Carlos Merenson

Las crecientes y graves consecuencias del cambio climático o de la degradación y perdida de los componentes de la diversidad biológica; la crisis del modelo energético fosilista y el imparable proceso de concentración de la riqueza; interactuando y reforzándose mutuamente, están destruyendo los sistemas naturales de la Tierra y los tejidos sociales de la humanidad configurado una crisis ecosocial global que amenaza transformarse en crisis civilizatoria y si bien han sido las decisiones motorizadas por las elites del poder las que condujeron al actual estado de cosas, no poca responsabilidad les cabe a las tecnoburocracias, esa pléyade de “especialistas”, siempre prestos para justificar lo injustificable o convertir en sostenible lo intrínsecamente insostenible entre ellos, quizás los más notables: algunos de los economistas de la corriente principal, particularmente los fundamentalistas de mercado a los que calificaremos mejor como nothoeconomistas.[1]

Como la visión geocéntrica del universo, la visión de estos escuderos de las elites del poder, cuya «sabia» palabra iluminaba el camino del imparable progreso de la humanidad, desde los días de Adam Smith hasta nuestros días, se ha transformado en un gran escollo para entender el mundo que habitamos. Han creado una economía que está fuera de sincronización con el ecosistema terrestre del que depende y su teoría e indicadores no pueden explicar cómo y por qué está alterando y destruyendo los sistemas naturales de la tierra y menos aún pueden explicar la manera en la que se puede salir de la crisis ecosocial que han globalizado.

Su formación académica se lo impide. Ella, como lo afirmara Stiglitz (a manera de autocrítica) es fiel testimonio del triunfo de la ideología sobre la ciencia. Ella, no les permite comprender que la economía es una ciencia que se ocupa de la especie humana que vive en sociedad dentro de un ambiente finito, o no es nada (Georgescu-Roegen, 1993).

Los nothoeconomistas se sitúan en las antípodas de la verdadera ciencia económica. Sus modelos, inspirados por la razón productivista, los impulsan a cuantificar todos los procesos en términos monetarios, a transformar la economía en el reino de las variables cuantitativas reducido su objeto al estudio del dinero, a analizar mercados y formación de precios, a manejar agregados económicos monetizados como el PIB y la renta per cápita; en definitivaa lavaloración del dinero por el dinero mismo conduciendo a la ciencia económica a involucionar hacia formas propias de la crematística.[2]

Aferrados al anacrónico paradigma mecanicista y a los fundamentos centrales del darwinismo social extirparon la moral de la teoría económica al considerar que la búsqueda del interés individual/egoísta es la única manera en la que se puede generar un orden social armónico. Centrando la atención en el empleo de modelos matemáticos -cerrados e inflexibles- se sumergieron la ciencia económica en un mundo irreal.

Tal como los sostiene Ugo Bardi (2011) se puede comparar el pensamiento de aquellos que hace mucho tiempo atrás imaginaban que los ángeles eran los que empujaban a los planetas; con el pensamiento de los economistas que pensaban en la “mano invisible” que todo lo ordena. Pero, mientras que los astrónomos ya no piensan en ángeles, los nothoeconomistas siguen firmes con su pensamiento mágico.

Lo cierto es que, en su posición hegemónica, caracterizada por el escaso o nulo diálogo interdisciplinario, ignorando o prefiriendo ignorar los principales desarrollos de las diversas escuelas de pensamiento o los avances registrados en las ciencias sociales y en las biológicas, particularmente los enormes avances en la física, el surgimiento de la bioeconomía/economía ecológica y de la ecología política, los nothoeconomistas continúan -tercamente- aferrados a axiomas que han sido absolutamente refutados por los hechos.[3]

De esta manera, la teoría económica se ha convertido en el reino del “como si”. En ella todo funciona como si lo imposible fuese posible. Como si las leyes de la termodinámica y las leyes biológicas no existieran. Nunca mejor aplicado al caso de la teoría económica del productivismo el juicio expresado por Arthur Stanley Eddington: si se encuentra que está en contra de la Segunda Ley de la Termodinámica no te puedo dar ninguna esperanza, lo único que tu teoría puede hacer es colapsar en la más profunda humillación. (1935: 81)

