LAS ETAPAS AGRO-EXPORTADORAS

agroexpo

La Argentina Deforestada

Carlos Merenson

El proceso de desarrollo de nuestro país se puede dividir en cinco períodos: de “transición”[1] (1810 a 1852), “agro-exportador” (1852 a 1930), “sustitución de importaciones” (1930 a 1976), “apertura económica con hegemonía financiera” (1976 a 2001) y “neoagroexportador” (2002 a nuestros días).

Fue durante los dos períodos agro-exportadores en los que se acentúo la deforestación en nuestros territorios, no sólo como fruto de la conversión de las masas forestales nativas a otros usos del suelo, sino también por diferentes formas de explotación forestal insostenible. Al analizar la evolución del área cultivada de Argentina surge claramente que hacia 1914 se alcanzó un techo que rondaba las 20 millones de hectáreas y que el mismo se mantuvo poco alterado hasta la década de 1990 a fines de la cual se inició un nuevo crecimiento del área cultivada.

El primer modelo agro-exportador, que a mediados del siglo XIX no era patrimonio exclusivo de nuestro país, sino que se extendía ampliamente por Latinoamérica, fue caracterizado por Halperin Donghi como un “pacto neocolonial”, que la llevó a transformarse “en productora de materias primas para los centros de la nueva economía industrial, a la vez que de artículos de consumo alimentario en las áreas metropolitanas”.

Para interpretar las ideas que en sus efectos definieron la primera envestida sobre las masas forestales nativas de nuestro país tenemos que trasladarnos a la Inglaterra del siglo XIX, momento en que cristaliza la “teoría librecambista” de las ventajas comparativas[2]. Esta concepción del comercio internacional postulaba que abrir el mercado ingles a los granos y materias primas del mundo y como contraprestación, la apertura de los mercados de los países exportadores no industrializados para las manufacturas industriales y el capital financiero, redundaría en “pan barato y salarios altos” (cheap food, high wages) para los ingleses. El librecambio de granos y muchas innovaciones tecnológicas, tales como las maquinas agrícolas y las nuevas variedades de trigo, como así también las mejoras en el transporte naviero y ferroviario hicieron posible que algunos pocos países del mundo, entre ellos Argentina, adoptaran el modelo agro-exportador. Pero para que el modelo se impusiera en la práctica, antes se debía imponer en el campo de las ideas. Entre otros, Juan Bautista Alberdi[3] resultó una figura clave en la formación del pensamiento liberal argentino de mediados del siglo XIX, en tanto dio sustento al librecambismo encarnado en el modelo agro-exportador que por ocho décadas regiría la vida política y económica de nuestro país, adjudicándole a la agricultura y los ferrocarriles un rol fundamental dentro de las políticas necesarias para un exitoso trasplante migratorio.

Hacia mediados del siglo XIX, el librecambismo no se manifestaba masivamente entre los países industrializados, por el contrario y a diferencia de Gran Bretaña, practicaban un marcado proteccionismo. Solo en Inglaterra (por opción) y en los países no industrializados (forzados a adoptarlo) florecía el librecambismo mercantil.

Quedan expuestas las bases del pensamiento que desembocará en la adopción del modelo agro-exportador y de apertura de las fronteras a las sucesivas corrientes migratorias, cuya máxima expresión se alcanzó en 1880 durante el gobierno de Julio Argentino Roca.

Concluida la agitada etapa de estructuración del estado nacional, tocó entonces a la denominada “Generación del 80”, llevar adelante los procesos de “modernización” entre los que se incluyó en el plano económico, la aceptación del rol agro-exportador adjudicado por la división internacional del trabajo. Consecuencia de lo anterior serán la “Campaña del Desierto”, la “Conquista del Chaco” y los procesos de colonización agrícola.

Tiempo antes, en el “Facundo” de Domingo Faustino Sarmiento se perfilaban claramente los valores y actividades que definían la civilización y la modernidad que defendía Alberdi. Entre ellos se distinguía la agricultura en contraposición a la ganadería pastoril extensiva, con la cual se identificaba al régimen Rosista. La barbarie quedaba asociada con los resabios coloniales de una España decadente frente a los nuevos valores que llegaban desde Francia.

La Argentina de mediados de siglo XIX desarrolló una economía primaria exportadora, basada en la producción de trigo, maíz, lino, cueros, lana, ganado en pie, carne vacuna y algunos productos forestales, fundamentalmente el tanino y el rumbo adoptado fue determinante para el destino de nuestras masas forestales nativas, tanto por el avance del frente agro-ganadero, como por diferentes explotaciones forestales, caracterizadas por su insostenibilidad.

[1]                     Entre la economía colonial y las nuevas formas que emergen de la Revolución de Mayo.

[2]                     Según la cual, la riqueza de todos progresa cuando cada Estado se especializa en el terreno en que es más eficaz, comprando fuera todo lo que los otros producen más eficazmente que él.

[3]                     Oscar Terán en “Historia de las ideas en la Argentina” menciona que Alberdi imaginaba en sus obras “…un proyecto fundacional para introducir al país en la corriente de la modernidad, proyecto que responde a dos preguntas centrales: cómo generar hábitos civilizados y cómo construir el poder en estas tierras. Descreído ahora sí definitivamente de la capacidad endógena para crear estos hábitos, cuando la Argentina vuelve a aparecérsele vacía de civilización adopta la vertiginosa “teoría del transplante inmigratorio”. Al identificar a que trasplante inmigratorio se refiere, Alberdi escribe en Bases: “La libertad como los ferrocarriles, necesita maquinistas ingleses”. Terán abunda en referencias sobre el tema, mencionando que Alberdi: “…en “Acción de la Europa en América”…ya ha llegado a la conclusión de que cada europeo que viene trae más civilización en sus hábitos que muchos libros o manuales. Mediante el uso de metáforas botánicas, sostiene que para “plantar en América la libertad inglesa y la cultura francesa” es preciso traer “pedazos vivos de ellas en los hábitos de sus habitantes”; en otras palabras generar una fuerte corriente migratoria. “No es el alfabeto. Es el martillo, es la barreta, es el arado lo que debe poseer el hombre del desierto”. Desierto sudamericano para el autor y obviamente, desierto pampeano de nuestra Argentina.

La Argentina Deforestada

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