Carlos Merenson

Claudio Scaletta ha publicado un artículo titulado Piedras contra el Desarrollo en Le Monde a propósito del repudiable ataque sufrido por el Presidente de la Nación y su comitiva en oportunidad de visitar la provincia de Chubut.

El autor del mencionado artículo atribuye el ataque a movimientos ecologistas extremos sobre los que después analiza críticamente su pensamiento, sus ideas y a los que identifica, indistintamente, como ambientalistas o ecologistas. Sobre tales afirmaciones y a manera introductoria, creo conveniente aclarar que:

  1. No se pueden confundir ambos calificativos en tanto ambientalistas y ecologistas no pertenecen a una misma familia de ideas. Mientras el ecologismo es una ideología, el ambientalismo no lo es en absoluto. Confundir ambos términos, usarlos como sinónimos resulta un grave error intelectual.
  2. El ecologismo hace de la no-violencia uno de sus seis principios básicos acordados a nivel mundial con lo cual lejos está de ser ecologista alguien que arroja piedras contra sus congéneres. Aclaración que considero válida porque el autor califica inicialmente de ecologistas extremos a quienes protagonizaron los hechos de Chubut, pero luego sigue refiriéndose a ellos sin tal calificativo.

Otra necesaria aclaración introductoria a esta respuesta al artículo mencionado en un principio es la de destacar que la misma se formula desde la visión que proyecta la ecología política sobre los temas tratados.

Tras una detallada enumeración de actividades de la producción el autor afirma que el enemigo común y general de las corrientes ambientalistas es la producción a escala y la técnica aplicadas para lograr un aumento de la productividad y la competitividad. O dicho de manera menos técnica: “lo pequeño y artesanal es hermoso”, y lo “grande y tecnológico es horrible”, volteada en la que caen desde la producción de energía y metales hasta la agricultura moderna.

De lo anterior concluye que: Frente a estos planteos, la sensación de casi cualquier economista, ortodoxo o heterodoxo se parece a la del científico frente a los defensores del dióxido de cloro: ese sentimiento de pesadumbre que suele provocar tener que explicar los conceptos más elementales y evidentes, que se suponía todos daban por descontados, partiendo de cero. ¿En serio hay que explicar que la productividad importa, que crecer es bueno y que se necesita exportar para incluir?

Lo primero que me pregunto es si es cierto que los economistas heterodoxos estarían incluidos entre los que experimentan la frustración del economista Scaletta, a menos que no considere economistas a los bioeconomistas o economistas ecológicos.

Lo segundo es que debo confesar que la sensación de frustración profesional que experimenta el autor es idéntica a la que me invade al leer su artículo. Es el mismo sentimiento de pesadumbre, pero no por tener que explicar conceptos elementales y evidentes que se daban por descontados, sino por tener que explicar conceptos que nunca fueron siquiera contemplados por la “ciencia” económica de la corriente principal en la que abreva y tener que hacerlo partiendo de cero.

¿En serio hay que explicar que desarrollo no es sinónimo de crecimiento? ¿En serio hay que explicar que no hay revolución tecnológica que pueda ignorar las inflexibles leyes de la termodinámica; ignorar las leyes de la ecología científica o hacer realidad un crecimiento infinito en un planeta de recursos finitos? ¿En serio hay que explicar que la productividad importa según la razón que la impulsa?

En primer lugar resulta necesario aquí no confundir productividad con productivismo, este último definido como la creencia en que las necesidades humanas sólo se pueden satisfacer mediante la permanente expansión del proceso de producción y consumo, transformados en el fin último de la organización social. Es al productivismo y la razón que lo impulsa a lo que se opone el ecologismo.

Incluso para quién manifiesta prejuicios sobre la visión anticientífica de ambientalistas/ecologistas convendría que hiciera una diferenciación en materia de productividad introduciendo en el análisis los transumos, entendidos como los flujos de energía y materiales a través de nuestros sistemas productivos, ellos son, en última instancia, los que permiten definir productividad, eficiencia y sostenibilidad en términos muy diferentes al reduccionismo que manifiestan algunos economistas.

