¿Agricultura sostenible o Síndrome “Pamphúmedo”?

 Ing.Carlos Merenson

Anuncios oficiales y privados pronostican que Argentina podría producir entre 147 y 157 millones de toneladas de granos para fines de la corriente década. Se trata de un objetivo ambicioso, en tanto significa aumentar nuestra producción total de cereales y oleaginosas en algo más del 50% respecto de la cosecha 2009/10 y de un 100% respecto del promedio de la última década.

Hasta la fecha existen tres maneras principales para aumentar la producción agrícola: incrementar la frecuencia de las cosechas (a menudo mediante el regadío); aumentar los rendimientos o expandir el área de sembrada.

No nos detendremos con la primera opción, en tanto, como fruto de sobrexplotación, contaminación, creciente uso de agua en los grandes conglomerados urbanos y efectos combinados del cambio climático global, nos enfrentaremos en forma creciente a un escenario de disminución de mantos acuíferos y exceso de extracción de agua de los ríos que limitará la ampliación de áreas bajo riego, razón por la cual nos centraremos aquí en el análisis del potencial de aumento de rendimientos y la expansión del área de cultivo.

El rinde – toneladas de granos que se cosechan por hectárea – se puede mejorar como fruto del desarrollo científico y tecnológico, como así también mediante el cambio de las proporciones relativas en las que participan los diferentes cereales y oleaginosas en la cosecha total.

Analicemos primero este último caso. En la actualidad, con un 50% promedio de los últimos diez años, resulta hegemónica la participación de la soja en la cosecha total. Obviamente, el desplazamiento de la soja por otro cultivo de mayor rinde por hectárea, como es el caso del maíz, redundaría en un aumento en la producción total sin modificación significativa en cuanto a las áreas sembradas/cosechadas.

Tomemos como ejemplo el Plan Estratégico Agroalimentario que según los anuncios efectuados en septiembre de 2010 proponía alcanzar una producción de 148 millones de toneladas de granos en seis años, con un incremento en la superficie cosechada del 20 por ciento (equivalente a un aumento de 5.200.000 ha) y una disminución relativa de la superficie cultivada de soja y un aumento del maíz.

34Considerando que el rinde promedio de los diez últimos años del maíz fue de 6,544 tn/ha, un 148% superior al valor promedio de 2,645 tn/ha para la soja, alcanzar las 150 millones de toneladas de cereales y oleaginosas, cumpliendo con los supuestos de la propuesta, implica aumentar en un 544% el área sembrada con maíz, pasando de las 2.640.000 ha cosechadas (promedio de los últimos diez años) a 17.000.000 ha, mientras que el área sembrada con soja debe caer un 60%, de las 14.400.000 ha promedio a no más de 5.000.000 ha.

La estrategia adoptada, al reemplazar una monocultura por otra, no resuelve los múltiples problemas asociados a esta práctica agrícola y por otro lado, el éxito de la iniciativa depende de lograr que en el corto plazo, los productores desplacen drásticamente a la soja de su interés, lo cual no parece tarea simple.

Lo anterior nos lleva a preguntarnos que podría ocurrir si la estrategia no rinde sus frutos y si se intenta cumplir con el objetivo total de cosecha (150 millones de toneladas) sin grandes modificaciones en las participaciones relativas de los cultivos agrícolas tradicionales.

Podemos entonces ahora preguntarnos si resultará posible alcanzar una cosecha de 150 millones de toneladas sin aumentar el área sembrada actual.

Según los datos disponibles[1], a valores promedio correspondientes a la última década, sería necesario que el rendimiento por hectárea creciera en un 74%, pasando de 2,988 tn/ha a 5,188 tn/ha. Téngase en claro que estamos hablando de rendimiento “promedio” del total de cereales y oleaginosas que integran nuestra producción[2].

