ANTE UN NUEVO FRACASO EN LA COP20

24 DE DICIEMBRE 2014

CAMBIO ECONÓMICO O CAMBIO CLIMÁTICO

Ing. Carlos Merenson

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Desde la entrada en vigor de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático las emisiones de anhídrido carbónico (CO2) debidas a las actividades humanas han ido elevado su concentración atmosférica hasta alcanzar en la actualidad las 397,13 partes por millón (ppm), lo cual se encuentra muy lejos del límite de seguridad -establecido por la ciencia en 350 ppm- y de las reducciones propuestas por el Protocolo de Kyoto. Para intentar dar una respuesta a los reiterados fracasos en los esfuerzos por alcanzar los objetivos de reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) resulta práctico apelar a una simple identidad matemática desarrollada en 1989 por Yoichi Kaya. El economista japonés relacionó los cuatro factores que determinan el nivel de impacto humano sobre el clima en la forma de emisiones de dióxido de carbono: la “intensidad de carbono de la energía” (emisiones de carbono por unidad de energía consumida); la “intensidad energética de la economía” (consumo de energía por unidad de PIB); el PIB per cápita y la población humana. Siguiendo su propuesta, las estimaciones más optimistas para los próximos 25 años aseguran que –avance tecnológico mediante-  se podrá disminuir ligeramente la intensidad de carbono, y que la intensidad energética se podrá reducir a la mitad respecto de los valores de 2007. Sin embargo, estas mejoras técnicas se verán ampliamente contrarrestadas por el crecimiento del PIB per cápita (cercano al 100%) y por el aumento de la población (próximo al 30%), de forma que al multiplicar los cuatro factores de Kaya el resultado obtenido sería que, para el año 2035 las emisiones globales de CO2 se incrementarán en algo más del 40% respecto a las de 2007, configurando así un escenario de catástrofe socio-ambiental.

Paradójicamente, las negociaciones que se desarrollan dentro de la Convención sobre Cambio Climático se centran en la disminución de la “intensidad de carbono” –diversificando el mix energético –, así como en las formas de disminuir la “intensidad energética de la economía”, aumentando la eficiencia en su uso. Poco es lo que se dice, y nada lo que se negocia, respecto de creciente PIB/cápita (expresión de un modelo económico productivista/consumista) y del crecimiento exponencial de la población, aún cuando ambos factores resultan definitorios de la cuantía de las emisiones de CO2. Los esfuerzos científico-técnicos para disminuir las emisiones de los GEI chocan frontalmente con las partes intocables de la identidad Kaya: Población y PIB/cápita. No debe extrañarnos entonces que cada día resulte mayor el abismo abierto entre la disminución de las emisiones necesaria para mitigar el cambio climático global que defienden los científicos, y la disminución de las emisiones que los políticos consideran factibles.

ST000335Así las cosas, resulta obvio que sin un cambio de modelo económico y sin estabilidad poblacional no lograremos dar solución al incesante aumento de las emisiones de GEI y a las amenazas socio-ambientales que ello conlleva, pero pareciera que nadie se quiere percatar de ello. A diario constatamos hechos de la realidad y, acto seguido, los disociamos  de cualquier posible consecuencia en el plano de nuestra conducta práctica. Sabemos perfectamente que algo es así, pero nos seguimos comportando del mismo modo, como si no lo supiésemos en absoluto. Cabe preguntarse entonces si no ha llegado la hora de plantear un debate más amplio, un debate en el que se analice en profundidad el paradigma dominante en las relaciones sociedad-naturaleza; que cuestione nuestra hiperenergética sociedad fosilista y se proponga un cambio copernicano en el sentido y dirección de las actuales creencias económicas, dominadas por un pensamiento mecanicista que conduce a utópicas expectativas de crecimiento ilimitado, que inevitablemente nos deja ante crisis ecológicas, sociales y políticas.

Muchas veces se ha tachado de utópicas las aspiraciones del ecologismo, pero la verdadera utopía es la de pensar que podemos hacer frente a la crisis socio-ambiental sin cambiar nada sustancial de la estructura económica, sin alterar nuestro “estilo de vida”. En este terreno, no necesitamos más de lo mismo, tampoco “marketing verde” o medidas ambientales cosméticas. Lo que es necesario es vivir de otra manera.

Podemos enfrentar la amenaza del cambio climático si somos capaces de abandonar nuestras mercado y tecnolatrías; si somos capaces de estabilizar la población y modificar los patrones de producción y consumo que deberían ser reorientados: de los bienes a los servicios del capital humano, como la educación, la salud y la recreación. Las respuestas ante el cambio climático dependerán en parte del potencial tecnológico y, en parte, de la voluntad social para modificar las metas de consumo. Pero también, y de manera muy significativa, de la teoría económica que adoptemos.

La opción, entonces, es clara: nos empeñamos como hasta ahora en negociar cuotas de reducción de emisiones, mientras vemos como siguen aumentando sus concentraciones atmosféricas, o nos empeñamos en cambiar el rumbo de la economía global para enfrentar seriamente la amenaza del cambio climático. Esta segunda opción será aquella que nos coloque en la senda de una sociedad convivencial.

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