Estos nothoeconomistas han adquirido una forma invertida de ver el mundo y ello como consecuencia de la necesidad de fundamentar el crecimientismo, que no tendría sustento alguno si se viera al mundo tal cual es; un mundo en el que la economía está muy lejos de ser el sistema mayor y de ser un sistema cerrado, tal como ellos piensan. Un mundo en el que los agentes económicos no siempre se comportan racionalmente; donde no solo lo escaso tiene valor; donde no todo puede ser entendido como un mercado ni donde los mercados siempre optimizan los resultados. 

Ha llegado la hora en la que muchos -particularmente quienes se asumen como dirigentes políticos- deberían preguntarse, tal como lo hace Ramón Alcoberro (2009), si el agente económico ideal, esta abstracción conceptual, este modelo de comportamiento humano que representa el homo economicus sobre cuyas “virtudes” calculadoras y egoístas descansa la racionalidad de toda la teoría económica moderna no cae en realidad en la categoría de idiota moral. Deberían preguntarse si tales virtudes del homo economicus no son absolutamente incompatibles con la preocupación por el bien común. Si no son creencias obsoletas y peligrosas -casi letales- el fundamentalismo de mercado; el consumismo; la ilusión neolítica de un planeta infinito; el darwinismo social y el militarismo que rigen su comportamiento; verdadera numina de insostenibilidad,[4] de la que han derivado valores, costumbres, leyes e instituciones que se han constituido en verdaderas amenazas para la integridad, productividad y capacidad de adaptación de los sistemas de apoyo para la vida, tanto naturales como sociales.


Georgescu-Roegen, N. (1993). La teoría energética del valor económico: un sofisma económico particular. En: revista Trimestre económico. No. 198. Abril 1993. P. 829-860

Bardi, U. (2011). “Entropy, Peak Oil, and Stoic Philosophy”, documento electrónico: https://cassandralegacy.blogspot.com/2011/05/peak-oil-thermodynamics-and-stoic.html

Eddington, A.S. (1935). The Nature of the Physical World. London, J.M. Dent & Sons.  

Alcoberro, R. (2009). “¿Homo economicus o idiota moral?”, documento electrónico: http://www.alcoberro.info/V1/liberalisme5.htm

NOTAS

[1] En su etimología notho procede del latín “nothus” y a su vez del griego “νοθος” (nothos) que quiere decir bastardo y también se lo emplea como “falso”.

[2] 350 años antes de nuestra era Aristóteles (384 a. C. – 322 a. C) hablaba de una actividad diferente de la economía, que consistía en la acumulación de dinero por dinero, una actividad contra natura que deshumanizaba a aquellos que a ella se libraban. A esa actividad la identificó -empleando el término que Tales de Mileto había propuesto un siglo y medio antes- como crematística (del griego khrema, la riqueza, la posesión) definido como el arte de hacerse rico, de adquirir riquezas. En su obra Política, señala la diferencia fundamental entre economía y crematística al considerar a la primera como la administración de los bienes necesarios y a la segunda como una forma de adquisición que no conoce límites ni de riquezas ni de medios para obtenerla. Para Aristóteles, una cosa es economía y otra muy diferente el arte de hacer dinero.

[3] La refutación identifica el momento de las teorías científicas en el que los hechos, la experiencia, en lugar de corroborar las hipótesis formuladas las desechan, tal como fuera el caso de la monumental intervención Estatal para salvar al sistema financiero internacional y a la banca privada en la crisis 2007/2008, dando por tierra con la teoría de la “mano invisible”.

[4] Con numina (plural de numen) se designa a las deidades del paganismo que se encontraban dotadas de un poder misterioso y fascinador. Los sociólogos para referirse al poder mágico que hay en los objetos, especialmente cuando se refieren a ideas dentro de la tradición occidental, han utilizado frecuentemente el término numen, asimilándolo a tales deidades.