En relación a la evolución de los rindes agrícolas a nivel mundial, a la experiencia en nuestro país y a un escenario de aumento de los precios del petróleo y condiciones ambientales poco propicias (erosión, desertificación, escasez de agua, cambio climático) un crecimiento del rendimiento de tal magnitud parece muy poco probable.

A nivel mundial, el aumento de la productividad de los suelos agrícolas cayó de 2,1% al año entre 1950 y 1990; al 1,3% anual desde 1990 hasta 2008. Los avances científicos son cada vez más difícil de conseguir ya que los rendimientos de los cultivos se acercan a los límites inherentes a la eficiencia fotosintética. Este límite, a su vez, establece los límites superiores de la productividad biológica de la tierra, lo que finalmente regula la capacidad humana para su realización.

En contraste con lo anterior, en Argentina se lograron notables avances en lo que hace al aumento de los rendimientos. En la década de 1990, en nuestro país, el rinde promedio por hectárea alcanzó las 2,535 tn, mientras que en la década del 2000, ese promedio creció un 17,89%, alcanzando las 2,988 tn/ha. Ello obedeció en gran medida al rezago tecnológico y desinversión que caracterizaban al sector agrícola en los años 90 frente al impulso que significó salir de la convertibilidad coincidentemente con una coyuntura internacional de grandes aumentos de precios de las commodities agrícolas, todo lo cual redundó en un acelerado proceso de tecnificación.

De lo anterior se desprende que difícilmente se pueda replicar la tasa de crecimiento de los rindes experimentada en la década del año 2000, más cuando se deberán enfrentar los inevitables aumentos de precio del petróleo, insumo básico para una agricultura tecnificada.

Es entonces que una proyección optimista sería la de imaginar que el crecimiento de los rindes antes señalado (17,89%), se mantiene como incremento para el rinde promedio correspondiente a la década de 2010, lo cual supone alcanzar un valor promedio de 3,522 tn/ha.

A tales rindes, no resulta posible alcanzar una producción total de 150 millones de toneladas sin un aumento del área sembrada.

Para alcanzar el objetivo establecido, con un rinde promedio de 3,522 tn/ha, resultará necesario cosechar 42.589.438 ha o, de acuerdo a la relación promedio establecida entre área sembrada y área cosechada, se requerirá sembrar en total 48 millones de hectáreas.

Considerando los datos correspondientes a los últimos 10 años, el área media sembrada fue de 28 millones de hectáreas, por lo que se requerirá sembrar 20.000.000 ha adicionales.

Hemos visto que según el Plan Estratégico Agroalimentario, se estimaba un aumento de un 20% en el área sembrada – aproximadamente 5 millones de hectáreas – y según el negocio como de costumbre, el aumento del área sembrada podría alcanzar un 70%. Cabe entonces preguntarse cómo se podrán sumar entre 5 y 20 millones de hectáreas al área sembrada sin hacerlo a expensas de ecosistemas vitales, como por ejemplo, nuestros bosques y humedales.

En los últimos años, de la mano de la monocultura sojera, la frontera agropecuaria avanzó fundamentalmente en dos regiones: en el NEA, donde el área sembrada aumentó, entre las campañas 1997/98 y 2004/05, en un 417%, y el NOA donde para similar periodo, el aumento fue de un 220%.

Dos regiones que albergan al Parque Chaqueño y las Yungas, que según datos del Primer Inventario Nacional de Bosques Nativos, basado en imágenes Landsat 5 TM (años 1998/1999) y Spot (año 1995) contenían unas 25 millones de hectáreas de tierras forestales, el 80% de los bosques nativos remanentes de nuestro país. Obviamente, esas tierras fueron sometidas a intensos procesos de deforestación durante la década del año 2000, tal como surge del trabajo realizado por la Dirección de Bosques de la SAyDS: “Pérdida de Bosque Nativo en el Norte de Argentina”. El área de estudio abarcó aquellas zonas que habían sido afectadas fuertemente por el proceso de deforestación localizadas en las provincias de Chaco, Santiago del Estero, Salta y una pequeña porción de Jujuy, la evaluación definió que el área deforestada entre 1998 y 2008 alcanzó 1.700.000 ha, parte de ella se concretó incluso durante el periodo de prohibición de desmontes establecido por la ley nacional 26.331 de presupuestos mínimos de protección ambiental de los bosques nativos.

