacen urgente y necesario un profundo debate sobre la actitud que sociedad y gobierno deben asumir frente al destino de las masas forestales nativas remanentes de nuestro país.

Por último y por su plena vigencia se transcriben a continuación las conclusiones de La Argentina Deforestada:

Durante los dos últimos siglos hemos dilapidado nuestra riqueza forestal nativa, situándonos entre aquellos países, que a nivel mundial, detentan las menores coberturas forestales y las mayores tasas anuales de deforestación[1].

El análisis de las ideas que fundamentaron los procesos de deforestación en nuestro país nos colocaron frente a un pensamiento económico caracterizado por ignorar la dimensión ambiental o, en el caso de considerarla, optar por sacrificarla en aras del crecimiento económico. En otras palabras, se asumió a la deforestación como costo inevitable de nuestro proceso de desarrollo. Las diferentes transformaciones estructurales de nuestra economía consideraron las masas forestales nativas como recursos no renovables o, de otro modo, como un escollo al avance de la frontera agrícola. En ambos casos con idénticos resultados: su degradación y/o pérdida. Ello definió un conjunto de cambios ambientales, muchos unidireccionales e irreversibles, a manera de externalidades negativas, que solo beneficiaron a unos pocos, frente a millones de personas que se han visto obligadas a enfrentar los costos ambientales y socio-económicos de sus consecuencias.

Las decisiones que hicieron al destino de nuestras masas forestales nativas fueron adoptadas considerando solo cálculos de rentabilidad económica que dejaron de lado los “valores” que están en juego cuando se opta por un modelo de desarrollo, valores que pertenecen a la esfera socio-ambiental y que, raramente, resultan reductibles a unidades monetarias.

Frenar y revertir la creciente degradación y pérdida de la riqueza forestal nativa requerirá antes que nada, de un cambio copernicano del paradigma económico dominante y en tal dirección, necesariamente, habrá que pensarnos como sujetos activos y no como sujetos pasivos librados a las leyes de un supuesto mercado inteligente, ni a sus efectos socio-ambientales. Como artífices de un modelo de desarrollo diferente en el que desarrollo social, progreso económico y protección ambiental, sean alcanzados en forma conjunta y equilibrada, en el que se desvincule al progreso económico de la degradación ambiental y en el que se combata la pobreza, modificando las insostenibles modalidades de producción y consumo, mientras se protege y ordena la base de recursos naturales del desarrollo económico y social.

Si el avance de la frontera agropecuaria y la insostenible explotación de nuestras masas forestales nativas se han identificado como las causas directas de la deforestación, cabe entonces reflexionar sobre algunas cuestiones fundamentales para construir un futuro sostenible.

¿Cabe el calificativo de sostenible a la agricultura industrial? ¿Es sostenible el modelo de monocultivos y control de plagas concebido como una guerra química? ¿Cómo alcanzar la seguridad alimentaria sin aumentar el área de cultivo a expensas de nuestras masas forestales nativas y humedales?

Cobran entonces relevancia temas como la agricultura ecológica, el ordenamiento territorial y los planes integrados de ordenamiento de la tierra y de uso del agua, basados en la utilización sostenible de los recursos renovables y en la evaluación integrada de los recursos socio-económicos y ambientales.

En el necesario camino hacia la efectiva defensa de nuestras masas forestales nativas, además de promover la sostenibilidad agropecuaria, habrá también que analizar aspectos que hacen al aprovechamiento forestal y en tal dirección, tomando en consideración el actual estado de conservación de la riqueza forestal nativa, emergen la restauración y las estrategias de protección in-situ como objetivos prioritarios.

La dasonomía pone a nuestra disposición las herramientas para que la restauración y el aprovechamiento cumplan las condiciones mínimas de una gestión racional: persistencia, renovabilidad y máximo de utilidades y servicios. Pero la posibilidad real de emplear tales herramientas requerirá en el corto plazo de un significativo aumento de las áreas protegidas en los ecosistemas forestales.

De no revertir las actuales tendencias, nos encontramos a pocas décadas de la desaparición de las masas forestales físicamente accesibles de nuestro país. No se puede perder un minuto más. La cuenta regresiva está corriendo hacia una meta que se sitúa a menos de un ciclo de nuestras especies nativas. Queda pues, trabajar por hacer realidad un modelo de desarrollo forestal sostenible mediante una tarea planificadora “donde prime el bosque sobre el árbol, donde se revalorice la función y donde se descarte el viejo paradigma del bosque como unidad de gestión, ya que no resulta posible tomarlo aislado de su entorno socio-espacial; ni limitar su importancia a su capacidad productiva en términos económicos convencionales”.[2]

Las masas forestales nativas constituyen un elemento esencial de nuestra heredad natural y su destino hace al destino del país. Recobrando nuestro sentido de responsabilidad con las generaciones presentes y futuras, asumamos la tarea histórica de frenar e invertir el incesante proceso deforestador, evitando que nuestro principal legado resulte un país donde la ecología se deteriora, la economía declina y la sociedad se desintegra.

 

NOTAS

[1] da Fonseca, Gustavo A. B., et al. No Forest Left Behind. PLoS Biology, vol. 5, no. 8. pp. 1645.

[2] Madrigal Collazo, Alberto

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