La real eficiencia y la sostenibilidad en un sistema de producción, particularmente en un sistema agrícola, se mide por el retorno de energía en relación a la energía invertida y es en la agricultura intensiva actual, a la que el autor del artículo que nos ocupa califica como agricultura moderna, en la que más del 95% de las entradas energéticas externas proviene de la quema de combustibles fósiles, de tal manera que, cuando consumimos productos agrícolas o carne originadas en prácticas agroindustriales, la mayoría de la energía bioquímica que ingerimos no procede del sol, sino del petróleo. La agricultura tradicional llegaba a alcanzar rendimientos de 1:50, es decir que por cada unidad de caloría externa distinta a la solar se llegaban a obtener 50 calorías de alimentos; mientras que el sistema agroalimentario estadounidense -tomado en conjunto– funciona con un balance energético de 10:1 es decir que para poner 1 caloría de alimentos sobre la mesa se invierten 10 caloría petrolíferas. Esto es el verdadero concepto de productividad y sostenibilidad tan ignorado por economistas y tan presente en el pensamiento ecologista.

Al abordar estos temas, Jorge Riechmann menciona que: …el pensador socialdemócrata alemán Erhard Eppler, uno de los pioneros en la reflexión ecologista desde comienzos de los años setenta, ha indicado que quizá el acontecimiento más importante de la historia moderna haya sido la liberación de la economía de todas las ataduras sociales, políticas y morales. Tras esta “revolución” teórica -consumada en simultaneidad con los comienzos de la Revolución Industrial-, se consideró que el desarrollo y el crecimiento de la economía sólo había de responder a sus propias leyes: a sus criterios de productividad, eficiencia y rentabilidad. La crisis ecológica muestra a las claras los desastrosos efectos de esa violencia teórica y de las prácticas que la acompañaron. Digo violencia porque ninguna actividad económica se agota en su dimensión de productividad y rentabilidad, sino que tiene siempre, al menos otras dos dimensiones: una dimensión ecológica y una dimensión social. “Ahora se puede demostrar que la humanidad en su conjunto, si desea sobrevivir, no puede permitirse por más tiempo una economía que, en vez de tres dimensiones, solamente está preparada para reconocer la existencia de una dimensión.

Cuando permanentemente se elevan loas al crecimiento económico y acríticamente se lo tilda de bueno se transita la senda del crecimientismo que ha conducido a muchos economistas a adquirir una visión distorsionada del mundo en tanto dicha visión no tendría sustento alguno si se viera al mundo tal cual es. Entre tales distorsiones se encuentra aquella de imaginar que los procesos de producción se llevan a cabo dentro de un ciclo cerrado y en aislamiento total del mundo natural al que solo se considera como proveedor inerte. Es esa visión la que desemboca en una inconsistencia deliberada como la de desarrollar sus teorías como si existiera una separación entre economía y naturaleza, llegando en su afán por economizar la naturaleza al absurdo de considerar a la economía como si fuera un sistema cerrado que incluye a la naturaleza como un subsistema abierto. Pero el como sí que los caracteriza no puede transformar la realidad: en sus dimensiones biofísicas, la economía es un subsistema abierto del ecosistema terrestre que es: finito, no creciente y materialmente cerrado donde, obviamente, ninguno de sus subsistemas puede crecer infinitamente ni rebasar los límites biofísicos sin graves consecuencias, tal como lo pretenden algunos economistas.

No se necesita aquí recurrir a referentes del ecologismo político para ilustrar sobre la cuestión de los límites al crecimiento. En Laudato si´, el Papa Francisco se refiere a esa cuestión en los siguientes términos:

Ya se han rebasado ciertos límites máximos de explotación del planeta, sin que hayamos resuelto el problema de la pobreza. (n. 27)

…la idea de un crecimiento infinito o ilimitado, que ha entusiasmado tanto a economistas, financistas y tecnólogos. Supone la mentira de la disponibilidad infinita de los bienes del planeta, que lleva a «estrujarlo» hasta el límite y más allá del límite. Es el presupuesto falso de que «existe una cantidad ilimitada de energía y de recursos utilizables, que su regeneración inmediata es posible y que los efectos negativos de las manipulaciones de la naturaleza pueden ser fácilmente absorbidos. (n. 106)

Por su parte Perón, en el Mensaje a los Pueblos y Gobiernos del Mundo afirma que:

…los recursos naturales resultan agotables y por lo tanto deben ser cuidados y racionalmente utilizados por el hombre…La humanidad está cambiando las condiciones de vida con tal rapidez que no llega a adaptarse a las nuevas condiciones.  Su acción va más rápido que su captación de la realidad y el hombre no ha llegado a comprender, entre otras cosas, que los recursos vitales para él y sus descendientes derivan de la naturaleza y no de su poder mental.  De este modo, a diario, su vida se transforma en una interminable cadena de contradicciones…Lo peor es que, debido a la existencia de poderosos intereses creados o por la falsa creencia generalizada de que los recursos naturales vitales para el hombre son inagotables, este estado de cosas tiende a agravarse.