Como vemos, las hectáreas adicionales que se requiere sembrar para alcanzar una cosecha de 150 millones de toneladas de granos, varía entre el 25% y el 100% de los bosques nativos remanentes en la zona de expansión de la frontera agropecuaria.

El Síndrome “Pamphúmedo”

Las evidencias indican que en nuestro país, el “acoplamiento” existente entre los aumentos de producción agrícola y los aumentos del área sembrada/cosechada se manifiestan con la expansión de la frontera agrícola en dos escenarios preferenciales: noroeste (NOA) y al noreste argentino (NEA).

Me propongo aquí demostrar la existencia de un “síndrome de insostenibilidad”, el síndrome “Pamphúmedo”, emergente a partir del traslado del modelo pampeano a otras regiones caracterizadas por su fragilidad ambiental y su vulnerabilidad socio-económica.

Debo aclara que la identificación de la problemática descripta -la exportación del modelo agrícola pampeano a las regiones marginales- no resulta novedosa y solo lo es en cuanto al enfoque aquí presentado, a saber, su caracterización como síndrome de sostenibilidad o mejor, de insostenibilidad.

La metodología de los “Síndromes de Cambio Global y de Sostenibilidad” fue desarrollada por el Potsdam Institute for Climate Impact Research para el Consejo Consultivo Alemán sobre Cambio Global y se basó en considerar que las interacciones entre las sociedades humanas y el ambiente frecuentemente operan siguiendo patrones típicos, patrones funcionales (síndromes) de interacciones socio-ambientales que hasta cierto punto resultan repetibles. La tesis subyacente en esta particular visión es que los complejos problemas globales del ambiente y el desarrollo se pueden atribuir a un número discreto de patrones de degradación del ambiente.

El conjunto de amenazas – presentes en el proceso de desarrollo – a la integridad, productividad y capacidad de adaptación de los sistemas de apoyo vital, tanto naturales como sociales pueden entonces visualizarse como un conjunto sintomático que por sus características posee cierta identidad, un grupo significativo de síntomas y signos que concurren en tiempo y forma, por variadas causas, para llevar el proceso de desarrollo hacia un curso insostenible.

Así visualizado, el problema de la insostenibilidad puede asimilarse a un “síndrome” tal como se lo emplea en medicina, el cual resulta “plurietiológico”, demandando por lo tanto el análisis de sus manifestaciones semiológicas y de sus modelos causales.

Como lo señala Andres Schuschny[3], cada síndrome resulta un “perfil clínico” que representa un complejo antropogénico de causas‐efectos, entre cuyas particularidades se encuentran las de ser transectoriales; relacionarse, directa o indirectamente al uso de los recursos naturales y la de poder ser identificados, bajo diferentes formas, en muchas regiones del mundo, donde varios síndromes pueden ocurrir simultáneamente.

En “Caracterización de los síndromes de sostenibilidad del desarrollo: El caso de Argentina”[4], Rabinovich y Torres desarrollan cuatro síndromes específicos: “Patagonia”; “Carpincho”; “Trinquete” y “Agriculturización”.

El último de los mencionados, el Síndrome de Agriculturización, se centra en la Pampa Húmeda y los autores lo han enfocado esencialmente en los cambios de uso del suelo que operan en esa región destinados a aumentar la producción de cultivos para la exportación a expensas de los usos ganaderos, lo cual se manifiesta en el cambio de la proporción del uso agrícola y ganadero de sus tierras. Tales cultivos se encuentran asociados a tecnologías de insumos y a la concentración de los recursos productivos, que llevan a una mayor degradación y contaminación del ambiente, y a la exclusión social de productores con menores recursos.

