Carlos MERENSON

Es en el mundo industrializado, donde nació y se forjo la superideología productivista; donde el consumo dejó de ser la manera en la que se satisfacen necesidades esenciales o básicas para transformarse en un objetivo en sí mismo; donde el crecimiento se tornó obsesión, viviendo muy por encima de la propia biocapacidad (América del Norte; Europa y Asia, muestran balances deficitarios en sus relaciones entre huella ecológica y biocapacidad) cubriendo sus déficit ecológicos con economías de rapiña en épocas coloniales o su actual modelo neocolonial extractivista; es en ese mundo donde la ecología política es capaz de describir analíticamente el sistema socioeconómico imperante y -a partir de ello- describir una sociedad diferente, prescribir acciones particulares dentro de ella y buscar formas de motivarnos a emprender tales acciones, las condiciones que Andrew Dobson propone como básicas para otorgar el carácter de ideología global a una determinada corriente de pensamiento.

No ocurre lo mismo al sur del sistema-mundo productivista donde la ecología política aún se mantiene como un campo en construcción, afrontando el gran desafío de lograr desarrollar un planteo que, sin hacerle perder su coherencia interna -desde la aceptación de límites biofísicos para el crecimiento hasta su antiproductivismo- sea capaz de interpretar la compleja realidad que es inherente a la omnipresente injusticia ecosocial; injusticia que define un escenario que se torna absolutamente refractario frente a las clásicas propuestas del ecologismo político, como poner en tela de juicio una aspiración de la mayoría de la gente de aumentar al máximo el consumo de objetos materiales; o plantear el abandono del objetivo del crecimiento ilimitado; o plantear el respeto por las advertencias y señales que parten de la sabiduría ecológica; o la necesidad de recurrir al verdadero concepto de sostenibilidad en los procesos de toma de decisiones; o la importancia que hoy tiene debatir sobre las consecuencias de los límites biofísicos al crecimiento y lo anacrónico del desarrollismo productivista y consumista.

Sin poner fin al insostenible modelo del norte, ningún país del sur podrá ni siquiera soñar con construir una sociedad convivencial y verdaderamente sostenible. Ningún cambio verdadero podrá darse en ellos, si antes no ocurren cambios radicales en el mundo industrializado; mundo que hoy ha comenzado a dar claras señales de agotamiento.

EL PESCADO COMIENZA A PUDRIRSE POR LA CABEZA

Entre otros impactos, la pandemia de COVID-19 ha tenido el efecto de acelerar el proceso de decadencia en el que ya se encontraba el mundo industrializado. Proceso que queda en evidencia con la escandalosa simulación e hipocresía a la que se ven forzados los defensores del statu quo para mantener, como ideas hegemónicas, a la mercadolatría; la tecnolatría y la cultura productivista. Aquellos que le dan lecciones de ética y moral al mundo mientras mantienen para sí amañadas “democracias” o no dudan en violar los más elementales derechos humanos so pretexto de defenderlos, son los mismos que, profundizado las dos contradicciones fundamentales (capital-trabajo y capital-naturaleza) hoy se ven obligados a iniciar una verdadera lucha por la subsistencia de la cultura productivista.

Las crisis ecosociales antropógenas se originan en el opulento e insostenible modo de vida de los países industrializados y en la forma en que ese modo de vida influye en los países periféricos, donde sus élites viven de igual manera condenando a las grandes mayorías a padecer las consecuencias de un modelo que marcha hacia un inevitable colapso.

Tan solo ayer, en términos históricos, la opción para los países periféricos era liberación o dependencia; y sin que esta lucha haya sido resuelta, hoy la humanidad toda se ve obligada a luchar por la supervivencia, a tener que optar entre evolución o decadencia.

EL ECOLOGISMO EN EL SUR

En los países del sur, la prédica del ecologismo sucumbe frente a un discurso común a todo el ancho espectro de la política tradicional; a economistas, financistas, empresarios y sindicalistas; un discurso que en la sociedad en general se ha transformado en una común obsesión: el crecimiento económico. Cuánto crecemos, por qué no crecemos, cuándo volveremos a crecer, cuál es la mejor fórmula para que el sacrosanto producto bruto interno se dispare hasta el infinito. En el imaginario colectivo, poco y nada es lo que puede influir la ecología política frente a la obsesión por el crecimiento y la teoría del derrame de la riqueza, con el que justifican ajustes tras ajustes y todas y cada una de las aventuras extractivistas en las que se embarcan los gobiernos de turno y todo ello pese a que el crecimiento nunca logra hacer pie y el derrame nunca llega.

Es así como el campo de acción de la ecología política queda prácticamente restringido a multiplicar esfuerzos por ayudar a los pueblos a prepararse para sobrevivir a las graves consecuencias de la alocada carrera hacia la autodestrucción. Una carrera que les ha sido impuesta con la dupla endeudamiento-extractivismo que los condena y obliga a la dependencia perpetua; allí se encuentra el origen de la crisis ecosocial, la que nos hace pagar las consecuencias del insostenible proceso crecimientista del mundo industrializado.

La estrategia del ecologismo en el sur pasa por enfatizar lo obvio, por advertir sobre lo errado que resulta admirar e intentar infructuosamente copiar -una y otra vez- el insostenible modelo de los países del “primer mundo”; sobre lo errado de insistir -tercamente- en la misma receta extractivista. Le toca al ecologismo en el sur poner en evidencia las relaciones existentes entre la cultura productivista y las crisis ecosociales. Todo ello sabiendo que, si el ecologismo no logra concretar un verdadero cambio en los países industrializados, la tarea en el sur resultará inconducente.