Pero, lamentablemente, para algunos economistas, la economía funciona no solo como si fuera un sistema cerrado sino también como si en tal sistema se pudiera volver al momento inicial sin dejar huella, lo cual se traduce en el modelo de flujo circular de la renta, un equivalente a nuestro sistema circulatorio. Pero aquí también el como si no puede transformar la realidad en la cual la economía funciona de una manera asimilable al sistema digestivo con las etapas de extracción, producción, distribución, consumo y disposición.

Es en medio de tal irrealidad que algunos economistas consideran que, a través de la inversión, la mayor productividad y la acumulación de riqueza individual es como la sociedad logra un proceso de continua mejora y que la mejora de la sociedad es equivalente a la producción de riqueza material de donde concluyen que la producción de bienes constituye el centro de la economía. Es a partir de todo lo anterior que asumen al crecimiento económico como sinónimo del bienestar y se sumergen en el ideal de una sociedad crecimientista adoptando al crecimiento económico como su objetivo primordial; crecimiento que además miden con un pobre y perverso indicador como lo es el Producto Interior Bruto. Todo bastante alejado de la definición que nos dejara el padre de la bioeconomía, Nicholas Georgescu-Roegen para quien: …la economía es una ciencia que se ocupa de la especie humana que vive en sociedad dentro de un ambiente finito, o no es nada.

Para la lógica del crecimientismo, más es siempre mejor; como si el plantea tuviera infinita capacidad de carga, infinitos recursos naturales e infinita capacidad de asimilación de deshechos.

Un error fundamental en la lógica crecimientista es ignorar absolutamente el problema del agotamiento de los recursos y la pérdida de los servicios ambientales estos últimos muchas de un valor superior al de los propios recursos naturales, en tanto no solo son los que hacen posible la actividad económica sino la vida misma.

Algunos economistas desarrollan sus teorías como si los recursos, en lo que se refiere a materiales y energía fueran inagotables; como si el crecimiento en el nivel global de la economía pudiera continuar eternamente y como si la sustitución de un material o una forma de energía por otra pudieran continuar indefinidamente aun cuando, en la realidad, las reservas totales son limitadas.

Con el objeto de sostener tales inconsistencias, algunos economistas, apoyados en el supuesto de la sustitución sin fin entre las diferentes formas de capital postularon que el capital económico puede sustituir al capital natural y que, si se suma a lo anterior las bondades del cambio tecnológico, se puede entonces pensar en una explotación ilimitada de los recursos naturales. En esa dirección se inscribe la sorprendente afirmación de Robert Solow en Intergenerational equity and exhaustible resources referida a que: El mundo puede continuar de hecho sin recursos naturales, de manera que el agotamiento de recursos es una de aquellas cosas que pasan, pero que no es una catástrofe.

Esta manifiesta falta de reconocimiento de la dependencia de la economía humana respecto de los recursos naturales y de los servicios ambientales que soportan toda la vida sobre el Planeta y protegen la salud se encuentra muy bien ejemplificada por Lester Brown en Plan B cuando afirma que el progreso incesante está restringido hoy, no por el número de barcos de pesca disponibles, sino por la extinción de los peces; no por la cantidad y potencia de las bombas, sino por el agotamiento de los acuíferos y no por la cantidad de motosierras que se puedan disponer, sino por la desaparición de los bosques. O por Herman Daly cuando afirma que: El hecho de tener dos o tres veces más sierras y martillos no nos permite construir una casa con la mitad de madera. 

El crecimientismo es el que impulsa una economía no sincronizada con los ecosistemas de los que depende y ello no puede augurar otra cosa que un colapso civilizatorio que ni la tecnolatría ni la mano invisible lograran evitar.

Un tema central que no debe ser pasado por alto es el referido a la afirmación de Scaletta según la cual las corrientes cuestionadas por el autor …se inspiran en la idea del “decrecimiento” importada acríticamente de los países de Europa, que ya explotaron sus recursos naturales y completaron su ciclo industrial agregando que, para desarrollarse, Argentina necesita más agricultura, más hidrocarburos y más minería.

Que gran paradoja. Según Scaletta, Argentina necesita todo lo que marcha a contramano de la sostenibilidad. Más insostenible agricultura moderna (ver https://laereverde.com/2019/11/23/el-insostenible-modelo-agroindustrial/); más hidrocarburos en plena transición energética y más insostenible minería, que ha acompañado a los países de la región durante más de quinientos años de desarrollo frustrado.