De acuerdo a lo anterior, el síndrome “Pamphúmedo” se asemeja al de “agriculturización” solo que su efecto es interregional y sus consecuencias son más graves en términos sociales, ambientales y económicos.

large_2007-01-14_152623_maiz-sojaEn el síndrome “Pamphúmedo”, al igual que en el de agriculturización, operan causas esenciales que Rabinovich y Torres identifican como: las tecnologías (de insumos y de procesos), la concentración productiva y los cambios en el uso de la tierra. Pero en el Pamphúmedo, el cambio de usos del suelo no solo se manifiesta por cambios en la proporción de agricultura y ganadería, sino que además, se verifica un masivo proceso de conversión de usos del suelo, principalmente en la forma de deforestación. A ello se debe agregar la vulnerabilidad socioeconómica que caracteriza a las regiones donde se registra el avance de la frontera agrícola que queda reflejada por los indicadores sociales más desfavorables del país.

El creciente aumento en los precios internacionales de los granos, impulsado como resultado de las tendencias no resueltas de limitación de la oferta[5] y crecimiento de la demanda[6] sirvieron de aliciente para el aumento en la producción agrícola. En el caso de Argentina, ese aumento se basó en la intensificación de un paquete tecnológico integrado por el empleo conjunto de variedades de alto rendimiento (fundamentalmente transgénicos), agroquímicos y mecanización, que forman la base de la moderna producción agroindustrial. Si bien ello redundó en el aumento de los rendimientos, por sobre todas las cosas, facilitó la exp ansión de la frontera agrícola hacia regiones marginales extra pampeanas en las que las condiciones naturales del ambiente restringen el uso agrícola.

El síndrome “Pamphúmedo”, se manifiesta como un síndrome de “sobreexplotación” e implica una sistemática violación a las leyes de la sostenibilidad.

Su desarrollo llevó a la degradación e incluso destrucción de los ecosistemas naturales en las áreas de expansión de la frontera agrícola. La deforestación, el sobre-laboreo y sobre-pastoreo que le son inherentes, llevaron a la degradaron de los suelos, al avance de la desertificación y a la pérdida de la diversidad biológica en todos sus niveles. Como así también, condujeron al aumento de las concentraciones de plaguicidas en la cadena alimentaria.

Mediante la importación de un modelo basado en el despliegue intensivo de energía, capital y tecnologías agrícolas, no solo se impactó sobre la base natural de la producción, sino también en la estructura social, en tanto se importaron métodos de producción ajenos a la región que profundizaron la situación de marginación al enfrentar a las comunidades locales y aborígenes a una degradación cada vez mayor de su ambiente natural. Ello redundó en el aumento de la pobreza, el éxodo rural, una mayor vulnerabilidad a las crisis alimentarias, así como el aumento de la frecuencia de los conflictos políticos y sociales por los recursos escasos.

La lógica económica inherente al síndrome, conduce inevitablemente a un modelo de concentración y a la sobreexplotación rozadodel capital natural, con repercusiones a largo plazo para el ambiente, que son absolutamente ignoradas. Los enormes beneficios económicos que genera el modelo raramente quedan en la región que los origina y por tratarse de sistemas de producción altamente mecanizados y automatizados, requieren una fuerza de trabajo pequeña, perdiendo así su legitimación social como fuentes generadoras de empleo.

Un factor externo que aumenta la virulencia del síndrome “Pamphúmedo” lo constituyen las políticas proteccionistas y los altos subsidios de energía, materias primas y otros aprovisionamientos por parte de los países desarrollados que agudiza la sobrexplotación y conduce a una inadecuada internalización de los efectos ambientales.