Mientras se mantengan las presiones combinadas de la demanda de commodities y el pago de las impagables deudas externas, la prédica del ecologismo en el sur será resistida y desoída, no solo por los eventuales gobiernos títeres del neoliberalismo de turno o por aquellos gobiernos nacionales, populares y progresistas, indisolublemente atados a un anacrónico desarrollismo; sino también y fundamentalmente por la gente y si no es la gente la que quiere cambiar la sociedad, no se efectuará en ella ningún cambio real y menos un cambio radical.

Es entonces que resulta urgente y necesario orientar el accionar político del ecologismo hacia las comunidades locales con el objeto de ayudarlas a prepararse para responder a las inevitables presiones conjuntas que -crecientemente- ejercen el cambio climático, la reducción de combustibles fósiles y el aumento de la contracción económica.

Prioritariamente, el ecologismo en el sur debe dirigir su accionar político a constituir un nuevo sistema de relaciones sociales, en el cual, un número cada vez mayor de personas, tome parte activa en la construcción de un modelo convivencial y verdaderamente sostenible, única manera de dejar en obsolescencia el modelo hegemónico y ello implica, tal como lo propone Ted Trainer, que la principal estrategia del ecologismo político debería ser la de ir construyendo en las entrañas mismas de la sociedad, el sistema alternativo. He ahí el reformismo radical: desarrollar nuevos sistemas locales, de pequeña escala y participativos.

Frente al campo productivista –en el que se desenvuelven las organizaciones políticas tradicionales– se abre un nuevo campo: el campo verde, que, sin ser aun cuantitativamente numeroso, atesora el poder trasformador de una nueva ideología para este nuevo siglo XXI: la ecología política. Es en el campo verde donde se encuentran las diferentes expresiones antiproductivistas como el ecologismo político, el ecofeminismo, el ecopacifismo, el ecosocialismo, el ecologismo profundo y el indigenismo.

Por otra parte existen corrientes de pensamiento que hoy se encuadran en el campo del productivismo pero que pueden coincidir en muchos de sus análisis críticos y propuestas con las corrientes antiproductivistas, tal como, entre otras: las corrientes ético-religiosas que han recogido el potente mensaje de la Carta Encíclica Laudato si´; los movimientos sociales; algunas expresiones del ambientalismo reformista que se expresa mayoritariamente en las organizaciones no gubernamentales ambientalistas; aquellos que trabajan para instalar la agenda ambiental al interior de partidos y movimientos progresistas nacionales y populares que aún no han logrado despojarse del utopismo productivista y las organizaciones defensoras de los derechos humanos.

Hacer realidad las propuestas del ecologismo requerirá de la construcción de un amplio movimiento sociopolítico de nuevo signo, que emerja de la unidad del campo verde.

Rechazando los sectarismos, respetando la pluralidad y la singularidad de sus componentes, el movimiento del ecologismo político debe convocar y albergar a una amplia confluencia política, social y cultural. Un movimiento sociopolítico, a manera de una cooperativa política, capaz de diseminar ideas y propuestas; producir contenidos políticos, difundirlos y adoptar estrategias comunes. Una cooperativa movimientista en el que no puede haber lugar para una burocracia que actué de arriba hacia abajo, basándose en un núcleo donde se toman las decisiones y se imparten directivas hacia aquellos que únicamente obedecen. El movimiento ecologista político debe construirse de tal manera que haga inviable la imposición de ideas por la fuerza, sin respeto por los diferentes o los discrepantes. Si pensamos que luchamos por construir una sociedad sostenible debemos tener en claro que, tal como lo propone Fritjof Capra: …la sostenibilidad no es una propiedad individual, sino una red completa de relaciones que implica a la comunidad como un todo.

NOTA AL MARGEN: EL CAMPO VERDE EN ARGENTINA

En el artículo FRANCISCO, PERÓN Y EL ECOLOGISMO publicado en La (Re) Verde en febrero 2019 se identifican las coincidencias existentes con la ecología política por parte de dos doctrinas. Por un lado, la ecoperonista[1],  cuyos puntos de referencia pueden encontrarse en la temprana propuesta de Perón de 1949: “La Comunidad Organizada“; en el “Mensaje a los Pueblos y Gobiernos del Mundo“; la carta de Perón dirigida al Secretario General de las Naciones Unidas, Kurt Waldheim; el Mensaje a la IV Conferencia de Países no Alineados, realizada en Argel en septiembre de 1973 y su obra póstuma: “El Modelo Argentino para el Proyecto Nacional” y por otro lado, también son destacables las coincidencias con la doctrina ecosocial del Papa Francisco[2], cuyos puntos de referencia pueden encontrarse en las Cartas Encíclicas Laudato si´ y Fratelli tutti. Son estas coincidencias las que invitan a pensar en la posibilidad de sumar voluntades con el objetivo común de cambiar nuestro insostenible rumbo actual, bajo principios básicos como los de justicia ecosocial, democracia participativa, no violencia, sabiduría ecológica, sostenibilidad y respeto por la diversidad. Coincidencias indispensables para construir un nuevo espacio autónomo en el paisaje político argentino.


[1] Ver: Ecología Política: el legado no asumido – LA (RE) VERDE (laereverde.com)

[2] Ver: ENCÍCLICA LAUDATO SI´Y ECOLOGÍA POLÍTICA: Una conversación necesaria y urgente – LA (RE) VERDE (laereverde.com)