Para desarrollarse, lo que Argentina necesita, entre otras cosas, es más agroecología y más energías renovables y limpias. Lo que necesita, como lo plateara Perón en la década del año 1970 es …cuidar nuestros recursos naturales con uñas y dientes de la voracidad de los monopolios internacionales que los buscan para alimentar un tipo absurdo de industrialización y desarrollo en los centros de alta tecnología donde rige la economía de mercado.  A partir de lo que advertía que …de nada vale que evitemos el éxodo de nuestros recursos naturales si seguimos aferrados a métodos de desarrollo, preconizados por esos mismos monopolios, que significan la negación de un uso racional de aquellos recursos.

Corresponde aclarar aquí que las ideas del decrecimiento, o mejor, del a-crecimiento, son propias del ecologismo y están muy lejos de haber sido importadas acríticamente; como si lo han sido las ideas crecimientistas nacidas a partir de las muy europeas ideas de Adam Smith y de esa pléyade de mentores ideológicos nacidos al calor de la Primera Revolución Industrial; ideas a las que son tan afectos muchos economistas vernáculos.

Con el eslogan del decrecimiento el ecologismo plantea la necesidad de abandonar el objetivo del crecimiento ilimitado, cuyo motor no es otro que la búsqueda de la ganancia por los poseedores del capital y cuyas consecuencias son desastrosas para el ambiente y, por lo tanto, para la humanidad.

Para el ecologismo resulta urgente y necesario dar inicio en el mundo industrializado a un acelerado proceso de decrecimiento en tanto han sobrepasado sus biocapacidades e incluso han hecho y hacen usufructo de la biocapacidad del mundo en desarrollo; mientras que, en forma paralela, existe la urgente necesidad de los países en desarrollo de crecer sin imitar los insostenibles modelos de los países industrializados y rompiendo las trampas del extractivismo. La casa común que habitamos tiene una capacidad de carga que debemos respetar y ello significa decrecer para los que han excedido tal capacidad y crecer hasta alcanzarla para los que no lo han hecho.

Sobre una de las afirmaciones que se formulan en el artículo, la referida a que en la historia del capitalismo los desafíos ambientales siempre fueron resueltos mediante las revoluciones tecnológicas, es necesario aquí también arrancar de cero, al intentar dar una respuesta frente a tanto optimismo tecnocrático, razón por la que considero conveniente transcribir lo expresado en un reciente artículo que publiqué bajo el título: El desarrollismo en el pensamiento nacional: una mirada desde la ecología política (https://laereverde.com/2021/03/21/el-desarrollismo-en-el-pensamiento-nacional-una-mirada-desde-la-ecologia-politica/)

El primer axioma: siempre la ciencia y la tecnología encontraran una solución a los problemas ambientales.

Se trata de una verdad axiomática sobre la que pivotea la subvaloración de la dimensión ambiental y que conduce a pensar que el ambiente no impone límites para el crecimiento ya que es posible agotar lo que hoy consumimos y contaminar lo que hoy contaminamos, porque antes de llegar a puntos irreversibles, el progreso tecnológico encontrará o inventará los sustitutos o solucionará los efectos contaminantes.

Encandilados por la fascinación tecnológica parecen no advertir que nada permite considerar al avance científico-técnico virtuoso por naturaleza. Que no se puede depositar una fe ciega en la tecnología ni espera que las soluciones tecnológicas -por sí solas– logren dar respuesta a la crisis sistémica que enfrentamos. Un muy buen ejemplo lo encontramos con la Identidad Kaya que nos permite demostrar que alcanzando las más optimistas mejoras en materia de sustitución de fuentes energéticas y aumentos de la eficiencia en el uso de la energía; si no se resuelven las variables sociales (crecimiento poblacional y modelo económico crecimientista) las emisiones de gases efecto invernadero aumentan de manera exponencial.

Sobre el particular resulta ilustrativo el pensamiento de Perón cuando afirma que: El ser humano, cegado por el espejismo de la tecnología, ha olvidado las verdades que están en la base de su existencia.  Y así, mientras llega a la Luna gracias a la cibernética, la nueva metalurgia, combustibles poderosos, la electrónica y una serie de conocimientos teóricos fabulosos, mata el oxígeno que respira, el agua que bebe y el suelo que le da de comer, y eleva la temperatura permanente del medio ambiente sin medir sus consecuencias biológicas.   Ya en el colmo de su insensatez, mata al mar que podía servirle de última base de sustentación.