Conclusiones

La propagación del síndrome “Pamphúmedo” se encuentra unida al éxito económico y comercial, que a su vez depende de la combinación adecuada de capital, conocimientos técnicos y apoyo político. Este último factor no resulta menor y ha encontrado un importante aliado en las estrategias extractivistas o mejor, “neo-extractivistas”, según la visión de Gudynas, que en “Diez Tesis Urgentes sobre el Nuevo Extractivismo”, destaca que: “Un hecho notable es que a pesar… de la creciente evidencia de su limitada contribución a un genuino desarrollo nacional, el extractivismo goza de buena salud. Las exportaciones de minerales y petróleo mantienen un ritmo creciente, y los gobiernos insisten en concebirlas como los motores del crecimiento económico. Es todavía más llamativo que eso se repite en los gobiernos progresistas y de izquierda. En efecto, varios de ellos son activos promotores del extractivismo, y lo hacen de las más diversas maneras, desde reformas normativas a subsidios financieros. No sólo esto, sino que han generado una versión de agricultura basada en monocultivos y orientada a la exportación, que termina resultando ser una nueva [versión] de extractivismo.”

En “Primera Estimación del Pasivo Socio-ambiental de la Expansión del Monocultivo de Soja en Argentina” he analizado el impacto económico del extractivismo agrícola que se manifiesta con un particular tipo de pasivo que raras veces es contabilizado y que equivale a la suma de todos los daños no compensados producidos en forma directa e indirecta por las actividades productivas a las comunidades locales o a la sociedad en general y al ambiente; como así también, el valor de los servicios recibidos del ambiente, que hacen posible las actividades productivas y que no son compensados o contabilizados como costos de producción. El pasivo ambiental es en realidad una deuda hacia los titulares del ambiente, hacia la comunidad o país donde opera la empresa.

En el trabajo arriba mencionado, he determinado que computando deforestación, pérdida del servicio ambiental de secuestro y almacenamiento de carbono, erosión de suelos y exportación de nutrientes, surge que el Pasivo Ambiental del monocultivo de soja en Argentina para la Campaña 2007/2008 totalizó aproximadamente unos cuatro mil quinientos millones de dólares.

El gran desafío que tenemos por delante es el de sobreponernos al síndrome “Pamphúmedo” para lo cual tendremos que abandonar la cultura extractivista de muy negativas repercusiones socio-ambientales y económicas, tal como lo demuestra la larga experiencia regional en la materia, que solo sirvió a una inserción internacional subordinada y funcional al modelo comercial y financiero hegemónico, practicas que solo se volcaron a la maximización de la renta para pocos y la externalización de impactos sociales y ambientales para muchos.

[1] Indicadores agrícolas del Instituto de Estudios Económicos de la Sociedad Rural Argentina.

[2] Trigo, maíz, avena, cebada, centeno, sorgo, arroz, alpiste, mijo, girasol, lino, maní y soja.

[3] síndromes de Cambio Global y Sostenibilidad. Andres Schuschny – División de Desarrollo Sostenible y Asentamiento Humanos – CEPAL.

[4] Rabinovich, J. E. y F. Torres. 2004. Caracterización de los síndromes de sostenibilidad del desarrollo: El caso de Argentina. Serie Seminarios y Conferencias. Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Documento LC/L.2155-P. Santiago, Chile. 97 págs.

[5] Las tres principales tendencias que impulsan el consumo de alimentos han sido y son: el creciente consumo de proteína animal a base de cereales, el crecimiento de la población y el creciente empleo de granos para la producción de biocombustibles.

[6] Entre las tendencias que limitan la oferta de alimentos se encuentran la erosión de los suelos y la expansión de los desiertos; la sobreexplotados de acuíferos; las caídas de las cosechas por el aumento de olas de calor; el derretimiento de glaciares de montaña que alimentan los principales ríos y sistemas de riego; la pérdida de tierras de cultivo por usos no agrícolas; la reducción y encarecimiento de los suministros derivados del petróleo.

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