Por su parte, al referirse a la globalización del paradigma tecnocrático el Papa Francisco en Laudato si´ afirma que: …aun las mejores iniciativas pueden terminar encerradas en la misma lógica globalizada. Buscar sólo un remedio técnico a cada problema ambiental que surja es aislar cosas que en la realidad están entrelazadas y esconder los verdaderos y más profundos problemas del sistema mundial.

En definitiva, frente al optimismo tecnológico cabe advertir que existen límites biofísicos para el crecimiento; que las soluciones tecnológicas no pueden ayudar a realizar el sueño imposible de un crecimiento infinito dentro de un sistema finito; que ninguna teoría económica y menos científica puede ignorar la entropía energética e incluso material (concepto este último desarrollado por el padre de la bioeconomía Nicholas Georgescu-Roegen); que aumentar la eficacia conduce a un aumento del consumo (Paradoja de Jevons); que en la práctica, en la formula ideologémica: I+D+i, la innovación en realidad ha sido sustituida por mercado con las consecuencias que ello comporta y que, en definitiva, la inmensa complejidad de los sistemas de la Tierra define que nuestros intentos de hacer frente a los problemas ambientales resulten superficiales y sumamente peligrosos. Aquí también resulta ilustrativo el comentario del Papa Francisco

La tecnología que, ligada a las finanzas, pretende ser la única solución de los problemas, de hecho, suele ser incapaz de ver el misterio de las múltiples relaciones que existen entre las cosas, y por eso a veces resuelve un problema creando otros.

Esperando que el autor del artículo que nos ocupa no considere como importación acrítica de ideas europeas traer aquí citas del Papa Francisco entiendo conveniente recurrir a alguna de sus afirmaciones, como en otros casos citar a Perón, por el valor que reviste el pensamiento de quienes, no siendo ecologistas, perciben con absoluta claridad la raíz común de los problemas y desafíos que nos toca enfrentar.  Algunas de las ideas planteadas por ellos nos permiten dar claras respuestas a los interrogantes que deja flotando el economista Scaletta como, por ejemplo, cuando en Laudato si´ el papa Francisco afirma que:

Para que surjan nuevos modelos de progreso, necesitamos «cambiar el modelo de desarrollo global», lo cual implica reflexionar responsablemente «sobre el sentido de la economía y su finalidad, para corregir sus disfunciones y distorsiones». No basta conciliar, en un término medio, el cuidado de la naturaleza con la renta financiera, o la preservación del ambiente con el progreso. En este tema los términos medios son sólo una pequeña demora en el derrumbe. Simplemente se trata de redefinir el progreso. Un desarrollo tecnológico y económico que no deja un mundo mejor y una calidad de vida integralmente superior no puede considerarse progreso. Por otra parte, muchas veces la calidad real de la vida de las personas disminuye –por el deterioro del ambiente, la baja calidad de los mismos productos alimenticios o el agotamiento de algunos recursos– en el contexto de un crecimiento de la economía. En este marco, el discurso del crecimiento sostenible suele convertirse en un recurso diversivo y exculpatorio que absorbe valores del discurso ecologista dentro de la lógica de las finanzas y de la tecnocracia, y la responsabilidad social y ambiental de las empresas suele reducirse a una serie de acciones de marketing e imagen.

El principio de maximización de la ganancia, que tiende a aislarse de toda otra consideración, es una distorsión conceptual de la economía: si aumenta la producción, interesa poco que se produzca a costa de los recursos futuros o de la salud del ambiente; si la tala de un bosque aumenta la producción, nadie mide en ese cálculo la pérdida que implica desertificar un territorio, dañar la biodiversidad o aumentar la contaminación. Es decir, las empresas obtienen ganancias calculando y pagando una parte ínfima de los costos. Sólo podría considerarse ético un comportamiento en el cual «los costes económicos y sociales que se derivan del uso de los recursos ambientales comunes se reconozcan de manera transparente y sean sufragados totalmente por aquellos que se benefician, y no por otros o por las futuras generaciones». La racionalidad instrumental, que sólo aporta un análisis estático de la realidad en función de necesidades actuales, está presente tanto cuando quien asigna los recursos es el mercado como cuando lo hace un Estado planificador.

No dedicaré más tiempo al análisis de otra importante cantidad de juicios y prejuicios que se exponen en el artículo que nos ocupa, en tanto excede el alcance de una respuesta, pero quiero destacar que, a mi entender, el artículo en cuestión tiene el valor de instalar un urgente y necesario debate que nos debemos en función de los graves desafíos ecosociales que se plantean ante nosotros a los que no podremos dar respuesta si seguimos tercamente aferrados a paradigmas y axiomas que han perdido toda vigencia.